Pablo Manuel Rojas Aguilar
Soy ensayista, aún lo recuerdo, y he permutado palabras para escribir los razonamientos que presento para quienes me leen. Mi alimento son todos los libros que conforman mi universo poético. También soy lingüista y disfruto estudiar la lengua española en las diversas gramáticas… Poseo estas memorias todavía en mi cabeza pero no recuerdo mi niñez, o si tuve otras distracciones.
Soy un estudioso científico de la lengua, lo tengo claro, pero no puedo dar una explicación racional a esa experiencia última que sostuve con el lenguaje y que me hizo adquirir esta pesada carga. Trato de no perder la cordura, de engañarme a mí mismo haciéndome creer que sólo se trató de una falacia o de un sueño, tan bien hilvanado, que podría asemejarse con la realidad. Escribo estas líneas con las manos atestadas de repleción a fin de sacudir esta historia.
Ojalá se tratara de una mentira o de un chasco, mas yace en mi memoria un huésped que no he podido expulsar pese a mis intentos: como aguzar el oído para escuchar a Bach, o incluso leer mala literatura que se gesta en este tiempo. Quiero arrancarme esa remembranza funesta que me hace sufrir, que me abruma hasta el grado de saber que puedo olvidar quién soy…
Pensará acaso, quien me lea, que es pura mentira lo que apunto y si decide creer que todo es parte de una desviación de mi mente, lo puede hacer sin recibir el menor reproche, pero advierto que fue verídico lo que ocurrió.
En 2009, yo era bibliotecario y catedrático de la Universidad de Puebla. Era un buen empleo: estancia de ocho horas, un sueldo pasadero, la arquitectura barroca de los edificios históricos del Centro y el deleite inasible de convivir con los mejores espíritus de la humanidad (aprisionados en los libros, como escribió Emerson) con sólo estirar un brazo. Esta labor me brindaba la oportunidad de aprender nuevos métodos para construir discursos. Además, gozaba y aprendía leyendo a Cortázar, a Saramago, a Nietzsche, a Schopenhauer, a Spinoza, a Portolés, a Montolío, a Altieri, a Gili Gaya, a Montaigne, a Rulfo, a Emerson, a Séneca, a Platón y a tantos otros monstruos de las letras. Pero de todos los caballeros y damas gentiles, a quien yo más admiraba era a Jorge Luis Borges.
Comencé la lectura de su obra a los veintidós años cuando, por azar o destino, hallé sus primeras Ficciones conformadas por Artificios y El jardín de senderos que se bifurcan. Este inicio bastó para que adquiriera su obra completa y la devorara en cada banca del zócalo, en la calle Palafox hacia el bulevar 5 de Mayo, en las bancas del jardín lateral del paseo San Francisco, en la Central, en los cafés, en el autobús de regreso a casa, en el estudio donde he entretejido las letras para consumar mi literatura menor. Devoraba cada página de cada volumen, mientras los demás espíritus colosales de la humanidad me miraban recelosos, desde sus repisas, en unos estantes. Me parecía mágico escuchar a Borges a pesar de que la muerte había cortado sus pasos hacia 1986. De alguna manera, esas páginas lo hacían inmortal y yo lo poseía en mis libros: sólo me bastaba hojearlos para mirarlo cara a cara, y para que saliera de su mudez.
