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Ensayo 0

La flor azul de Rubén Darío

· octubre 13, 2017

(Notas para una lectura)

Roberto Martínez Garcilazo

 

Rubén Darío nació el 8 de enero de 1867 (hace 150 años) en Nicaragua y murió el 6 de febrero de 1916 (hace 101 años). Ahora vivimos el sesquicentenario de su natalicio.

Azul fue publicado por primera vez en Valparaíso, Chile, por la Imprenta Litografía Excélsior en el año 1888 (esto es: hace 129 años).

Los Raros fue dado a la luz por vez prima en Buenos Aires por los Talleres de La Vasconia en el año 1896. Según palabras del poeta, la versión completa ya existía en 1893, esto es, cinco años después de Azul. La segunda edición, aumentada, apareció en Madrid, con el membrete de Maucci, 1905. En la versión digitalizada por la Unesco del libro que custodia la Universidad de Carolina del Norte, mismo que fue publicado en 1920 en Madrid y trabajado en la Imprenta de Juan Pueyo, podemos leer en la última parte del prólogo que Rubén Darío enlista sus cuatro virtudes cardinales de lector: Pasión de arte, Reconocimiento de las jerarquías intelectuales, Desdén de lo vulgar y Religión de belleza.

Se dice: Pedro Henríquez Ureña escribió que de cualquier poema escrito en español puede afirmarse si se escribió antes o después de Rubén Darío (a. de R.D. / d. de R.D.). Y también corre la especie de que Jorge Luis Borges, cuando el centenario del nacimiento de Darío, expresó que el poeta renovó los temas, el vocabulario y la métrica de la poesía que se escribía en español y que —de manera extraordinaria— confirió un encanto singular a ciertas palabras.

Lo escribió Víctor Hugo: El arte es azul. Pero antes Novalis creó el símbolo de la Rosa Azul como significante del impulso metafísico hacia lo infinito, lo inconmensurable, lo sublime. En Heinrich von Oftendingen ocurre el sueño de la caverna:

“Lo que anhelo es ver la Flor Azul […]. Su imagen no me abandona; no puedo pensar ni hablar de otra cosa. Jamás me había ocurrido algo semejante: es como si antes hubiera estado soñando, o como si, en sueños, hubiera sido trasladado a otro mundo. Porque en el mundo en que antes vivía, ¿quién hubiera pensado en preocuparse por flores? Antes jamás oí hablar de una pasión tan extraña por una flor. […] lo que le atraía con una fuerza irresistible era una flor alta y de un azul luminoso, que estaba primero junto a la fuente y que le tocaba con sus hojas anchas y brillantes. […] El muchacho no veía otra cosa que la Flor Azul, y la estuvo contemplando largo rato con indefinible ternura. Por fin, cuando quiso acercarse a ella, ésta empezó de pronto a moverse y a transmudarse: las hojas brillaban más y más, y se doblaban, pegándose al tallo, que iba creciendo; la flor se inclinó hacia él, y sobre la abertura de la corola, que formaba como un collar azul, apareció, corno suspendido en el aire, un delicado rostro. […]”

El Modernismo es la cumbre del español americano. Es un español cosmopolita, es un crisol en el que se funden las tradiciones clásica y católica. En Azul existe también la crítica moral de su tiempo. Ejemplo de esto es la narración “El velo de la reina Mab”. Copio un fragmento:

