Pablo Manuel Rojas Aguilar
Las ideas que emergen de nuestro pensamiento ocurren a manera de imágenes, las cuales vislumbramos simultáneamente en el tiempo.
Dunne, en su libro Un experimento con el tiempo, menciona que a cada ser humano, a través del sueño, le es dada una suerte de eternidad, “una modesta suerte de eternidad personal que poseemos cada noche”. Continúa el autor: “esta noche soñaremos, por ejemplo, que es miércoles; y soñaremos con el miércoles y con el día siguiente: con el jueves, quizá también con el viernes, quizá con el martes”. Todo esto el soñador lo verá con un solo vistazo, de igual modo que Dios, el cual, desde su eternidad, ve todo el proceso cósmico y, por lo tanto, la vida de cada uno de nosotros desde la cuna hasta la sepultura. No obstante, cuando despertamos sucede que, como estamos acostumbrados a la vida sucesiva, damos forma narrativa a nuestro sueño, pero “nuestro sueño (nuestra imagen) ha sido múltiple y ha sido simultáneo”, como menciona Borges en algún texto cuyo nombre no he podido recordar.
En este sentido, ¿cómo podríamos entregar al interlocutor una vivencia de totalidad si se debe recurrir a un lenguaje racional, lógico y de causa a efecto?, ¿cómo lo haríamos partícipe de ese acto de apreciación global que sólo se puede entregar mediante parcialidades lingüísticas, lineales en el espacio y en el tiempo?, ¿cómo podríamos codificar la imagen sensible de nuestra mente teniendo sólo como herramienta el lenguaje metafórico recreado en el espacio-tiempo de la página?, ¿cómo será posible apalabrar aquello que uno cree suyo en lo eterno, para así hacer menos lacerante la impotencia, acaso el odio, de ver escurrir del fatigado bolígrafo la belleza líquida?.









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