Antonio Bello Quiroz
El deseo ardiente en la oscuridad se transforma
en miedo a la oscuridad.
S. Freud
El miedo a la oscuridad acompañó al genial Dostoievski durante toda su vida. El temor al silencio, la soledad y la oscuridad acompaña la vida de muchas personas desde su más temprana infancia; constituyen una verdadera triada siniestra.
¿Qué son las fobias? Fobos (del griego Φóβoς, “miedo”, terror) en la mitología es la más grande de las dos lunas de Marte; la otra se llama Deimos. Fobos era uno de los hijos de Hares, dios de la guerra, quien pese a ser inmortal sentía un dolor atroz (se cuenta que sus gritos podían ser escuchados hasta en los más alejados confines). Fobos es el miedo mórbido, el pavor que en latín se dice Timor. El fóbico, en el sentido más literal, es el tímido, el que teme a algo.
La fobia ya había sido abordada por la psicopatología antes de que Freud nos revelara sus secretos. La fobia no es el miedo común, este subproducto de la modernidad (¿acaso no es el hombre moderno un animal miedoso, debido a su sentimiento de finitud y pequeñez?). No, en la fobia se trata de un temor, pero no a cualquier cosa, sino exclusivamente a “su objeto” de temor, con el que establece una relación de excitación y huida; en el fóbico el miedo se hace síntoma.
La fobia cuestiona de manera profunda al ser, le atañe en toda su relación con el mundo, le implica esencialmente en el cuerpo. Ante el objeto de su fobia el cuerpo reacciona de manera dramática, paroxística. Ante el objeto de su fobia se encuentra ante un espectáculo insoportable, queda paralizado, atrapado en la mirada del horror. Se forma así una triada importante a nivel inconsciente Mirada-Cuerpo-Fobia. Éste es el camino en que nos introduce Freud, el de una escritura inconsciente de la fobia, mucho más allá del catálogo de fobias que nos regala la psicopatología.
La cosecha de fobias entró a la ciencia (psicopatología) gracias a los trabajos del psicólogo William James en 1870 y sus trabajos intencionados a erradicar el miedo al agua o hidrofobia, que se conocía desde 1314. El cortejo de las fobias en la modernidad se abre con la aparición de la luz a principios del siglo XX; se trata de la “fobia a la luz” o “fotofobia”. De ahí la lista es larga y muchos los personajes de la psiquiatría que le acompañan: la agorafobia o miedo a los espacios abiertos (Wesphal), o la claustrofobia de Ball, o la temible “dismorfofobia” o temor a la deformidad del cuerpo de Kraepelin. Y de ahí en más, parece que la predicción de James de que los miedos con el avance de la ciencia se erradicarían se desmiente: no ceden, y muy por el contrario se incrementan y diversifican: miedo a salir, a volar, a los espacios cerrados o abiertos, a los lugares con gente, a la oscuridad, a la luz, miedo a viajar, a los ascensores y un largo etcétera.
Detrás de cada una de las fobias se encuentra la angustia y sus múltiples máscaras. De hecho en alemán angustia y fobia se dicen con la misma palabra: Angst. Desde muy temprano, en sus teorizaciones Freud establece una liga entre el miedo y la angustia. En un texto de 1926, llamado “Inhibición, síntoma y angustia” escribe: “Angst tiene una relación indiscutible con la espera: es miedo (Angst) de algo. Un carácter de indeterminación y de ausencia de objeto le es inherente, incluso el uso correcto cambia su nombre cuando encontró un objeto y la reemplaza por Furcht (miedo).”
Max Graf, musicólogo y profesor del conservatorio de Viena, es el paciente que en la historia del psicoanálisis le habla a Freud de su hijo Herbert de cinco años, quien se conocerá como pequeño Hans, a quien Freud dedica sus trabajos en torno a la fobia. Se trata de una fobia al caballo que estalla en 1908 y se resuelve en abril del mismo año con una intervención de Freud. Es un paso fundamental en el tratamiento de las fobias, ya que irá más allá de los mecanismos de la fobia, a los significantes de la fobia, es decir, a explorar la vertiente inconsciente o subjetiva de la fobia. El genio de Freud se juega al darle un lugar a la “tontería” como el pequeño e inteligente niño llamaba a su fobia al caballo. Freud sabe que la neurosis nunca dice nada tonto y, dándole lugar a esa “tontería”, el pequeño Hans se vuelve el historiador de su propia tontería.
La novedad en el acceso de la fobia (con respecto a la psicopatología, que la intenta clasificar seriamente en el block de los síndromes conocido como DSM) se ubica en la introducción de la dimensión simbólica que le permite historizar el miedo, hacerlo significante en la vida del pequeño sujeto.
Con esta intervención freudiana se abre el camino para dar con la causa inconsciente de la fobia.
Desde lo planteado, podemos abordar esas dos fobias que con cierta frecuencia acompañan a la infancia: la oscuridad y la soledad, que junto con el silencio forman eso que ha sido llamado como trilogía Unheimlich (siniestro). Escribe Freud: “De la soledad, del silencio y de la oscuridad no podemos otra cosa salvo que, en la mayoría de la gente, éstos son verdaderamente los factores a los que está ligada una angustia infantil que nunca se apaga del todo.” De este fuego, caldo de cultivo donde se cocina lo infantil, siempre quedan cenizas en disposición de encenderse en cualquier momento.
La soledad nos confronta con el hecho de quedar fuera de la relación con otra gente, quedando así reducido a “sí mismo”, a la propia e imaginaria “unidad” y sus tentaciones (el onanismo, entre otras). Únicamente nos tenemos a nosotros mismos como otro. Es este encuentro del sujeto consigo mismo lo que hace crisis y lo coloca en el camino del desamparo, condición favorable para el nacimiento del sentimiento fóbico.
Si prestamos atención al sentimiento de extraña soledad que se apodera del sujeto con desamparo espacial (el agorafóbico se siente solo en medio de la multitud), una pregunta taladra silenciosa: ¿Qué es él? En medio de tanta nada. En el momento de la crisis el sujeto se encuentra ahogado en la multitud y a la vez completamente solo, por lo que se ve llevado a buscar un urgente caparazón que lo libre de la soledad en medio de la multitud. Ante este enloquecimiento súbito, requiere de un espacio donde volver a encontrarse consigo mismo, donde reestablecer su alteridad en medio de tanta luz, de tanta ausencia de oscuridad.
Ésa es la experiencia del que vive solo, que termina por compartir la intimidad con su propio doble, hasta que esta relación se vuelve intimidante. La fobia, así, es una defensa. Freud escribe: “originariamente, la angustia de los niños no es otra cosa que la expresión de que les falta una persona amada”.








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