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Espuma de los días 0

La gramática histórica del mito poético

· diciembre 17, 2015

Jesús Bonilla Fernández

 

Como vimos en la entrega anterior el mito es la redacción narrativa de los rituales públicos registrada en paredes de templos, en espejos, en jarrones o tazones, en cofres y sellos, etcétera. Al menos es una de las definiciones que proporcionaba el poeta Robert Graves.

Apolonio, Higinio, Plutarco, Eliano, Servio, Hesíodo, Plinio, Diodoro Sículo, Tsetzes y Pausanias, entre otros, son los autores analizados por este escritor con —valga la expresión— resultados fabulosos: los mitos son metáforas sobre acontecimientos culturales, sociales, políticos y económicos. Sin embargo, la prosa de Robert Graves y su sagacidad crítica le obligaron a descartar en su propia creación literaria hechos implausibles que como ensayista se siente obligado a mencionar.

“No es difícil —escribe— ver por qué el significado original del Vellocino de Oro devino un misterio para los griegos de la época clásica, si admitimos que la captura del vellocino fue un episodio de un conflicto religioso entre los fieles de la Diosa luna matriarcal de los pelasgos y los del Dios tonante patriarcal de los griegos. Durante los cien o doscientos años que siguieron al viaje del Argos, aún debió ser posible hablar abiertamente de este conflicto, que aún no había terminado con la victoria al parecer completa de Zeus. De ello hay trazas incluso en los poemas de Homero, pese al cuidado puesto en sus ediciones ateniense del siglo sexto y alejandrina del siglo tercero; porque el pique entre Zeus y Hera es mucho más que una sátira de las diferencias domésticas en las familias griegas, es un conflicto entre sistemas sociales irreconciliables. Más adelante el Dios Tonante adquirió tanto poder y la Diosa Luna se vio tan reducida, que reyes y héroes como Salmoneo, Sísifo, Tántalo, hasta entonces citados con respeto y honores, fueron señalados como criminales y condenados a castigo perpetuo en el Tántalo.”

Orfeo de Tracia, personaje que Robert Graves dudó incluir entre los argonautas, cantó con su lira una mañana en el transcurso de ese viaje —inútil hasta cierto punto de la geografía metafísica, sin sentido a no ser por el afán risible de los dioses griegos, un Jasón estúpido y cobarde, un Hércules demasiado bruto y Atalanta y Melegrao, mutuamente enamorados, estafados— la historia de la creación.

En el estira y afloja entre el usurpador Zagreo-Zeus y Rea-Hera-Ino-Eurinome o Diosa Blanca, ella puso como condición para ceder el gobierno de todas las cosas y el universo, la retención de dos islas donde se conservaría su antiguo culto y donde él no tendría ninguna jurisdicción. Zeus pidió a cambio que Anfitrite —otra figura de la Diosa Blanca— entregara el mar a su hermano Poseidón. Ella aceptó y cedió también el cielo, los planetas y las estrellas, pero reservó para sí la luna. “Sellaron el trato estrechándose las manos, y para demostrar su poder Zeus le dio un ruidoso puñetazo en una oreja, y bailó una jiga con todas sus armas, golpeando su escudo dorado con su hacha de bólido y haciendo rodar el trueno horrísonamente por toda la bóveda celeste. Rea sonrió en silencio, porque en el convenio no había cedido el dominio de tres cosas de la mayor importancia, que Zeus nunca pudo arrebatarle después: el viento, la muerte y el destino.”

Por supuesto que estamos tratando de cosas que “no ocurrieron jamás, pero son siempre”, epígrafe de Salustio en Las bodas de Cadmo y Harmonía. En ese breviario de Roberto Calasso sobre las metamorfosis de los mitos y las transfiguraciones del poder, Europa montada en el toro blanco se muerde la lengua antes de invocar a Bóreas para que la alce con sus alas. ¿Por qué pasar de un raptor a otro?, se pregunta doncella, escalofrío dulce que pica a Zeus como nube de tábanos.

