Antonio Bello Quiroz
Una sociedad se detiene en seco cuando sale a la luz la capacidad de procurar el mal al prójimo, nos vuelve a sorprender con esta capacidad de destrucción que nos recuerda lo que con frecuencia se olvida, la tendencia a la destrucción y la maldad que tiene al odio como motor. En Puebla nos enteramos de la “sangre fría” con que un grupo de estudiantes secuestró a uno de sus compañeros y le dieron muerte sin el menor remordimiento, por lo menos en uno de los tres estudiantes implicados.
Mientras que en Ecatepec, en el Estado de México, donde la desaparición y muerte de mujeres se ha vuelto una pandemia con más de 500 asesinatos (lo mismo que ocurre en muchas partes del país), es detenida una pareja de feminicidios a la que se le atribuyen por lo menos unas veinte mujeres asesinadas. Vuelve a sorprender la crueldad con que esta pareja procedía para elegir a las víctimas, darles muerte, descuartizarlas y las técnicas para deshacerse de los restos, e incluso vender los huesos. De este caso, que parece guión de una película de terror, se percibe una rápida tendencia mediática a destacar las condiciones psicopatológicas de los acusados: se les valora de inmediato con trastornos psiquiátricos, como psicosis o cognitivos, como retraso mental. Se destaca también la ausencia de empatía y remordimiento; incluso el varón expresó alegría de haberlo hecho. Aunque también se señala que ambos tienen capacidad para distinguir entre el bien y el mal. Quizá esta apresurada valoración sea una forma en que la sociedad se busca poner a resguardo de cometer un acto tan atroz. Lo hacen ellos, los enfermos; no nosotros, los normales. Quizá también esta valoración mecánica, mediática y apresurada sea una forma de evitar un análisis más profundo que deje al descubierto la presencia del odio en los vínculos entre los seres humanos.
Desde luego que la presencia del odio no es nueva entre nosotros. Ante la atrocidad vivida durante el nazismo, el químico y escritor judío italiano Primo Levi escribe Si esto es el hombre como un testimonio del horror vivido. Nos introduce a su análisis mediante un poema:
Los que vivís seguros
En vuestras casas caldeadas
Los que os encontráis, al volver por la tarde,
La comida caliente y los rostros amigos:
Considerad si esto es un hombre
Quien trabaja en el fango
Quien no conoce la paz
Quien lucha por la mitad de un panecillo
Quien muere por un sí o por un no.
Considerad si es una mujer
Quien no tiene cabellos ni nombre
Ni fuerzas para recordarlo
Vacía la mirada y frío el regazo
Como una rana invernal.
Pensad que esto ha sucedido: Os encomiendo estas palabras.
Grabadlas en vuestros corazones
Al estar en casa, al ir por la calle,
Al acostaros, al levantaros;
Repetídselas a vuestros hijos.
O que vuestra casa se derrumbe,
La enfermedad os imposibilite,
y vuestros descendientes os vuelvan el rostro.
II
Sigmund Freud, en El malestar en la cultura, el más profundo análisis que de la cultura y la condición humana se haya escrito hasta el momento, nos revela la nativa tendencia a la destrucción que es propia del género humano. Es cierto, nos recuerda Jacques Lacan en el Seminario 7, La ética del psicoanálisis: “quienes prefieren los cuentos de hadas hacen oídos sordos cuando se les habla de la tendencia nativa del hombre a la maldad, a la agresión, a la destrucción y también, por ende, a la crueldad”. Freud nos recuerda en el texto mencionado: “El hombre intenta satisfacer su necesidad de agresión a expensas de su prójimo, de explotar su trabajo, sin compensación, de utilizarlo sexualmente sin su consentimiento, de apropiarse de sus bienes, de humillarlo, de infligirle sufrimiento, de martirizarlo y de matarlo.” Habla de la tendencia nativa del hombre, no de los enfermos, no de éstos o aquéllos sino de todo sujeto.
El psicoanálisis se singulariza justamente porque reintroduce la cuestión del mal en la ciencia y en el análisis de la condición humana. Reintroduce la presencia del mal reconociendo el comando anímico de la pulsión de muerte.
Como ocurre con frecuencia, las audiencias muestran su asombro cuando el feminicida de Ecatepec en entrevista ministerial menciona al “odio por las mujeres” como “justificación” de sus crímenes: “Prefiero que mis perritos se alimenten con la carne de esas mujeres antes que dejar que sigan respirando mi aire, mi aire porque es mío.”
Para Jacques Lacan, el odio es referido en última instancia a una teoría acerca de la economía del goce. El psicoanalista francés definirá en la dimensión del goce aquello que es específico del odio, tal como se realiza en la misoginia o la homofobia, que en el fondo serían una expresión del odio al goce del Otro. Es esta suposición del goce del Otro —como privativo del propio goce— que ofrece como objeto a la pulsión de muerte: el Otro se propone constituido como “extranjero, expropiador de mis bienes, o del Bien Nacional” (en este caso, el aire). Aquí la perspectiva sobre el goce nos abre otra dimensión que va más allá de las identificaciones y sus consecuencias, en tanto productor de un Otro diferencial.
Parece que definir el odio o la mujer (como la tendencia al mal) simplemente como el rechazo de la diferencia no basta; este odio no se reduce —como parados en la simpleza se pretende hacer pensar— a un puro problema de identificación, sino que concierne a lo que en el discurso no es lenguaje: es decir, al goce. A esa dimensión real que habita todo discurso. Puestos aquí no podemos sino plantear la pregunta: ¿qué descubre el psicoanálisis concerniente al odio? Sin duda, hay que hacer referencia a lo que descubre Freud. Las enseñanzas del maestro vienés nos dejan ver la presencia indestructible del odio, que se encuentra en el núcleo del inconsciente, lo que se verifica tanto en las formaciones sintomáticas como en las producciones oníricas. Esta presencia es a tal punto permanente e indestructible, que Freud llega a formular una primera tesis respecto a este oscuro afecto: el odio es precursor del amor y debe postularse la existencia de un odio originario.
En 1920, en Más allá del principio del placer, nos dejará dicho que hay una fuerza anímica más primitiva y anterior al amor llamada pulsión de muerte. Después de esto, Freud se ve conducido a afirmar que la inefable fuerza psíquica del odio es mucho más fuerte de lo que pensamos. Esta fuerza, esta indestructibilidad, este empuje a un retorno siempre posible del odio, sólo puede ser explicada por la conexión de esta oscura pasión con la pulsión de muerte. Freud hace del odio el afecto propio de la tendencia a la destrucción, y a esta tendencia la representante de la pulsión de muerte en el psiquismo.








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