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La inmortalidad

· marzo 17, 2018

Antonio Bello Quiroz

La cultura es un dispositivo que posibilita que de la muerte, de lo real de la muerte, se constituya un orden simbólico, un discurso que le haga defensa. La cultura es una defensa ante la muerte, dice Freud en su magistral ensayo El malestar en la cultura. En este sentido, la cultura opera como un dispositivo normalizador de lo real de la muerte, un dispositivo que, como ya se dijo, siempre falla. En sentido estricto, la cultura introduce la idea de la inmortalidad, la mayor defensa posible contra la muerte. Defensa hasta ahora imposible.

Este orden simbólico mal corresponde a toda época. Dicho de otra manera, los dispositivos “normalizadores” sobre la muerte operan de diversa manera según el momento histórico y, sin embargo, lo único que es meta-histórico es el fracaso en su objetivo. La inmortalidad hasta ahora ha resultado inalcanzable, sin embargo, persiste como anhelo. Incluso la ciencia permite el delirio de la congelación del cadáver hasta que sea posible la vida sin muerte. Si la inmortalidad resulta inalcanzable es justamente porque la condición humana está determinada por dos vertientes insalvables: la sexualidad y la muerte son obstáculo a la inmortalidad.

En la condición humana algo no anda en la sexualidad y la muerte; el cuerpo es el campo de batalla entre estos dos significantes. Georges Bataille le llama erotismo a la juntura entre la sexualidad y la muerte. Para el psicoanálisis, la muerte es el inconsciente en la sexualidad y la muerte es lo inconsciente de la sexualidad. El cuerpo como sexuado y el cuerpo como mortal son las dos condiciones que van a separar al animal humano de cualquier otro ser vivo, lo que no es sin consecuencias. Bataille mismo destaca que los seres humanos, como todos los seres vivos, somos seres discontinuos; sin embargo, en el caso de los humanos, hemos podido colocar el lenguaje que nos constituye al servicio de la continuidad. La condición mortal hace que el humano haga una verdad que le otorgue la inmortalidad, la trascendencia, por más que sea en el plano de lo imaginario. Esa condición de inmortalidad, es decir, la ruptura de todo orden en las coordenadas de tiempo y espacio, para el psicoanálisis es la cualidad del inconsciente. Freud enseña que todo sujeto, en lo inconsciente, está persuadido de su inmortalidad.

El secreto de la inmortalidad se encuentra ilustrado por la imagen de la Sagrada Familia, de Rafael. Lo que hace de sagrada a la familia es que el sexo no entra en juego. La familia así, asexuada, como el sujeto no se asume atravesado por la diferencia sexual, puede presentarse inmortal. El caso extremo lo vive quien tiene el llamado delirio nihilista o síndrome de Cotard. La sexualidad introduce la muerte en la vida y también en la familia.

Para August Weismann, el plasma germinal o la estructura de la ameba tiene el secreto de la inmortalidad, dado que, en un medio adecuado, estos organismos se reproducen por escisión binaria. Cada individuo dará lugar a otros dos idénticos a sí mismos en continuidad por las generaciones: se reproducen iguales e inmortales. La sexualidad entonces es una adquisición tardía en la reproducción. Freud menciona a Weismann en los siguientes términos: “A este investigador se debe la diferenciación de a sustancia viva en una mitad mortal y una inmortal. La mortal es el cuerpo, en sentido estricto el soma; sólo ella está sujeta a la muerte natural. Pero las células germinales son en potencia inmortales.” La inmortalidad se encuentra en el plasma germinal. Pero con la sexualidad como dispositivo de reproducción la inmortalidad se encuentra perdida. Lacan dirá al respecto que, por estar sujeto al sexo, el ser viviente queda expuesto a la muerte individual. Bajo esta condición, el sujeto busca no el complemento sexual sino esa parte de sí mismo que se encuentra para siempre perdida. El anhelo de lo humano, en el encuentro sexual, sería la inmortalidad en tanto que la muerte es amenaza y meta de toda vida.

La idea de la eternidad o la inmortalidad del alma la podemos rastrear tanto en el Fedón como en la República de Platón. Para el filósofo, en palabras de Sócrates, la vida es una preparación para la inmortalidad. En los llamados diálogos de transición de Platón ya aparece la idea de inmortalidad del alma. Sin embargo, la idea más elaborada de la inmortalidad el filósofo la desarrolla en el Menón a partir de la anamnesis o teoría de la reminiscencia. Este diálogo se realiza esencialmente entre el joven Menón y Sócrates en torno a la cuestión de si la virtud es enseñable o no. Lo primero que se plantea como problemático es encontrar la definición universal de la virtud. Sócrates demuestra que las definiciones propuestas son inaceptables; Menón entonces le pregunta cómo se puede investigar algo que no se conoce. Este “argumento polémico” lleva a Sócrates a plantear que no se puede investigar nada, ni lo que se conoce, porque ya se conoce, ni tampoco lo que no se conoce porque no se sabría qué es lo que se está buscando. El maestro le propone al joven Menón una alternativa que conoció a través de una sacerdotisa experta en cosas divinas; le menciona entonces la teoría de la reminiscencia. Aprender no es apropiarse de algo ajeno al alma, sino recuperar lo que el alma ya poseía de alguna manera, es decir, recordar lo que ya se sabía. Pero, en este sentido, ¿cuándo ha conocido el alma lo que se recuerda? Ya que no ha sido en esta vida ha tenido que ser necesariamente en una vida anterior, de donde se concluye que el alma es inmortal.

En la filosofía griega el extremo de la idea de la inmortalidad la ubicamos en Eurípides, quien afirma que la vida en el mundo en realidad es la muerte y que la verdadera vida sólo la podemos encontrar en la muerte.

De nuestro lado, en el mismo sentido, para Netzahualcóyotl la vida en el mundo es efímera siendo la vida después de la vida la verdadera vida: “sólo venimos a dormir, sólo venimos a soñar. No es verdad; no es verdad que venimos a vivir en la tierra”.

 

 

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