Antonio Bello Quiroz
Un brillante ensayo de George Steiner, bajo el título de Nostalgia del Absoluto, nos permite reflexionar sobre la función o papel del padre en las sociedades contemporáneas.
Desde poco antes de los años sesenta se empezaba a hablar de la declinación del padre o caída del patriarcado, y con ello se planteaba, aunque de manera implícita, la interrogante sobre cómo se habría de organizar lo social si quien hace la función de garante, quien posibilita que la violencia o el goce se regulen, está en caída. Algunos fenómenos sociológicos se nombran para señalar esta caída o declinación paterna: “la feminización del mundo” o “el fin de las ideologías” e “incluso el fin de la historia” son formas de consignar esta puesta en cuestión del lugar y la función del padre. En otras palabras, lo que se juega en cada una de estas menciones o fenómenos es la función paterna o el lugar del padre en la organización de lo social. Como una ilustración más de la declinación del padre, también apreciamos la decadencia de los sistemas religiosos y políticos en las sociedades occidentales.
Pese a lo evidente de lo señalado, pocas disciplinas se interrogan sobre las consecuencias de la decadencia de la función del padre al interior de la familia y, más aún, lo que implica en la subjetividad para cada sujeto. El psicoanálisis no pudo sino interrogarse sobre esto último. Es el pan de todos los días en la escucha clínica.
El psicoanalista francés Jacques Lacan, en el Seminario 4, denominado La relación de objeto destaca que la obra completa de Freud se puede leer a través de la función del padre. Y durante varios momentos del seminario se plantea la misma pregunta: ¿Qué es ser un padre? Estamos advertidos de lo improcedente que resulta contestar demasiado rápido a una cuestión tan compleja como ésta. Freud mismo nos deja ver que, en su vida familiar, sus costumbres están conducidas por esta pregunta. La muerte del padre, de su propio padre, resulta ser un evento de suma importancia en su elaboración teórica; incluso no es una exageración decir que este evento es lo que va a catapultarlo como el padre del psicoanálisis.
El vínculo con el padre resulta relevante en extremo para cada sujeto; tanto lo es que nos mueve una demanda insistente de un jefe que se levante y hable fuerte y claro para ordenar lo que hay que hacer, según señala Daniel Gerber en su libro Deseo, historia y cultura. Es el anhelo que muchos, en momentos críticos, parece que demandan como expresión nostálgica: “cuando todo va mal sólo un verdadero amor nos puede salvar”. Esto mismo nos recuerda Constantino Kavafis en su poema “Esperando a los bárbaros”, cuyos primeros verso rezan: “¿Qué esperamos congregados en el foro? / Es a los bárbaros que hoy llegan.”
La historia política y social de Occidente, tanto en la antigüedad como en nuestros tiempos, no es sino la historia de una serie de intentos, las más de las veces violentos, de llenar el vacío central dejado por la erosión de quien hace la función paterna. Sin duda podemos ubicar los orígenes de esta decadencia paterna en la era moderna (porque, si se ve con detenimiento, este vacío siempre ha existido) asentada en la afirmación misma de Nietzsche sobre “la muerte de Dios”, y con ello lo que garantiza el orden; esto mismo recrea Freud en la elaboración de su mito del padre de la horda primitiva donde el padre tirano es asesinado por la unión de los hermanos, sin embargo, una vez asesinado y devorado, ya sin nadie que imponga la ley, el goce, el caos y la destrucción se hicieron presentes debiendo recurrir a instalar un tótem que de manera simbólica garantizara el orden mediante la amenaza de castigo introyectada.
Para convocar al jefe, para llamar a aquel que habrá de poner orden de manera incuestionable, ya decía que una forma que se usa con frecuencia es la violencia. Se trata de una llamada al Padre Ideal que aparece como una respuesta salvadora. Y no puede ser menos si el padre, tal como nos lo dibuja Freud, es un adulto seductor que introduce al infante en la sexualidad, primero y, después, en la fantasía.
La función del padre se vuelve el centro de la constitución del sujeto a partir del mito de Edipo, en el cual Freud introduce una sexualidad más allá de la genitalidad, haciendo del concepto de pulsión el eje que lo descentra de lo biológico. Para el psicoanálisis la estructuración de la sexualidad y de la subjetividad tiene su punto de anudamiento en el pasaje por el drama Edipo-castración, es decir, en el hecho de hacer valer la prohibición del incesto que demanda la renuncia del goce del objeto materno.
Ésta es justamente la función del padre: regular el goce que se juega en la relación simbiótica con la madre, esto es, ser agente que promueve la castración bajo el efecto de una amenaza de castración (que se expresa mediante la angustia) ante la percepción de la diferencia sexual. La castración en psicoanálisis nada tiene que ver con mutilaciones y sí con la imposición de una renuncia a la satisfacción con un objeto único y poder así acceder a los objetos hetero, es decir, distintos.
Así, el padre tiene la función, siempre fallida, de salvarnos de esa fragilidad en que el sujeto se encuentra expuesto al mortífero deseo materno; la realiza estableciendo una acción diferenciadora de una relación dual, especular, que nos antecede. Desde la teorización freudiana, el complejo de Edipo, como enseña Lacan, opera como un sueño. Un anhelo de que haya otro al que nada le falta y por tanto sea un padre absoluto, congruente, consistente. Esta búsqueda del Padre Ideal, esta nostalgia de un Absoluto, es algo que en todos los tiempos se ha expresado de muchas maneras. Para Lacan, por ejemplo, las luchas del 68 no eran sino la expresión de la demanda de un nuevo Amo. El neurótico, decía Freud, anda a la búsqueda de un nuevo amo (padre) que gobierne en él, quizá uno que le ponga orden a la culpa que produce el existir.








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