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La identidad y la tragedia de lo humano

· febrero 2, 2019

Antonio Bello Quiroz

 El sujeto está montado en la metáfora. Lo que nos representa, la identidad, es una cuestión compleja. Por estar atravesados por el lenguaje, estamos montados entre el yo y el no-yo. Para el psicoanálisis, la identidad del sujeto está en el marco de la pura y permanente posibilidad.

Desde la teoría fundada por Sigmund Freud, la identidad no puede pensarse sino desde las identificaciones, lo mismo que no puede bordearse lo real sino desde la realidad, que no es otra cosa que representación. Tal es la idea que nos permite pensar este pasaje del decir freudiano en 1925: “una condición esencial para el establecimiento de una prueba de realidad es la de que se hayan perdido objetos que procuraron otrora satisfacciones reales”. Quiero decir: la identidad es asunto de metáfora, se juega entre la representación y lo representado.

Quisiera hacer un recorrido breve por el concepto de identidad, que, por otra parte, considero esencial en la condición del sujeto. Si tuviera que decir esta idea en un aforismo diría que “la identidad es condición de lo humano lo mismo que la muerte es su destino”. Hacía 1923 para Freud el concepto de identidad es utilizado en relación con las identificaciones proyectivas que realiza el sujeto en el devenir de su existencia; durante el desarrollo del concepto, es patente la relevancia de la imagen corporal como identificación fundamental para la formación del yo. El cuerpo, como imagen proyectiva, es la sede de la identidad.

La identidad nunca es absolutamente propia, se constituye siempre en el lazo con el Otro. En este sentido, es posible decir que en la identidad nada es original o natural (como nada en la condición humana lo es). George Steiner sostiene que una obra de arte nunca puede ser sino reelaboración de otra que le precedió en el tiempo y espacio; lo mismo ocurre con lo humano. Freud así lo hace entender al decir que al conocer alguien no hacemos sino reconocerlo, lo que equivale a decir que cuando deseamos algo más bien lo anhelamos. El deseo es nostalgia. La identidad, aquí cabe decirlo, en los neuróticos, se anida en la memoria, por tanto se vuelve anhelo; lo mismo que lo hace en el cuerpo de los perversos, con lo que se vuelve acto que tiene que estarse ratificando. El psicoanálisis, como sabemos, nos enseña que los neuróticos sufren de reminiscencia.

La identidad-memoria, que por tanto es ya identificación, se enfrenta en la realidad con el otro (“el semejante, su prójimo, su ideal del yo [Je], una palangana”, dice Lacan) y es ahí que también surge el conflicto. En la alteridad se ubica el conflicto de lo humano.

La identidad, al ligarse a la memoria, se expresa como identificación, es decir, como la más temprana manifestación de enlace afectivo a otra persona u objeto. Se trata, hay que decirlo, de un enlace simbólico. En otras palabras, la identificación es siempre hacía un ideal. La identidad, en cambio, está amalgamada a lo inédito que nunca es. Si queremos apuntalar esta idea basta con dar una vuelta por la historia.

Cuesta trabajo pensar en alguna máquina de muerte mejor diseñada y aceitada como la que construyó el nacionalsocialismo. El holocausto es la más terrible expresión de la técnica utilizada para la muerte. Para exterminar de la memoria a un pueblo se recurrieron a los métodos más sofisticados de extermino. Sin duda no fue casual que el nazismo procediera de esta manera: según Primo Levi se trataba no simplemente de matar sino de, literalmente, exterminar una identidad. Desde el ideal de lo Absoluto se buscó eliminar a quien se ostenta en identidad con lo Absoluto. Para eliminar esa expresión de la diversidad representada por lo judío, las huestes nazis, sin embargo, fueron tan rabiosas como lo es cierta expresión fanática del judaísmo que hace del Capital lo Absoluto y de la identidad palestina el odiado enemigo a quien hay que eliminar.

