Yasunari Kawabata
El viento susurra
Sopla en otoño.
En su camino de regreso de la escuela, una niña canturrea por el sendero de montaña. El árbol de laca luce sus colores otoñales. En el primer piso de la deteriorada posada, las ventanas están abiertas de par en par sin hacer caso del viento. Desde la calle se ven las espaldas de algunos jornaleros que apuestan en medio de un gran silencio.
El cartero, acuclillado en la galería, intenta meter su dedo gordo en su averiado y gastado calzado con suela de goma. Espera que la mujer que ha recibido un paquete vuelva a salir.
—¿Es ese kimono, no?
—Sí.
—Ya me parecía que era el momento de que usted recibiera su ropa de otoño.
—Basta ya. Como si usted supiera todo lo que hay que saber sobre mí.
La mujer se ha cambiado por el nuevo kimono forrado que llegó envuelto con papel encerado. Al sentarse en el suelo de la galería, alisa las arrugas de su falda.
—Lo que sucede es que leo todas las cartas que usted recibe y todas las que envía.
— ¿Usted cree que diría la verdad en algo como una carta? No en este negocio.
—Yo no soy así. No hago un negocio de las mentiras.
—¿Hay carta para mí hoy?
—No.
—¿Ni cartas sin estampillas?
—No, se lo diré en persona.
—¿Por qué me mira de ese modo? Le he hecho ahorrar un montón de dinero. Cuando sea jefe de correos, puede inventar un reglamento para que las cartas de amor no necesiten estampillas. Pero por ahora, no puede. Escribirme esas dulzonas cartas como dulce de porotos rancio, y luego enviarlas sin estampillas porque es usted el cartero. Pague la multa. Quiero el costo de esas estampillas. Me hace falta dinero.
—No hable en voz tan alta.
—En cuanto me pague.
—Creo que no tengo otra salida.
El cartero toma una moneda de plata de su bolsillo y la lanza en el pórtico.
Luego, tras arrastrar hacia sí su cartera de cuero por la correa, se pone de pie y se despereza.
Uno de los jornaleros, en ropa interior, baja a los tumbos por la escalera. Con una expresión inquisitiva, como la que tendría Dios, un Dios
adormecido, cansado de su creación humana, dice:
—Oí el golpe de una moneda. Démela, hermana. Usted me debe cincuenta sen.
—No puedo. Es el dinero para mis golosinas.
Y recogiéndola hábilmente, la mujer se mete la moneda dentro de la faja.
Un niño pasa haciendo rodar un aro de metal que produce un sonido otoñal.
La hija del carbonero baja la montaña con una bolsa de carbón a la espalda. Como Momotaro en el cuento al volver de su triunfo en la Isla de los Diablos, carga también una gran rama con bayas sobre un hombro. Las bayas color carmesí están en su exacto punto de madurez, y lucen como un ramo de corales al que le hubieran nacido hojas verdes.
Con su bolsa y su rama, va a ver al doctor para agradecerle su visita.
—¿Bastará con este carbón? —le había preguntado, al salir de la choza, a su padre, que estaba enfermo en cama.
—Dile que no tenemos nada más para darle.
—Si fuera del carbón preparado por usted, padre, no habría problema. Pero me da vergüenza llevarle del que yo misma quemé. ¿Deberíamos esperar a que usted se mejore?
—Recoge algunos caquis en la montaña.
—Así lo haré.
Pero antes de que se diera la oportunidad de robar algunos caquis, la niña llegó a un lugar con arrozales. El vivo rojo de las bayas en la colina borró de sus ojos la tristeza de verse obligada a robar. Estiró la mano hacia una de las ramas, y ésta se inclinó sin quebrarse.
Con ambas manos, la bajó hasta poder colgarse de ella. Y entonces, de pronto, la pesada rama se desprendió del tronco y la hizo caer de espaldas.
Muy sonriente, y metiéndose sin pausa bayas en la boca, la jovencita llega a la aldea. Siente la lengua áspera y arrugada. Algunas estudiantes van de regreso a sus casas.
—Danos. Danos unas.
Con una sonrisa resplandeciente, la niña ofrece la rama de coral, y las cinco o seis niñas arrancan racimos encarnados.
La jovencita entra en la aldea. La mujer está en la galería de la posada.
—Qué hermosura. ¿Son bayas? ¿A dónde vas con ellas?
—A lo del doctor.
—¿Era tu familia la que le envió un palanquín el otro día? Son más tentadoras que los caramelos de poroto rojo. ¿Me das una?
La jovencita extiende la rama.
Cuando ésta llega al regazo de la mujer, la suelta.
—¿Está bien que me la quede?
—Sí.
—¿Toda la rama?
—Sí.
El recién estrenado kimono de seda forrado había impresionado sobremanera a la niña. Ruborizada, se va corriendo.
La rama de bayas, que es más que el doble de su regazo, provoca admiración a la mujer. Se mete una en la boca. La exquisita agrura le recuerda a su aldea. Ni su madre, que le ha enviado el kimono, está ahora allí.
Un muchachito pasa haciendo rodar un aro de metal que suena a otoño.
La mujer toma la moneda de plata de su faja, cubierta por la rama de bayas coralinas, la envuelve en un pedacito de papel y en silencio permanece sentada esperando que vuelva a pasar la hija del carbonero.
En su camino de regreso, una pequeña estudiante canta por el sendero de la montaña.
El viento susurra
Sopla en otoño.
(1925)









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