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Narrativa 0

La flor azul

· septiembre 15, 2016

 

Pablo Manuel Rojas Aguilar

 

A través de un escueto mensaje en el celular, recibí la noticia de que mi madre había muerto:

“Un infarto fulminante la ha matado. Esperamos instrucciones y su inmediata presencia; de no ser así, el cadáver será donado”. Dr. Munir.

¿Muerta?… ¿Será posible tal cosa?… Si hace seis días… apenas hace seis días, le prometí que pronto estaría de regreso con sus flores azules…

A la incapacidad de mi cerebro de procesar la fatídica información, se aunó la pesadumbre de comprender que yo era lo único que ella tenía en el mundo, y que me hallaba a más de setecientos kilómetros de su ubicación.

Bajo la trágica noche, apenas iluminada por precarias estrellas, respondí el mensaje con pesadumbre, mientras me reprochaba a mí mismo por no haber sostenido su mano antes de su ineludible muerte…

“Imposible enviar texto”.

Evidentemente alterado, traté de comunicarme de viva voz con el doctor Munir; no obstante, la señal estaba muerta. De pronto, me percaté de un hecho terrorífico que me hizo helar hasta las uñas: el mensaje se había emitido hace tres días… Sequé la fría humedad de mi frente, respiré de manera profunda para obtener tranquilidad y aclarar mis ideas, pero no logré conseguirlo: lo único que alcancé a sentir en ese momento fue la inexplicable y punzante certeza de saberme solo, en verdad solo, tras la muerte de mi única familia…

Después de unos minutos de letargo, acaso ya con resignación, subí al automóvil y me dirigí a casa.

Con las manos sobre el volante y el pie derecho punzando el acelerador, me preguntaba: ¿Qué habrá pasado con su cadáver? ¿Lo habrán donado a algún centro de investigación? ¿O acaso fueron capaces de trasladarlo a aquellas espeluznantes granjas donde se siembra a los muertos? ¿Se habrán atrevido a dejarla tendida sobre un agrícola terreno para que algún forense pervertido observe de qué manera su cuerpo se deteriora bajo determinados factores?

El camino era oscuro; las luces de los vehículos que encontraba de frente mermaban mis delicados ojos y temía quedarme dormido. Kilómetro tras kilómetro fui recorriendo la casi infinita carretera mientras recordaba a mi madre, tal vez para honrarla en mi memoria, tal vez para evitar que muriera realmente; y yo evoqué las imágenes que describía con sus palabras cuando era niño y la canción de cuna que entonaba para mí cada noche:

“Casita, casita, da la espalda al bosque y voltea hacia mí, voltea, voltea, para que pueda dormir”…

Pero fue inevitable recordar otras cosas: actos obscenos que deberían morir con ella.

 

Si bien los inviernos ya habían hecho estragos en ella, no parecían deteriorarla. Y es que sus piernas, aunque escasas de carne, aún le brindaban una ágil movilidad. Sus ojos oscuros, invadidos ya por carnosidades, le permitían tejer; y ella tejía y tejía compulsivamente, así como se tejen los sueños y las ilusiones, y luego deshacía su trabajo en las penumbras, como Penélope mientras aguardaba el regreso de Ulises… Quizá ella esperaba la vuelta de mi padre, si es que alguna vez existió y se fue; eso no podré saberlo nunca… Todo esto venía a mi cabeza mientras conducía rumbo a casa después de guardar las flores que ella me encargó con ahínco (el motivo de mi extenso viaje), las nemophilas, que ahora vendrán a coronar su féretro, si es que puedo recuperar el cadáver, adornándolo con hermosos ojos azules.