Una de las cualidades de mi vocación es la curiosidad; por eso, en ocasiones hartas, he realizado estudios gramaticales de obras literarias y no de manera baladí. Sin embargo, la obra borgiana posee un mensaje que trasciende los parámetros del idioma que enseña la Real Academia. Por consiguiente, leer a Jorge Luis Borges se convirtió, para mí, en un entretenimiento obsesivo. Estaba seguro de que sus mecanismos estratégicos escondían un propósito pragmático. No tenía duda de que el conjunto de funciones lingüísticas, las cuales cohesionan entre sí para dar lugar a sus textos, pretendían alcanzar un resultado y no un fin. Sabía, perfectamente, que los soportes argumentativos de sus historias, plasmadas por el espacio interpersonal de su autoimagen, revelarían, innegablemente, su rostro. Por eso, me dediqué desde el alba hasta el ocaso a desentrañar sus estrategias discursivas para comprender mejor el significado y, por ende, descifrar los secretos del argentino. Para ello, hice a un lado el estudio de los bien podados bonsáis de la sintaxis a fin de internarme en la jungla de las transmutaciones pragmáticas, y así comprender lo que Borges comunica sin decir. Analicé con fervor de lingüista, de literato y de bibliófilo la estructuración de su obra hasta volverme su esclavo.
En una de tantas noches de ahínco, de insomnio y de estudio, mientras observaba con detenimiento erudito los marcadores del discurso empleados para guiar el argumento de El Aleph, ocurrió ese entendimiento indecible que ha coartado mi libertad… Vi cómo esos marcadores no solamente iban guiando la trama del cuento hacia la intención que proponía el autor, sino que se hilvanaban perdiendo su orden riguroso y estratégico para trazar, de manera caótica, algo parecido a un mapa que dejaba entrever los secretos más íntimos de la memoria borgeana… Mientras pretendía dar crédito a mi hallazgo, me cegó un torrente de luz más deslumbrante que la del día. Fue como si, a través de mis ojos, mi cerebro hubiese absorbido el mundo de Tlön, el laberinto de Tsui-pen, la matemática Biblioteca Babilónica con el Catálogo de catálogos perdido. Fue como si me hubiese apropiado de la imagen falsaria de una esfera sempiterna y de un dios pedrusco que es un tigre, un potro, una rosa y una tempestad… Fue algo insólito… Fue como si el arquetípico Borges hubiera emergido del océano profundo, a manera de serpiente, para romper mi cabeza como un monstruo…
De manera repentina, irrumpió la nada.
A las nueve horas del día siguiente, desperté recostado sobre mi escritorio con un recuerdo irrebatible de lo acontecido. Era tarde para ir al trabajo, así que pensé en ocupar el día en disipar la remembranza fatídica. No me tomé la molestia de reportarme enfermo. Siempre he tenido la sensación de que es denigrante darle cuentas a la gente sobre mis cuestiones personales. No había ido a trabajar y punto. Entonces, pensé en visitar a mamá pero creí que me agotarían los reclamos del abandono en el que la tengo. Pensé en ir con mis camaradas o con mi novia. Sin embargo, preferí regocijarme con la soledad que me deparaban los jardines que circundan al fuerte de Loreto y de los museos de esa zona que no había visitado. Emprendí la caminata alrededor del centro cívico de Puebla e ingresé al Museo Regional de Antropología. Ya cuando el sol se vio oculto por la montaña que humea, regresé a casa sin pensar en el descubrimiento lingüístico que había consumado en la madrugada. El paseo había cumplido con su objetivo: ya casi no pensaba en aquello. No obstante, antes de meterme en la cama para dormir, entoné una canción semejante a un tango que yo no conocía.
Me reincorporé, pues, a mis actividades laborales a la mañana siguiente. Era martes, el día en que imparto sociolingüística. Entré puntual al salón y pronto atrapé la atención de mis alumnos. Les hablaba de las nuevas metodologías que se emplean para analizar discursos y sobre la función preponderante que desempeñan los marcadores discursivos. Todo seguía el rumbo esperado pero, a punto de culminar con la clase, justo cuando les platicaba que el mal uso de los “registros” propiciaba desajustes de conducta lingüística esperables, mi habla dejó de fluir libremente. Salí del salón, me encerré en la biblioteca y en la soledad de mi cubículo traté de esbozar palabras sencillas sin éxito alguno. No existía una explicación lógica; me estaba volviendo tartamudo. Recordé, entonces, que una tía paterna me dijo que el cuerpo humano requería del sueño para regenerarse de los daños ocurridos durante el día. Así que traté de justificar mi incapacidad “pasajera”, a las cincuenta y siete noches de desvelo en las que me había sumergido en el estudio borgiano. Regresé a casa, evitando entablar conversación con las personas y dormí desde temprano, profundamente, como un niño.
