Gregorio Cervantes Mejía
La primera gran proeza de nuestras vidas individuales no es el habla. Mucho menos el pensamiento abstracto o la fabricación de herramientas. Gran hazaña es sostenernos, por vez primera, sobre nuestros propios pies, de manera estable, y dar el primer paso, luego el segundo —tambaleantes ambos—. ¿No es esto, acaso, motivo de gran algarabía en el grupo familiar? Mi abuelo materno registró, en tarjetas, la fecha de los primeros pasos de cada uno de sus nietos; tarjetas que después guardaba celosamente entre las páginas de su Biblia: “El niño … dio sus primeros pasos el … de … de 19…”, es el formato de todas ellas. No consignó cuándo dijimos nuestras primeras palabras, tampoco cuándo aprendimos a utilizar una cuchara o a vestirnos solos. Como si el acto que nos convierte en personas fuera, justamente, la posibilidad de desplazarnos sobre nuestros propios pies; como si todos los demás logros resultaran sólo consecuencia natural de la caminata.
Caminar nos independiza: nos aleja de la seguridad del seno materno, pero también nos abre la posibilidad del mundo, de lo que está más allá del abrazo de la madre, de la seguridad de la cuna y de la propia habitación. Porque ya no dependemos de lo que los adultos quieran mostrarnos. Descubrimos que gracias a nuestras piernas podemos elegir qué mirar, hacia dónde ir, de dónde o de quién alejarnos.
Nuestros pies nos hacen dueños de la tierra (por lo menos de esa minúscula fracción que pisamos). Y dueños también, por decirlo con frases gastadas, de nosotros mismos y de nuestro destino.
¿Qué otra cosa es nuestra existencia sino la acumulación de los kilómetros recorridos? Dentro de cada uno de los millones de pasos que hemos dado están nuestras experiencias y aprendizajes. Mientras escribo estas líneas permanezco inmóvil, sentado ante una pequeña mesa, y sin embargo descubro que en ellas están contenidas, de alguna manera, cada uno de los pasos dados desde aquella fecha consignada por mi abuelo en una tarjeta hace ya varias décadas. Y que yo soy esa acumulación de pasos. Que cada uno de nosotros no es más que ese cúmulo de pisadas, y de las otras que se han ido entrecruzando en nuestro camino.
Somos una especie errante, andariega. Lo hemos sido desde hace cerca de un millón de años, cuando aparecimos en este planeta. Nuestra vida sedentaria, tras el desarrollo de la agricultura, tiene menos de diez mil años. Así que los impulsos nómadas siguen en nosotros, muy frescos todavía. Y motivos para desplazarnos no nos faltan: “respirar otros aires”, “buscar mejores oportunidades” y, por supuesto, los conflictos sociales y políticos que terminan por expulsar a millones de personas de un lugar a otro.
No importa que nuestro ombligo esté enterrado en un minúsculo rincón de este planeta, los pies siempre tienen ese cosquilleo surgido de la primera vez que tocaron por sí mismos el suelo: el ansia de avanzar, de seguir recorriendo y explorando esta tierra, sin importar cuántas veces haya sido explorada y recorrida por otros seres humanos. No importa cuántas veces los demás hayamos recorrido esta tierra de principio a fin. El camino es inagotable y siempre nuevo, a cada paso.
Por eso es inevitable seguir andando.









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