Antonio Bello Quiroz
Si algo aqueja a los hombres es la pérdida de la virilidad. La confrontación con el cuerpo sexuado y con el deseo del Otro al neurótico le produce angustia. En el sedimento de esto encontraremos que para el hablante-ser el goce es culpable, además de generador de culpa. El goce es culpable porque en él hay un defecto en lo simbólico, esto es, hay una incapacidad para representar el goce. Eso implicaría que el goce que se juega, por ejemplo, en el orgasmo, sea generador de angustia en tanto que no se puede inscribir en lo simbólico. Es esta imposibilidad lo que hace que la existencia cuestione al sujeto. Es también por eso que también la sexualidad cuestiona al sujeto. El neurótico es en particular el crisol de esa interrogante a la que está sometido en cuanto hablante. El neurótico es un sujeto que pone en cuestión constante el hecho de su existencia. Esto queda claro en la obsesión, donde la pregunta que lo sostiene gira en torno a saber si está vivo o está muerto. En la histeria, por otro lado, la cuestión se centra en cuanto a si se es hombre o si se es mujer; en otras palabras la cuestión atañe a la sexualidad.
El neurótico, al cuestionarse le pide cuentas al Otro; lo hace de mil maneras pero esencialmente lo hace escudriñando los indicios del deseo del Otro. La impotencia es una puesta en cuestión en torno al deseo del Otro.
Ya Freud en 1912 señalaba que si quitamos la angustia, la razón por la se le solicitaba asistencia al analista era por la impotencia psíquica. Hoy podríamos decir que estas demandas y quejas en análisis continúan siendo frecuentes, pese a que la gran industria farmacéutica ha inventado productos químicos que prometen revertirla. Sin embargo, pese a que los fármacos permiten revertir la falta de erección (cuando no hay una afectación de carácter biológico), no hay con ello ganancia de placer o eliminación de la angustia ante la confrontación con la sexualidad.
Para Freud, el orgasmo representa para el sujeto exactamente la misma función que la angustia en la medida en que el deseo está separado del goce. Se trata de la coartada fundamental, la coartada fálica, como dice Lacan, donde la mujer se sublima en su función de envoltura pero donde algo que va más lejos queda infinitamente afuera. Lacan convoca al analista a que tenga agallas y se acerque ahí donde se ubica la hiancia deseo/goce a nivel genital, justo ahí donde los órganos constitutivos de la sexualidad rehúsan el cumplimiento de la sexualidad.
En un texto de 1912 que lleva el generoso título de Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa, la segunda parte de sus Contribuciones a la psicología del amor, Freud dedica el primer apartado a la impotencia psíquica. La califica como una extraña perturbación que aqueja a hombres de naturaleza intensamente libidinosa. Lo extraño es que antes de que se presente el afecto, estos órganos sexuales se muestran intactos en su funcionamiento.
El maestro vienés va a destacar que el propio enfermo obtiene una primera orientación al señalar que esta denegación sólo ocurre con ciertas personas, mientras que nunca les sucede con otras. Con esto deduce que su afección tiene que ver con una característica del objeto sexual: algo de la persona deseada le inhibe. Hay algo en el objeto que le genera un impedimento interior, aunque al mismo tiempo declara no ser consciente de qué es ese algo que lo imposibilita sexualmente. A lo más que alcanza es a relacionar esa falla con la primera vez en que se presenta la perturbación. Una primera vez con carácter angustiante que se toma como causal.
Aun y cuando los tiempos han cambiado desde que Freud se interesara por esta afección de carácter universal vinculada a la fijación incestuosa no superada a la madre y hermanas. También se destacan penosos accidentes anudados al quehacer sexual infantil. Quizá reprimendas paternas o una hipervigilancia se encuentren en el origen de la impotencia. Sin embargo, una vez que se ha sometido a análisis a quienes padecen de impotencia se encuentra que hay una inhibición de la historia sexual infantil que impide que confluyan una en la otra las dos corrientes cuya unión es lo único que asegura una conducta amorosa plenamente normal. Estas dos corrientes son la tierna y la sensual. De estas dos corrientes libidinales, la tierna es la más antigua: se remonta hasta la primera infancia y se relaciona con las pulsiones de autoconservación, dirigiéndose principalmente a las personas familiares encargadas de la crianza del niño, la madre en primer término. En estas pulsiones es que se finca la elección infantil de objeto. Estas fijaciones tiernas toman un carácter erótico más marcado (el niño es un juguete erótico que de esta manera es desviado de sus metas sexuales).
Es en la pubertad que se vendrá a añadir una poderosa corriente sensual que ya no podrá ignorar sus metas sexuales. Sin embargo, aquí tropieza con los obstáculos impuestos por el incesto, lo que le obligará a buscar en otros objetos ajenos la posibilidad de cumplir con una real vida sexual. Estos objetos se escogerán siempre para los arquetipos de la imago materna. Freud nos recuerda que el sujeto habrá de cumplir con el precepto de dejar a su madre y a su padre y así, en su mujer, quedarán conjugadas las corrientes tiernas y sensuales.
Dos factores garantizan el fracaso del progreso sexual. Por un lado, la medida de frustración real que va a contrariar la nueva elección de objeto y la desvalorice para el sujeto. Es decir, el fracaso de la sexualidad está garantizado cuando no tiene sentido para el sujeto, cuando no puede elegir nada o bien no puede elegir algo conveniente. Por el otro lado, el fracaso sexual está garantizado en la medida en que la atracción de los objetos infantiles que han de abandonarse ejercen atracción en la vida adulta. Si estos dos factores son lo bastante fuertes, entonces entrará en acción el mecanismo formador de neurosis.
Mediante estos dos factores, la libido se extraña de la realidad y es acogida por la fantasía y refuerza las imágenes de los primeros objetos sexuales, se fija a éstos. Mediante estos mecanismos, la libido al no poder desprenderse de los objetos infantiles quedará en lo inconsciente contribuyendo a la fijación en los actos onanistas; se centra la libido en la masturbación. Así se consuma en la fantasía lo que fracasa en la realidad.
La otra “salida” para la sexualidad, cuando queda ligada en lo inconsciente a objetos incestuosos, es la impotencia absoluta. Freud escribe: “la corriente sensual que ha permanecido activa sólo busca objetos que no recuerden a las personas incestuosas prohibidas; si de cierta persona dimana una impresión que pudiera llevar a su elevada estima psíquica, no desemboca en una excitación de la sensualidad sino en una ternura ineficaz en lo erótico”. En conclusión, la impotencia es el resultado de un exceso de corriente tierna, es resultado de un exceso de amor.








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