Jean Starobinski
La historia de los sentimientos y de las “mentalidades” entraña una cuestión de método, relacionada con los sentimientos y el lenguaje.
Los sentimientos cuya historia queremos trazar nos son accesibles sólo a partir del instante en que se manifiestan, verbalmente o a través de otro medio expresivo. Para el crítico, para el historiador, un sentimiento únicamente puede ser objeto de estudio después de su aparición en cierta escritura. No es posible comprender un sentimiento allí donde no se le nombra, donde no se le designa ni expresa. Por tanto, no es la experiencia afectiva en sí misma la que se nos ofrece como objeto de estudio: sólo una parte de esa experiencia que se ha transmitido en un enunciado puede llamar la atención del historiador.
Que un sentimiento esté inscrito en un nombre (y que ese nombre haya tenido en su tiempo cierto carácter de novedad) implica de suyo algunas consecuencias dignas de atención. Por una parte, el paso a la verbalización (a la conciencia lingüística de sí) es el comienzo de una reflexión e incluso de una crítica. Por otra parte, tan pronto el nombre de un sentimiento se da a conocer —como lo sabe la moda—, la palabra, según su eficacia inherente, contribuye a fijar, propagar y generalizar la experiencia afectiva que designa. El sentimiento no es esa palabra, pero sólo puede diseminarse a través de ella. En el peor de los casos, y cuando sólo algunas palabras son usadas ampliamente, pueden abarcar aquello que no les corresponde. La Rochefoucauld afirmaba, no sin contundencia y simplicidad: “Existen personas que jamás se hubieran enamorado de no haber escuchado hablar de amor.” Flaubert convirtió esta sentencia en narración. André Gide, durante la guerra de 1914, había observado que el lenguaje de los periodistas (aquellos que no habían estado en el frente) propiciaba los clichés con los cuales los soldados que regresaban del frente describían sus emociones. Hoy en día, el vocabulario del psicoanálisis ofrece a nuestros sentimientos el modelo posible de su significación, además de proponer una forma. Ésta, aunque sólo se aplique a la experiencia interior, no tardará en volverse indisociable; la verbalización de la experiencia afectiva forma parte de la composición de la propia estructura de lo vivido. Sabemos distinguir la regresión a nuestro alrededor a través de todas las “redes”. La historia de los sentimientos, por ende, no es otra cosa que la historia de las palabras a través de las cuales se enuncian las emociones. La tarea del historiador, en cuanto a este campo, está emparentada con la del filólogo, pues debe saber reconocer los diferentes “estados de la lengua”, el estilo propio a través del cual la experiencia individual o colectiva ha escogido expresarse: se trata de estar al tanto de una semántica histórica.
En el bosquejo que me propongo trazar de una historia de la nostalgia,* intentaré dejar que hablen los distintos estados de lengua del pasado y me abstendré de usar en los documentos antiguos la celosía explicativa de la ciencia psicológica actual. Quizá recurra a ella, pero sólo de manera accesoria y en última instancia. Me gustaría dejar que se escuche la voz desusada (pero original) de una psicología que ya no es la nuestra; de esa manera podremos constatar que ya hacía uso de un lenguaje de sumo coherente, no menos aceptable (en el contexto de su época) de lo que el sistema explicativo de la psicología moderna lo es para nosotros. Lo que nos lleva a presentir que, en el relativo estado de incompletud de esta ciencia, su lenguaje, a su vez, corre el riesgo de caer en desuso. Una razón más para no exigir a dicho lenguaje que resuelva la discusión como instancia definitiva, puesto que será de nuevo sujeto a revisión tan pronto como emita su veredicto.
Ciertamente, nada nos prohíbe emplear en la investigación del pasado, en el análisis de los sentimientos que experimentaron hombres de otra época, los instrumentos de conocimiento de los cuales disponemos hoy en día. Tenemos derecho a hablar del sadismo de Nerón, de la misma manera en que tenemos derecho a medir el carbono radioactivo de las piedras talladas en tiempos prehistóricos. Simplemente no hay que olvidar que la palabra “sadismo”, del mismo modo que el dispositivo para medir la radioactividad, forma parte de nuestro equipamiento moderno. Es un vocablo del cual dispone el exégeta: no es una realidad preexistente a su implementación. De nuevo, debemos tener en cuenta la función instrumental de la palabra.
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* Fragmento de la parte “La lección de la nostalgia” en el libro de Jean Starobinski, La tinta de la melancolía (Fondo de Cultura Económica, México, 2016).









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