Es evidente que las versiones de este escritor italiano se empalman o complementan en ocasiones con las de Robert Graves; sin embargo, no hace referencia a éste, como a ningún otro intérprete contemporáneo en su ensayo novelado, ejercicio de soberbia erudición. Según Lucia Graves las teorías instintivas, poco convencionales e indemostrables de su padre, a pesar de que su erudición y convicciones inspiraron a otros investigadores en el sentido de sus ideas, le cerraron los ámbitos académico y eclesiástico.

Al respecto el mitógrafo, desilusionado pero no sorprendido, se queja en el prólogo de La Diosa Blanca de que desde la primera edición de este ensayo, cuyo subtítulo es Gramática histórica del mito poético, ningún experto en irlandés o galés antiguo acusó recibo de sus cartas y, mucho menos, ofreció ayuda para depurar sus argumentos o señalar errores en el texto. Entonces, concluye que su ensayo se lee con extrañeza porque una gramática histórica del mito poético nunca se había intentado hacer y para hacerla él tuvo que contestar “preguntas enigmáticas, aunque no fuera de toda conjetura”, para decirlo con palabras de sir Thomas Browne. “Si sois poetas —escribe Robert Graves—, os daréis cuenta de que la aceptación de mi tesis histórica os compromete a una confesión de deslealtad que estaréis poco dispuestos a hacer; elegisteis vuestras tareas porque prometían proporcionaros un ingreso seguro y tiempo para prestar a la diosa que adorais un valioso servicio de media jornada.”

En 1944 el escritor se encontraba apurado en la terminación de Hércules y yo, cuando una obsesión abrumadora —esclarecimiento no solicitado de un tema de poca importancia hasta entonces para él— lo interrumpió. Dejó de lado el viaje de los argonautas y comenzó a meditar acerca de la “Batalla de los Árboles”, misterioso acontecimiento de la Britania prehistórica. Tres semanas después concluyó El corzo en el soto, libro de setenta mil palabras sobre el tema.

En una posdata de La Diosa Blanca el autor escribe sobre el origen de la obra, aunque se ve precisado a exponer una serie de aclaraciones: no es ningún místico, elude participar en sesiones de hechicería, espiritismo y yoga, no pertenece a ninguna sociedad secreta, culto religioso ni secta filosófica. También dice no confiar en su intuición histórica, sino en lo que se puede comprobar con hechos.

“Mientras me ocupaba en mi libro sobre los argonautas descubrí que la Diosa Blanca de Pelión adquiría cada día más importancia para la narración”, señala Robert Graves, quien a continuación enumera una serie de anécdotas que llama coincidencias: la existencia de dos objetos de bronce en su cuarto, la figura de un jorobado y una caja donde sentaba a éste, que diez años después descubre relacionados con la Triple Diosa. “Cuando regresé a Mallorca poco tiempo después de la guerra —relata el escritor otra coincidencia—, volví a trabajar en El corzo en el soto, ahora llamado La Diosa Blanca, y escribí más particularmente acerca del rey sagrado como la víctima divina de la Diosa Luna, sosteniendo que todo poeta inspirado por la Musa debe, hasta cierto punto, morir por la cosa que adora. El viejo Georg Schwarz, un coleccionista judío alemán, me legó cinco o seis piezas más para [pesar] el oro de Acán, entre ellas una figurita parecida a una momia con un gran ojo. Los expertos en el arte de África occidental lo han identificado como el sacerdote okrafo del rey de Acán. Yo había sugerido en mi libro que en la sociedad mediterránea primitiva el rey era sacrificado al final de su mandato. Pero posteriormente (a juzgar por los mitos griegos y latinos) consiguió el poder ejecutivo como primer ministro de la reina y el privilegio de sacrificar a un sustituto. El mismo cambio gubernativo, según he averiguado luego, se realizó después que el matriarcal Acán llegó a la Costa de Oro. En Bono, Asante y otros estados cercanos, a la víctima sustituta del rey se la llamaba ‘sacerdote okrafo’. Kjersmeier, el famoso danés experto en arte africano, que ha manejado diez mil de esas pesas para el oro, me dice que nunca ha visto otra parecida a la mía. Descartad como una coincidencia, si así os parece, que la figurita del okrafo se hallase junto al heraldo de la caja para el oro mientras yo escribía para la diosa.”