“[…] Todos bebemos del agua clara de la fuente de Jonia. Pero el ideal flota en el azul; y para que los espíritus gocen de su luz suprema, es preciso que asciendan. Yo tengo el verso que es de miel y el que es de oro, y el que es de hierro candente. Yo soy el ánfora del celeste perfume: tengo el amor. Paloma, estrella, nido, lirio, vosotros conocéis mi morada. Para los vuelos inconmensurables tengo alas de águila que parten a golpes mágicos el huracán. Y para hallar consonantes, los busco en dos bocas que se juntan; y estalla el beso, y escribo la estrofa, y entonces si veis mi alma, conoceréis a mi Musa. Amo las epopeyas, porque de ellas brota el soplo heroico que agita las banderas que ondean sobre las lanzas y los penachos que tiemblan sobre los cascos; los cantos líricos, porque hablan de las diosas y de los amores; y las églogas, porque son olorosas a verbena y a tomillo, y al sano aliento del buey coronado de rosas. Yo escribiría algo inmortal; pero me abruma un porvenir de miseria y de hambre… Entonces la reina Mab, del fondo de su carro hecho de una sola perla, tomó un velo azul, casi impalpable, como formado de suspiros, o de miradas de ángeles rubios y pensativos. Y aquel velo era el velo de los sueños, de los dulces sueños que hacen ver la vida de color de rosa. Y con él envolvió a los cuatro hombres flacos, barbudos e impertinentes. Los cuales cesaron de estar tristes porque penetró en su pecho la esperanza, y en su cabeza el sol alegre, con el diablillo de la vanidad, que consuela en sus profundas decepciones a los pobres artistas. Y desde entonces, en las buhardillas de los brillantes infelices, donde flota el sueño azul, se piensa en el porvenir como en la aurora, y se oyen risas que quitan la tristeza, y se bailan extrañas farándulas alrededor de un blanco Apolo, de un lindo paisaje, de un violín viejo, de un amarillento manuscrito.”

Y en “El pájaro azul” nos espera esta descripción:

“París es teatro divertido y terrible. Entre los concurrentes al Café Plombier, buenos y decididos muchachos —pintores, escultores, poetas— sí, ¡todos buscando el viejo laurel verde! ninguno más querido que aquel pobre Garcín, triste casi siempre, buen bebedor de ajenjo, soñador que nunca se emborrachaba, y, como bohemio intachable, bravo improvisador. En el cuartucho destartalado de nuestras alegres reuniones, guardaba el yeso de las paredes, entre los esbozos y rasgos de futuros Clays, versos, estrofas enteras escritas en la letra echada y gruesa de nuestro amado pájaro azul. […] El pájaro azul era el pobre Garcín. ¿No sabéis por qué se llamada así? Nosotros le bautizamos con ese nombre. Ello no fue un simple capricho. Aquel excelente muchacho tenía el vino triste. Cuando le preguntábamos por qué cuando todos reíamos como insensatos o como chicuelos, él arrugaba el ceño y miraba fijamente el cielo raso, nos respondía sonriendo con cierta amargura: —Camaradas: habéis de saber que tengo un pájaro azul en el cerebro. […]

Sí, dentro de la jaula de mi cerebro está preso un pájaro azul que quiere su libertad. […]

Cuando el pájaro canta, se hacen versos alegres y rosados. Cuando el pájaro quiere volar abre las alas y se da contra las paredes del cráneo, se alzan los ojos al cielo, se arruga la frente y se bebe ajenjo con poca agua, fumando además, por remate, un cigarrillo de papel. […]

Hele ahí, viene con traje nuevo, a nuestro amado Café Plombier, pálido, con una sonrisa triste. —¡Amigos míos, un abrazo! Abrazadme todos, así, fuerte; decidme adiós con todo el corazón, con toda el alma… El pájaro azul vuela. Y el pobre Garcín lloró, nos estrechó, nos apretó las manos con todas sus fuerzas y se fue. Todos dijimos: Garcín, el hijo pródigo, busca a su padre, el viejo normando. Musas, adiós; adiós, gracias. ¡Nuestro poeta se decide a medir trapos! ¡Eh! ¡Una copa por Garcín! Pálidos, asustados, entristecidos, al día siguiente, todos los parroquianos del Café Plombier que metíamos tanta bulla en aquel cuartucho destartalado, nos hallábamos en la habitación de Garcín. Él estaba en su lecho, sobre las sábanas ensangrentadas, con el cráneo roto de un balazo. Sobre la almohada había fragmentos de masa cerebral. ¡Qué horrible! Cuando, repuestos de la primera impresión, pudimos llorar ante el cadáver de nuestro amigo, encontramos que tenía consigo el famoso poema. En la última página había escritas estas palabras: Hoy, en plena primavera, dejó abierta la puerta de la jaula al pobre pájaro azul. […]

La convivencia —mezcla: unión, pero no combinación— de lo bello y lo siniestro perturba al lector, lo violenta: es una convulsión estética.”

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