Desperté a temprana hora y fui caminando a mi labor. Mientras tanto, pensaba en que los males que me oprimían, quizá, eran consecuencia de mi descubrimiento lingüístico. Luego, pensé que eso era risible; es decir, el estudio pragmático de una obra no puede dar pie a un acontecimiento capaz de prescindir de hechos razonables. Iba pensando sin articular. De pronto, topé de frente con una anciana:
—¿Qué hora es? —me dijo.
—Las ocho en punto —respondí con maravillosa fluidez, y creí que el descanso me había restablecido de la infausta carga.
Pero no se trató más que de una alegre casualidad. Las dificultades para comunicarme se siguieron manifestando, al punto de que pretendí visitar a un especialista. Sin embargo, dejó de importarme, o quizá comencé a verlo como algo normal. Lo cierto es que, paulatinamente, iba olvidando mis deberes. Algo estaba invadiéndome por dentro. Era como si ya no poseyese mi voluntad. Algo, efectivamente, había ingresado a mi memoria… Lo supe porque, en ella, yacían recuerdos de una niñez apócrifa. Sin desearlo, recordaba el horror que me producía la convivencia con los niños de un colegio al que nunca había asistido, voces que me llamaban con un sobrenombre que no me pertenecía y el horror que me engendraba examinar con cien ojos las interminables páginas diabólicas del Holly Writ, Bombay… Ya no quise visitar a persona alguna, ya no iba a la biblioteca ni a impartir cátedra. Incluso había olvidado los consejos de mi padre… En cambio, recordaba las palabras de un varón que me hablaba como a un hijo, revelándome el poder de la escritura y diciéndome que las palabras no son solamente un medio de comunicación, sino también símbolos mágicos y música. Recordaba la voz de una anciana que me hablaba en una lengua diferente a la materna…
El caudal del tiempo siguió manando y comencé a ver los días como un laberinto dudoso. Una vez salí de casa y me perdí entre mis pasos abruptamente. Olvidé por varias horas el camino de vuelta. Estaba perdiendo mi capacidad de ubicación. Me sentía como si nunca hubiese deambulado por mis calles, como si fuera un extranjero en mi propia ciudad. Tal vez estaba desvariando. Por consiguiente, decidí escribir para recordar, pero lo hacía con algunas palabras en español y otras en inglés, con una sintaxis patética que era un híbrido deleznable de las dos lenguas con raíces distintas. Yo no sé inglés, mas lo comprendía como si fuera mi lengua materna… A mi escritura, poco a poco, fui agregando vocablos de las lenguas alemana y latina… Ya no podía aceptar esa abominación, mucho menos dar razón de ella. Justificarla a través de la lingüística era una blasfemia: la ciencia no puede admitir tales aberraciones.
Ya no me acordaba de mi vida, sólo tenía el recuerdo fresco de aquella noche en la que los marcadores del discurso de Borges se transmutaron, ante mis ojos, para aprisionarme en un laberinto lingüístico. Entonces, esbocé la posibilidad de ejercitar mi pensamiento para recordar al menos “quién era”, pero fue imposible… El Palacio Borgiano se había erigido, para derruir la Caverna de mi memoria.
Al cabo de catorce días, lo comprendí: las vivencias del prolífico escritor yacían sobre mis hombros.
