Roberto Martínez Garcilazo
El hombre sobrepasa infinitamente al hombre.
Pascal, Pensamientos.
Es la fascinación de la pureza. El magnetismo fatal de la creatura sin mancha, sin mácula, sin pecado. El poder eléctrico de la belleza virginal que subyuga, que unce al que la mira al carro de la noria. Es la vocación de lo imposible. El insólito símbolo de la Diosa con “un manto de noche y de estrellas” que desde las páginas de Metamorfosis, de Apuleyo, viaja hasta el 8 de diciembre del 1854 cuando la Inmaculada Concepción es elevada a dogma.
El capítulo 12 del Apocalipsis describe a una virgen encinta, coronada por el sol, rodeada por las estrellas, erguida de pie sobre la luna y serena en su victoria sobre el dragón. Luis de Góngora escribe el soneto: “Si ociosa no, asistió Naturaleza incapaz a la tuya, oh gran Señora, concepción limpia, donde ciega ignora lo que muda admiró de tu pureza. Díganlo, oh Virgen, la mayor belleza del día, cuya luz tu mano dora, la que calzas nocturna brilladora, los que ciñen carbunclos tu cabeza. Pura la Iglesia ya, pura te llama la Escuela, y todo pío afecto sabio cultas en tu favor da plumas bellas. Qué mucho, pues, si aún hoy sellado el labio, si la naturaleza aun hoy te aclama Virgen pura, si el sol, luna y estrellas.”
Y el “Cantar de los Cantares” al describir a la sulamita dice: “¡Qué bella eres Amada mía, qué bella eres! Tus ojos de paloma, a través de tu velo. Tu cabellera, cual rebaño de cabras, ondulante por las pendientes de Galad. Como cinta de escarlata tus labios… tus mejillas mitades de granada.” Y pareciera que contemplamos La Inmaculada de Murillo, cuando leemos a Lope de Vega: “Zagala divina, bella labradora, boca de rubíes, ojos de paloma, santísima Virgen, soberana aurora.”
La Inmaculada es un psicopompo, es un símbolo que se lleva, que conduce nuestras almas hacía un lugar sin medida, hacía el ultramundo: una pintura de Rubens o Murillo, un poema de Góngora o de Lope. La Inmaculada es el poder vivo de la belleza redentora de la debilidad y el vicio. Antes de que se extinga la literatura, antes del futuro, antes de la unanimidad de la fealdad, la mugre y el crimen: contemplemos y leamos, mientras miles de cuerpos deambulan sin alma por las calles sucias de la ciudad terrena.
La contemplación estética es un acto de insurrección ontológica. Es un acto de resistencia al determinismo de la sociedad, la ecología y la genética sobre la conducta humana. La contemplación estética de La Inmaculada es una revaloración de las ideas, los conceptos, de trascendencia del alma y libre albedrío.
Menéndez Pelayo, en su Historia de los heterodoxos españoles, exaltó sus méritos poéticos, dijo que los versos de Aurelio Clemente Prudencio (III a.C.) eran la mejor crónica del cristianismo español de los primeros tiempos. Por otra parte, el presbítero Andrés de Mañaricúa, en su trabajo “Al margen del himno Peristephanon”, narra que corría ya el año 57 de su vida, cuando un pensamiento turbador irrumpió en la mente del poeta Aurelio Clemente Prudencio: “En tanto tiempo, qué hice de útil” [Instat terminus et diem / vinicium senio iam deus applicat: / Quid nos utile tanti spatio temporis egimus]. Agrega el relator que una vez superada la conmoción, el asombro terrible, el poeta cristiano decidió entonces consagrar sus años restantes que intuyó escasos —murió a los 65— a la lectura y a la escritura, alejado del fárrago vulgar del mundo. Y, finalmente, Josep Gil Ribas, en su Historia de la Santísima Virgen María, afirma que el primer poeta de La Inmaculada fue el hispanorromano Aurelio Clemente Prudencio, y cita: “La piadosa virgen / que en medio de la noche caminaba / me dio la claridad del día / más allá del imperio de los astros.”
En 1939 Romano Guardini publicó Mundo y persona, ensayos para una teoría cristiana del hombre. Ochenta años después leemos este pasaje de su libro que parece haber sido escrito hoy mismo:
“El hombre se ha percatado de que es otra cosa, de que no es lo que pensaba: ha descubierto que es para sí una incógnita. Las cimas de lo humano se encuentran de nuevo en la oscuridad y en el futuro, no en el presente, tal vez en lo pasado. La pregunta sobre el hombre es otra vez una pregunta urgente.”
La Inmaculada es la respuesta a nuestra pregunta por el hombre libre y sin mancha, por el hombre eterno y sin embargo finito.









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