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La fuerza extraña

· junio 30, 2017

Antonio Bello Quiroz

 

Te dije adiós

y sentí de tu amor

otra vez la fuerza extraña

Interpreta Concha Buika

 

El carácter contingente del encuentro amoroso es una de las cuestiones que más inquieta y fascina de ese singular fenómeno llamado amor. Una fuerza extraña se hace presente y fascina, en el encuentro amoroso, una fuerza que inquieta, mueve, “hace sentir”. Una fuerza que se atribuye al caprichoso azar, a la suerte. Se trata en realidad de un accidente, sí, pero accidente amoroso, es decir, accidente donde se juega el deseo del sujeto. Polvo, más polvo enamorado, como quiere Quevedo.

No es posible programar el encuentro amoroso, no se elige desde la voluntad a quién se ama: ocurre, aunque, viéndole de cerca no es una simple ocurrencia, es un acontecimiento. Pese a ello, a la evidencia de que no se puede programar, en nuestro tiempo podemos ver una enorme cantidad de sitios en la red que se especializan en contactar encuentros entre personas, posiblemente con magníficos resultados, ya que de otra manera no podríamos explicar su proliferación.

El carácter contingente de la fuerza extraña que se juega en el encuentro amoroso es tan extraña, en el tiempo y el espacio, que hace pensar a los partícipes que se trata de una cuestión tramada por el destino. Sólo el destino tiene el poder de esa fuerza extraña. Como si el encuentro amoroso (Tyche) fuera obra del Fatum latino o las Moiras griegas, esas eternas e inflexibles hiladoras de la vida los hombres. El destino eventualmente utiliza a personas y cosas para cumplirse, se vale de cupidos, brebajes mágicos, hechizos.

En el encuentro amoroso se juega algo trascendente en cada uno de los parteneir. Ante el encuentro con el objeto amado, el yo se reconoce rebasado, algo del orden del no-saber se instala en el plano de la vivencia y se puede escuchar con frecuencia en frases como: “ante él/ella no sé qué me pasa?”, “desde que lo/a vi ya la vida no fue igual, no sé qué me pasó, me desconozco?”, etcétera. El yo declara que algo del encuentro le desconcierta y fascina, le resulta desconocido, enigmático, es oscuro y extraordinario, atractivo y peligroso, gozoso y doloroso. En todo caso, se reconoce una fuerza extraña. La extraordinaria interprete Concha Buika sabe de esa fuerza extraña y lo expresa en su cantar: “te vi llegar / y sentí la presencia de un ser desconocido; / te vi llegar / y sentí lo que nunca jamás había sentido”. En el encuentro (Tyche) una fuerza de orden superior se impone al sujeto. En lo real de la ocurrencia “accidental”, el destino se convoca.

Hay entonces inconsciente en el encuentro amoroso, en la elección del objeto de amor. La dimensión inconsciente se juega en la elección de objeto de amor, y además, cierta condición fetichista en la “atracción” amorosa. No amamos a la persona amada sino algo de ella, un rasgo. La fuerza extraña se centra y sostiene en un rasgo del objeto amado, (pulsión parcial) pero ¿cuál?, ése es el enigma.

De ella, de la persona amada, emana una fuerza extraña, fuerza de atracción que no puede sino contener y convocar su fuerza opuesta de rechazo, de defensa. La fuerza extraña es fuerza de atracción donde el goce atrae al deseo y amenaza con anularlo, la angustia es la señal. La angustia, dice Lacan, emerge cuando la falta falta, es señal de que el goce amenaza al deseo. Cada vez más, el varón vivencia angustia ante la demanda del Otro más radical, de la mujer. El neurótico, cuya marca es la pregunta, vive preguntándose: “¿podré con sus demandas?: Se interroga y se angustia”. El fetiche es una defensa contra la angustia, en la vida amorosa funciona, algo de objeto fetiche se juega en el encuentro amoroso. El objeto se hace único e insustituible.

Freud nos cuenta de un sujeto cuya condición de elección de objeto era que las mujeres de su elección tendrían que tener cierto brillo en la nariz, Glanz auf des nase. Esta condición se volvió ineludible, más allá de todas las demás cualidades ésta es condicionante y no deja de escribirse. Desde luego, esta condición de elección se encuentra estructurada en un goce de la infancia o del pasado. “Toda neurosis es una neurosis infantil”, dice Freud. El neurótico sufre de reminiscencias. La mitología griega nos habla de la Moiras, figuras del destino. Son tres: Atropos es la que determina lo inalterable del pasado. Mientras Cloto está hilando, Láquesis va midiendo y Atropos corta con sus tijeras que no tienen apelación.

Pero en el encuentro amoroso se juega aún algo más. El encuentro está siempre marcado por la diferencia, es siempre entre hombre y mujer, con independencia del sexo anatómico de los participantes. El encuentro amoroso es siempre con el otro sexo, con lo hetero-sexual. Lo contrario, cuando el encuentro implica la anulación de la diferencia, no hay encuentro, sino fusión que aniquila, pura repetición. El encuentro amoroso incluye entonces la condición heterónima del otro. Todo encuentro conlleva un desencuentro. Buika lo sabe decir: “Te dije adiós / y sentí de tu amor / otra vez la fuerza extraña”.

Los tiempos que vivimos, veamos bien, ofrecen dificultad para la conformación, el sostenimiento y la separación de la pareja. Los goznes están sueltos, algo no marcha en la relación entre los sexos, la brújula se estrelló y revela su impostura.

El psicoanálisis nos muestra que la pareja sólo opera como un ideal, no es lo que nos hace igual lo que nos lleva a sostener el vínculo con el otro, es la diferencia, se trata de darle un lugar a lo imposible. Es a partir de la diferencia entre amor y deseo que es posible que el amor sea el vehículo para que el goce condescienda al deseo. “Sólo el amor convierte en milagro el barro”, dice Silvio. Sólo el amor permite al goce condescender al deseo, dice Lacan. ¿La vía? La conocemos: la sublimación.

Una fuerza extraña, algo del orden de lo real opera en la pareja amorosa, algo indecible como ya hemos dicho. Esto indecible se juega en la expresión de Roland Barthes en su Fragmentos de un discurso amoroso: “Te amo y me abismo”. Es en el “Te amo” donde en acto se muestra lo indecible del amor. ¿Qué se dice cuando se dice te amo? Expresa lo que no puede decirse del amor. Con el te amo se declara el retorno a un momento inasible de la infancia, el retorno a un estado ideal del ser. Donde se vivenció un mítico estado de completitud.

Amar es poner el ideal en la pareja y amarle por ello. Amar implica reconocerse en falta. El otro, sin embargo, una y otra vez revela ser otro. Quizá por ello el amante repite sin cesar el te amo, como si quisiera decir: “también así, siendo otro, te amo”. Al amante anhela hacerse Uno con el amado.

 

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