Se preguntará el lector cómo puede el difunto persistir en mí. Le diré que no a manera de ente espiritual, sino como un ruido en mi cerebro, como imágenes borrosas, tal vez por su ceguera, de los arrabales de Buenos Aires, de las galerías y claraboyas de la Biblioteca Nacional de la calle México, de la Universidad de Belgrano, de la Confitería del Once donde Macedonio Fernández explicaba que morir es la cosa más trivial que puede sucederle a un hombre… Ahora, poseo en mi mente el recuerdo fraternal de Bioy Casares, de Silvina Ocampo, del humor metafísico de Lugones, de los ayeres europeos que aprendí de los cafés con Rafael Cansinos Assens en El Colonial. Recuerdo a Estela Canto con exaltación en el pecho, así como se recuerda el primer amor no correspondido; las cartas dirigidas para ella que nunca fueron entregadas; el sobresalto por la vida y por el fastidio de ser quien se es… Es inevitable: mi conciencia va padeciendo un lento ocaso. Los recuerdos más recientes ya no son imágenes, solamente ruido. ¡Hay tantas fisonomías que desconozco!…
Paradójicamente esta memoria, a pesar de los vastos tormentos, me brinda esa plenitud que soy incapaz de conseguir como escritor. Me brinda el regocijo de ser Borges cuando le eran reveladas las líneas torrenciales con las que consumaba su literatura. ¿Cómo podría rechazar la oportunidad de ser en el mundo lo que se quiere ser? Anoche, me fue dada la escalofriante sensación de estar en el Paraíso con un velo en los ojos. Escribí un manuscrito con tristeza. Hoy lo comparé con el Poema de los dones, y son idénticos.
Con todo, esta situación, que me pareció maravillosa en un principio, a la larga fue aminorando el palimpsesto de mi cerebro. La memoria de Borges es la memoria de un hombre lánguido y solitario que miraba largamente a la luna. Esa parte sombría del espectro, que se mezclaba con mi memoria, la apabullaba sin extinguirla. Era una carga intolerable: era Yo, era Borges, eran sus recuerdos y los que me quedaban, eran sus regocijos, sus adversidades y las mías, eran sus lenguas, era mi lengua, era su sintaxis y mi sintaxis, era su nombre, era mi nombre, eran dos sombras…, dos memorias que me urdían a un mismo tiempo, sin reposo, sin descanso.
Me estaba calcinando en el Infierno.
En consecuencia, pensé que, si le mostraba a alguna persona la metodología que emprendí para adquirir la memoria del mítico escritor, éstas serían arrancadas de mis recuerdos y adquiridas por ella. No quise ofrecer el vasto don a un pupilo, hacerlo sería abusar de su inocente curiosidad. Por lo tanto, visité a un colega, un lingüista prominente (no como el menor que escribe estas líneas) que, por cierto, me indujo al estudio de la pragmática.
Fui directo con él:
—Te ofrezco el aliento, el oído y las remembranzas de Jorge Luis Borges.
Incrédulo, aceptó el regalo: ¿quién podría negarse a semejante ofrecimiento?
Sin embargo, no ocurrió cosa alguna, al menos nada que él pudiera percibir ni tampoco yo; acaso, un leve mareo, consecuencia, tal vez, del arduo ejercicio mental en el que nos inmiscuimos.
El resto de la noche charlamos sobre el arquetipo platónico y sobre el movimiento ilusorio del caudal de nuestras vidas que nos enseñó Parménides. Coincidimos en la conclusión de que ninguna plegaria, por íntima que sea, es capaz de generar un milagro.
No hay escape. Ahora lo sé.
El tiempo es una trama de efectos y de causas, irreversible, como una cadena inquebrantable… Ergo, después de sufrir la invasión del argentino, no hay marcha atrás. Las cartas han sido echadas, como comprendió César al cruzar el Rubicón. Yo he perdido mi libertad. Borges no va a salir de mi mente y yo no volveré a ser ese modesto y patético ensayista.
Séneca dijo, alguna vez, que la puerta es la que elige. El Otro me ha elegido. Ésa es la pretensión del Universo. Por ende, debo asumir el ser borgiano sin decir una palabra, sin reprochar mi suerte… ¡Qué el anhelo de la vida se cumpla, aunque yo me ahogue en un océano sin fondo!
No sé quién escribe estas líneas…









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