Entre la identidad y la identificación se teje el mundo, se bordan las culturas y se escriben las historias. La primera, la identidad, dice Jacques Derrida, nunca es dada, recibida o alcanzada. La identidad es, entonces, pura posibilidad. Se trata de una construcción siempre inacabada y, en ese sentido, siempre fantasmática. La identificación, en cambio, se actualiza en cada acto del sujeto; cada acto le otorga al sujeto un lugar en el mundo. La identificación da sustento al fantasma de la identidad con la que se juega el sujeto. La identidad no puede acceder del todo al estatus de lo simbólico; en este sentido, podemos decir que la identidad está en lo real: la biología lo sabe pero no lo puede decir. Si la identidad del sujeto se encuentra, si se quiere leer desde la biología, en el ADN, al acceder el sujeto (siempre por intervención de lo distinto, de lo ajeno) a la instancia de lo simbólico, se transfigura quedando sólo como fantasma, es decir, como identidad. Lacan dice en el Seminario 2: “El sujeto como tal, funcionando en tanto que sujeto, es otra cosa y no un organismo que se adapta.”

Para Emmanuel Lévinas, lo que llamamos “nuestra identidad” (incluso “mi identidad”) es un engaño, una perturbación de los sentidos. Se trata del engaño del yo. La supuesta solidez de la identidad se pone en cuestión ante cada interpelación de lo exterior. Lo Otro (el lenguaje, la ley, la cultura, el cuerpo), lo ajeno, lo extraño, pone el toque de lo incierto en lo propio y, de cualquier manera, obliga al yo a tomar postura. La interpelación del Otro en el organismo humano se realiza mediante una imposición de lo simbólico ahí donde lo real del órgano se expresa. El órgano es nombrado y con ello transformado en cuerpo, sentenciado a la ventura, a la deriva. Se trata de la entrada en escena de la diferencia, la alteridad.

En la identificación, o mejor dicho las representaciones de la identidad, lo que se considera como lo propio fue moldeado en la relación con lo Otro y de los otros; lo que viene del Otro se expresa como promesa de unidad siendo, en tanto que promesa, pura posibilidad. La identidad está siempre en el horizonte, es una avenida que sólo adquiere consistencia en la muerte, que está en el Absoluto horizonte. Al nombrar, es decir, al darle un lugar en el lenguaje se le da la muerte. Cuando una idea, una imagen, en todo caso, un significante, viene a mí, en ese instante está ya habitado por la muerte.

Este paso de dar la muerte, que siempre proviene del exterior, es, paradójicamente, un acto de vida como sujeto, es decir: en el dar la muerte se posibilita la vida subjetiva a un sujeto. La identidad se encuentra, por tanto, ligada a la muerte. Sólo es posible asumirla en la medida en que sea asumida la muerte. En el psicoanálisis suele hablarse al respecto de “atravesar el fantasma”.

Al hacer singular una idea, al sacarla de la oscuridad, con la “violencia de la luz” ―dice Lévinas― se le condena a la ausencia, está amenazada por el tiempo. La violencia de la luz es la violencia de la muerte. El sujeto no puede nunca tener una identidad; es justamente en esa falta que se posibilita el acto creador; al ser la identidad imposible entonces la puede, por decir algo, escribirla, crearla, o inventarla, en todo caso producir. Siempre en proceso, siempre en espera de ser dicha toda. La obra que se produce en la búsqueda de la identidad escapa a cualquier posibilidad de aprehender su sentido: su sentido es único, se trata de lo inaprensible, insiste, apunta a la muerte. “Guardar silencio, es lo que sin saberlo queremos todos al escribir”, dice Maurice Blanchot.

Por tanto, toda búsqueda de identidad es una actividad pública. La identificación se hace en torno a ideales: nacionalidad, etnia, sexo, religión, posición política, ilusiones que buscan salvar de la soledad, sin embargo (éste es su costado peligroso), todos los ideales son segregacionistas, excluyentes. El sujeto está sólo con su deseo, expuesto al goce; la tragedia radica en que puede intentar compartir con el prójimo su deseo, pero el goce lo hace tarea imposible. Por tanto: toda experiencia es una experiencia de extrañamiento, no hay forma alguna de estar con lo propio. El sujeto está siempre en contacto con lo ajeno. Somos extranjeros de nosotros mismos, dice Julia Kristeva.

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