Robert Graves todavía cita otra coincidencia, pero es más importante señalar que La Diosa Blanca se bifurca en el tema de la poesía y no se refiere estrictamente a las versiones de su autor acerca de las sociedades matriarcales; de hecho sí es una gramática histórica del mito poético.

La “Batalla de los Árboles” registra taquigráficamente lo que para el poeta inglés parecía ser un acontecimiento religioso de suma importancia en la Britania precristiana, entre otras cosas, la victoria del Dios Fresno y sus aliados sobre el Dios Aliso y los suyos. Sin embargo, es también una batalla “librada intelectualmente en las cabezas”. El punto de esta narración se encuentra en que Gwion —el protagonista, por llamarlo de alguna forma—, persona sin importancia alguna en el siglo XII, descubre misterios antiguos por accidente, se inicia en ellos y desprecia a los bardos profesionales de su época por ignorar los rudimentos de la ciencia poética tradicional.

El lenguaje poético de los mitos y los símbolos empleados en la Europa antigua, anota Robert Graves, no era algo difícil, aunque se fue complicando con el paso del tiempo debido a los cambios sociales, religiosos y lingüísticos, así como a la “tendencia de la historia a corromper la pureza del mito”. Asimismo, se complicaba intencionalmente el lenguaje para mantener el secreto y conservar esta pureza, de tal manera que un estudiante irlandés, aspirante a obtener el título de ollave, en sus tres primeros años de estudio debía dominar al menos ciento cincuenta alfabetos crípticos.

En ese sentido, el tema del libro que nos ocupa de momento parte de la suposición de que Gwion ocultó un secreto alfabético en su poema enigmático “Batalla de los Árboles”, el cual tiene que ver con la gramática histórica de la Diosa Blanca desde que era adorada en distintas partes del mundo, cuando fue destronada por sistemas sociales patriarcales y hasta que el cristianismo se impuso como religión entre los galeses.

Describe el poeta que en los primeros concilios eclesiásticos se consideraba herejía identificar a la Virgen María con la Triple Diosa, aunque los poetas herejes se interesaban más por los valores poéticos que por el “dogma prosaico”. Ciertamente debió fastidiarles la pretensión coercitiva de la que eran objeto en cuanto a la creación de sus poemas en función de convencionalismos religiosos.

Los árboles de la batalla son letras del alfabeto en las tradiciones poéticas —tanto galesa como irlandesa— y la mayoría de los que participan en ésta, en distintos tiempos y regiones, estuvieron consagrados a la Diosa Blanca en cualquiera de sus representaciones.

Este hecho es una parte de nuestra herencia cultural, conservada religiosamente, que Robert Graves como poeta encuentra en su dominio de la gramática, en la superficie de las explicaciones perdidas en los tiempos prehoméricos, para crear una entidad viviente: el poema.

Los profetas —escribe el poeta en la posdata de su libro— hablaron en nombre de una divinidad masculina y decían: “¡esto dice el Señor!” Por el contrario: “Una sencilla declaración amorosa: ‘¡nadie es más grande que la Diosa triple!’, han hecho implícita o explícitamente todos los verdaderos poetas de la Musa desde que comenzó la poesía.” Como el brindis que Robert Graves alguna vez hizo por Ava Gardner en Mallorca, o ese salto para seguir y alcanzar a su amante que se había lanzado al vacío, también en Mallorca.

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