Antonio Bello Quiroz
La homosexualidad es un enigma, como lo es la heterosexualidad y la sexualidad toda. Pese a que Freud ya había aclarado, en una carta a la madre de un joven homosexual, que la homosexualidad no se cura (mucho antes de que en 1973 la Sociedad Psiquiátrica Americana la haya sacado de sus manuales), no abandona el tema. En nuestros días sólo desde los fanatismos más extremos y retrógradas puede sostenerse una posible cura de la homosexualidad.
Freud escribe un texto que lleva por nombre “Sobre la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina”. Se trata de una muchacha de dieciocho que es traída a la consulta de Freud por su padre, luego de un intento de suicido, en el cual la joven intentara arrojarse a las vías de un tren.
El incidente ocurre después de un episodio en que, caminando por el centro de la ciudad junto a una cocotte a la que cortejara, durante un paseo por las calles aledañas al trabajo de su padre se encuentran con él, quien le lanza una mirada cargada de furia a su hija. La mujer interroga a la joven sobre la situación ocurrida y, tras enterarse de quién se trata, decide dar fin a la relación entre ambas. Ante esto, la muchacha se precipita sobre las vías del tren. Para Freud, estos paseos no son otra cosa que desafíos al padre, e incluso hace coincidir la consolidación de la homosexualidad como un modo de venganza respecto a él. La afrenta que el padre le hace a la joven ocurre cuando ella cuenta con dieciséis años y su madre le anuncia un nuevo embarazo y con ello cancela la fantasía femenina de tener ella un hijo del padre. Escribe Freud: “sublevada y amargada dio la espalda al padre, y aún al varón en general”.
Estos paseos para Freud son “artificiales” en tanto que su elección de partinaires nunca eran mujeres que tuvieran fama de homosexuales y con quienes, por tanto, fuese posible alcanzar cierta satisfacción o aceptación. En el caso de su vínculo con la cocotte, ya que la posibilidad de contacto sexual está cancelada; por más que la joven se conduce como un varón a la hora de seducirla, su conducta está dirigida al padre, según nos ha dicho Freud.
Su acto es, propiamente dicho, un pasaje al acto en tanto que ella, sin previo aviso, sale de la escena. Así responde a la angustia que le produce el abandono de su amada al enterarse de que se trata de su padre. Como plantea Lacan en el Seminario 10 sobre La Angustia, no es una actuación, es decir, un acting out, donde se haría un llamado al Otro, una demanda de que el Otro (tesoro de los significantes, lugar de la cultura, en última instancia, el lenguaje habitado) la incluya en la escena.
Ante esto es posible formular una cuestión: ¿este desafío es uno de tipo histérico o más bien se trata de un desafío propio de la homosexualidad femenina? Obviamente, Freud va a buscar los elementos que le permitan “leer” el acto en la historia infantil.
De inicio destaca un dato relevante en todo análisis, la advertencia de la diferencia anatómica de los sexos en el sujeto. Escribe el maestro vienés que “la comparación de los genitales de su hermano mayor con los propios, ocurrida al comienzo del periodo de latencia (hacía los cinco años o algo antes), le dejó una fuerte impresión”. Esto nos puede dar pie a pensar (sólo nos queda especular, porque en el trabajo de Freud no se consigna) que en ella se presenta una de las tres salidas: el complejo de masculinidad. Podríamos pensarla como una identificación viril de la muchacha con la cocotte. Este tipo de identificación es, desde luego, imaginaria y se constituye como una respuesta ante la pregunta ¿qué es ser una mujer para un hombre? Freud nos describe de la siguiente manera la relación entre la joven y su amada: “si esta muchacha bella y bien formada exhibía la alta talla del padre y, en su rostro, rasgos más marcados que los suaves de las niñas, quizá en eso puedan discernirse indicios de una virilidad somática”. Y más adelante escribirá: “A un ser viril podían atribuirse también algunas de sus cualidades intelectuales, como su tajante inteligencia y la fría claridad de su pensamiento cuando no la dominaba su pasión. […] Más importante, sin duda, es que en su conducta hacia su objeto de amor había adoptado el todo el tipo masculino, vale decir, la humildad y la enorme sobreestimación sexual que es propia del varón amante, la renuncia a toda satisfacción narcisista. […] Por tanto, no sólo había elegido un objeto femenino; también había adoptado hacia él una actitud masculina.” Aunque Jacques Lacan, en el Seminario 8, La transferencia, nos va a aclarar que la identificación masculina nada tiene que ver con adoptar una actitud masculina.
Así describe el inventor del psicoanálisis la posición masculina en la joven homosexual: “Su humillación y su tierna falta de pretensiones […] su felicidad cuando le era permitido acompañar a la dama un poquito más y besarle la mano […] su peregrinación a los lugares donde la amada había residido alguna vez…” Para la joven homosexual, la pésima reputación de las amadas era un rasgo destacado, “sus primeras exaltaciones estuvieron dirigidas a mujeres que no tenían fama de una moralidad particularmente acendrada […] la pésima fama de la ‘dama’ era directamente para ella una condición de amor”.
En relación a este último punto, es que también podría apreciarse cierta dimensión del carácter mostrativo de la joven homosexual. Es decir, no le muestra al padre su vínculo con cualquier mujer sino justamente con esa que, por su mala fama, sería absolutamente abominable para él.
Antes que a la cocotte, es al padre a quien se buscaría enseñar cómo amar a una mujer, a la peor mujer.








No Comments