Daniel Bernal Moreno
Te sorprendes frente a la puerta y aún tembloroso cruzas el umbral.
Esa noche le juraste regresar.
Los muros parecen cenizas en medio de la oscuriad. Al final del pasillo, la puerta entreabierta deja escapar el rayo parpadeante del televisor aún encendido. Te acercas un poco y la ves dormida, tan tibia y tranquila que no quisieras despertarla. Decides irrumpir en su sueño cuando el timbre del teléfono parte el silencio. Te detienes y nervioso la miras estremecerse. Vuelve a sonar y ella, sin levantar la mirada, hace un esfuerzo por encontrar el teléfono. Lo toma. Adormilada contesta, con esa voz que te parecía tierna cuando tantas veces te reclamó por despertarla. La misma que hoy parece enmudecida.
Aterrada se sienta en la cama, aprieta con fuerza su cabello y respira agitada. Quieres correr a abrazarla pero es tarde. Sabe que fallaste.
—Lo sentimos mucho, su esposo acaba de morir —alcanzas a escuchar.









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