Gregorio Cervantes Mejía
Si colocamos a un costado toda la propaganda a favor de la lecto-escritura, podríamos redescubrir el origen de la fascinación que despierta en nosotros.
Leer y escribir es para nosotros algo demasiado cotidiano. Puede afirmarse que no existe momento del día en que no realicemos alguna de las dos tareas. Rodeados de textos, es imposible para escapar a ellas: las etiquetas de los envases, las nomenclaturas en las calles, los carteles con los cuales se identifican los negocios o nos anuncian las virtudes de sus productos, los miles de caracteres que cada día intercambiamos a través de nuestros dispositivos electrónicos… Sin contar, por supuesto, libros, revistas, folletos…
Leer y escribir lo hacemos todo el tiempo. Y prácticamente todos. Porque cada vez es menos probable que conozcamos personas analfabetas en nuestro entorno. Hacer uso del lenguaje escrito ha dejado de ser un privilegio y por eso mismo de generar, en quienes poseemos dicha habilidad, la sensación de pertenecer a una especie de cofradía o hermandad secreta.
¿Cuál habrá sido el impacto generado por las dos primeras personas que se comunicaron a través de trazos? (Y pienso en dos porque la lecto-escritura requiere, por fuerza, de un par. No son, en modo alguno, procesos ni acciones para solitarios, por más que en nuestro imaginario el lector y el escritor parezcan tales.) ¿De qué extraña magia se valían para capturar los sonidos que alguien más —o ellos mismos— habría emitido?
Sí, seguramente en su origen la lectura y la escritura debieron estar arropadas por un aura divina: las palabras, cuya persistencia había dependido de la móvil memoria humana, quedaban ahora atrapadas en algo tangible, palpable y perdurable. Y eso dotaba al lector y al escritor de un poder que podría considerarse sobrehumano: conversar con los ausentes. Por primera vez era posible el diálogo a distancia. ¿Cómo no suponer entonces que había algo sagrado en la escritura y en la lectura? ¿Cómo no experimentar cierto temor, y reverencia, hacia el texto y hacia quienes eran capaces de producirlo y descifrarlo?
Angélica Gorodischer, en los ensayos incluidos en A la tarde, cuando llueve, insiste en el poder político y religioso que representó la capacidad de escribir y leer: quien era capaz de ambas acciones poseía autoridad y control sobre el analfabeto, aun cuando se tratara del monarca mismo. De ahí, tal vez, el celo en resguardar el conocimiento de tales habilidades (y de ahí el carácter aristocrático que tuvieron durante miles de años); y el recelo, y hasta odio, por parte de las élites políticas hacia el texto escrito, que representaban siempre una amenaza para quienes eran incapaces de comprenderlos.
Libros sagrados y libros malditos han convivido con nosotros a lo largo de la historia, envueltos siempre en ese halo surgido del contraste entre letrados y analfabetos. Porque como ocurre con todas las artes cuyo funcionamiento desconocemos, nos maravillan y atemorizan. Preservar y quemar bibliotecas (y escritores) no estaría entonces apartado de esta reacción ante habilidades que durante mucho tiempo fueron privilegio de una minoría. Una minoría que, consciente del valor de sus habilidades, se empeñó durante largos periodos de tiempo en colocar obstáculos para que el resto pudiera llegar a desarrollarlas.
Aprender a leer y a escribir, visto en retrospectiva, no es un proceso complejo. En promedio, lo logramos en menos de un año de práctica. Tampoco requiere de grandes recursos: papel, lápiz y un instructor paciente. Tal vez de esto se dieron cuenta los ilustrados. Y también del valor político que la alfabetización tendría para un movimiento empeñado en trastocar el orden político existente en ese momento.
En estos momentos es obvio decirlo: la alfabetización masiva surgió de la Ilustración. Y también apareció ahí otra de nuestras convicciones: la lectura nos hace libres. Libres de la ignorancia, fuente de toda superstición y prejuicio. Y, consecuencia natural de ello, nos vuelve críticos hacia el poder y buenos ciudadanos. Nuestra mirada sobre la lectura, entonces, conserva la impronta que los ilustrados dejaron en ella. No la vemos, ni por asomo, como un privilegio, como una habilidad de carácter casi divino que nos convierte en guardianes de secretos conocimientos y códigos. Nada de eso. Es parte de nuestros derechos naturales y antes de que podamos maravillarnos ante ella, ya la estamos adquiriendo.
Como suele ocurrir con los actos de magia, una vez que descubrimos la mecánica que los hace posibles se desvanece su encanto. Así nos ha ocurrido tal vez con la lectura y la escritura: para nosotros, que las adquirimos a edad muy temprana, sin esfuerzo ni restricción alguna, han perdido mucho de su encanto. Dejaron de ser patrimonio exclusivo de una cofradía privilegiada. Pero también han perdido mucho de su carácter subversivo, porque ahora leer y escribir son actos casi involuntarios para nosotros.
Algo, sin embargo, queda de ese antiguo carácter sagrado: los raros momentos en que alguien decide y disfruta de ellas como acciones totalmente voluntarias y libres.









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