Antonio Bello Quiroz
En una noticia reportada por la periodista Beatriz de Vera en el diario El Popular del 1 de octubre pasado pude leer la noticia de que, según algunas investigaciones y estudios “científicos” realizados en las universidades de Cornell y Essex, en el Reino Unido, miden la dilatación de la pupila (indicador de que hay atracción sexual) mientras veían pornografía. Se trató de un estudio con personas cuyas orientaciones sexuales se reconocían como heterosexuales que veían escenas sexuales entre personas del mismo sexo, mostrando que hubo atracción y creyendo así comprobar que no hay una condición heterosexual absoluta, es decir: en la orientación sexual de los hombres y mujeres no hay heterosexualidad absoluta, y por el contrario, existe una tendencia bisexual.
Estos estudios se presentan como una continuación de los clásicos estudios del comportamiento sexual del biólogo Alfred Kinsey de mediados del siglo XX.
No deja de sorprendernos la escasa o nula honestidad intelectual con que se presentan estos avances científicos como novedosos cuando el componente bisexual en la orientación sexual ha sido destacado por Sigmund Freud hace más de cien años. Es por desconocimiento de lo planteado por él que se continúan haciendo investigaciones en torno a la sexualidad (como en muchos otros aspectos relevantes en la condición humana) para los que el psicoanálisis tiene ya una postura. Los estudios de la sexualidad, o sexología (sexo-lógico), que se presentan como científicos han mostrado desde siempre su extravío al considerar a la sexualidad como subsidiaria o bien de lo anatómico o bien de lo cultural y educativo, desdeñando por ignorancia y flojera mental los avances que al respecto realiza el psicoanálisis.
El concepto de bisexualidad fue introducido por Sigmund Freud, inventor del psicoanálisis, desde sus primeros trabajos y hasta el final con Análisis terminable e interminable de 1937; el valor del concepto lo empieza a gestar en particular cuando aún se encuentra bajo la influencia de su amigo Wilhelm Fliess a inicios del siglo XX, aunque expone sus consideraciones sobre la bisexualidad fundamentalmente en sus Tres ensayos para una teoría sexual. Sus observaciones muestran que todo ser humano tiene una tendencia libidinosa hacia los dos sexos. Lo mismo ocurre en hombres que en mujeres. Freud realizará los avances necesarios para mostrar que se trata de una tendencia psíquica que va más allá de la condición de indiferencia sexual propia del organismo humano en los inicios del proceso de gestación.
Para Freud la sexualidad se constituye a partir del pasaje por el drama de Edipo-castración; ahí se establecerá la tendencia sexual masculina o femenina. Observa que, por ejemplo, en el caso de la niña existe una primera y poderosa fase pre-edípica donde es evidente la fijación homosexual a la madre en los primeros años de vida, en su anhelo se instala un hijo a la madre (poder darle lo que desea) y sólo se podrá resolver al asumir como imposible el deseo de la madre. Su sexualidad de esa manera coloca entonces al padre en su elección y ahora es ella quien espera un hijo del padre. Sin duda, también en el varón la fijación primera es para su madre, es decir, un objeto de amor heterosexual. La identificación con ella es tan poderosa que bien puede quedarse esperando amar a alguien de su mismo sexo como le hubiera gustado que la madre lo ame a él. Por otro lado, también habrá de enfrentar la imposibilidad de satisfacer el deseo de la madre y por tanto su deseo sexual se inclina hacia el padre.
El interés de Freud por el tema de la bisexualidad le surge a partir del interés por explicar los elementos que se encuentran involucrados en la elección de objeto sexual. Nuestra libido, muestra el maestro vienés, oscila durante toda la vida entre el objeto femenino y el objeto masculino. A partir de estos planteamientos, Freud estudia las identificaciones con los primeros objetos y busca discernir la esencia de lo masculino y lo femenino. En sentido estricto, nadie podría decir “soy hombre” o “soy mujer”, sino “estoy siendo hombre” o “estoy siendo mujer”, y sólo ante una demanda específica.
Todavía en 1929, en El malestar en la cultura Freud insiste en la condición de bisexualidad diciendo que todo hombre presenta tendencias y atributos tanto masculinos como femeninos. Una falsa concepción de este componente bisexual, reducido a supuestos factores biológicos, llevaría a fácilmente identificar la actividad con lo masculino y lo femenino con la pasividad. Años de investigación han mostrado que no existe tal determinismo biológico e incluso no hay referencia cultural de esta distribución. Al respecto, en un texto que lleva como título La feminidad (1932) escribe Freud algo que en nuestros tiempos resulta más que evidente: “Las mujeres pueden desplegar grandes actividades en muy variadas direcciones, y los hombres no pueden convivir son sus semejantes si no es desplegando una cantidad considerable de adaptabilidad pasiva.”
Este componente bisexual, más allá de que se ha visto como una cuestión de perversión (y sin duda hay sujetos perversos que cursan con una marcada bisexualidad), tiene una función en la cultura y posibilita la convivencia con personas del mismo sexo, la amistad y la camarería, lo mismo que la solidaridad entre sexos (o sororidad, como hoy se le llama) requieren de este componente donde el fin sexual se encuentra más o menos inhibido. Sin embargo, este componente bisexual puede reconocerse como insoportable generando acciones homofóbicas y de rechazo para el otro sexo que para el sujeto se le vuelve inadmisible.








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