 

Ignoro qué ocurrirá cuando llegue a casa. ¿En verdad habrá sido arrancada de este mundo para siempre?, me pregunto, y pienso en la validez de mi duda porque su anterior médico, el poco bendecido doctor Sedano, quien, como el doctor Munir, poseía unos esplendorosos ojos azules, ya la había declarado muerta hace un par de años. El falso deceso ocurrió como consecuencia de haberla sometido a una fatídica serie de preguntas y de haberle prohibido beber su reconfortante té de flores azules durante cinco días, argumentando que era nocivo para sus riñones. Sin embargo, cuarenta y siete minutos después, su cuerpo recuperó flexibilidad y sus ojos respondieron a estímulos visuales. Cuando volvió en sí, echó al doctor, y desde entonces ya no nos acompaña más.

Después de casi siete horas de camino, me detuve un momento para descansar los ojos y para beber un café. Tomé el teléfono móvil y, por fin, puede enviar el mensaje, el cual, casi de manera inmediata, fue respondido:

“Su madre era muy vieja, por lo tanto, no fue requerida para ser estudiada. Fue enterrada ayer al mediodía. Los gastos funerarios fueron absorbidos por la aseguradora.” Dr. Munir.

 

… Un silencio breve pero efusivo se orquestó entre las penumbras, acaso como un gesto de luto. No obstante, yo me sentí aliviado, paradójicamente feliz, como si el fastidioso peso de mi madre hubiese aligerando mis hombros y sobre todo mi conciencia.

Tal vez en el fondo, yo la despreciaba. Era (aunque no todas las veces) una mujer perversa: si percibía una virtud en cualquier persona que entrara a casa, la invitaba a sentarse en su mecedora, luego le ofrecía vino y queso. Después, se trasladaba al dormitorio (siempre entonando su vieja canción de cuna) a buscar sus agujas de coser. De manera repentina, liberaba a sus feroces perros para que atacaran al bendecido invitado, y así hacerlo huir (si le era posible), al tiempo que tejía y se carcajeaba mostrando sus pocos y afilados dientes… Yo trataba de impedirlo en cada ocasión, pero ella me amenazaba con infernales ojos, con sus espantosos ojos invadidos por cataratas.

A pesar de todo, tenía la obligación de entregarle su ansiado ramo de flores, si no ya para sus manos, al menos para adornar su solitaria tumba.

 

Fui directo al consultorio para recibir noticias suyas. Dada la ausencia del doctor, la asistente me brindó los detalles:

—No hubo funeral; sólo fue entregada a la tierra, así nada más, sin rezos ni nadie que le llorara.

Después me indicó cómo encontrar el lote donde yacía.

Bastante cansado por el viaje, tomé una siesta en el auto, afuera del cementerio, la cual se demoró más de lo esperado. Desperté, sin proponérmelo, un poco antes del anochecer, creyendo que todo había sido un sueño. Tomé las flores, con prisa, ya para adornar la tétrica tumba, y me dirigí al lugar indicado. En compañía de la incipiente luna, pude hallar su nombre tallado en una sencilla lápida de granito, aunque abreviado de manera poco convencional:

“Aquí yacen los restos de quien en vida recibiera el nombre de Blanca Ya. Ga. Kuznetsova”.

 

Bajé la cabeza un instante en señal de respeto, mientras el viento se revolvía y helaba mis manos. Me acerqué un instante para colocar el ramo en el nicho lúgubre y, de manera inesperada, mi pie derecho se hundió en la floja y húmeda tumba… Cuando quise reaccionar, sentí la cruda tierra bañando todo mi cuerpo, sin detenerse… A pesar de mis intentos, yo seguí hundiéndome, ineludible, como si estuviera entre las aguas. Con manotazos traté de agarrarme de las paredes para así impedir mi prematuro entierro, pero me fue imposible: ya había sido devorado, inexorable, por la asfixiante fosa… Como único recurso, grité y grité, y de tanto hacerlo terminé succionando el tétrico polvo sepulcral hasta sentirlo entre mis dientes, hasta lamerlo con sus retorcidos gusanos y asquerosas uñas humanas… Pensé que iba a ahogarme, o acaso a morir de repugnancia pues el sabor a putrefacción había invadido por completo mis papilas gustativas… Y todo ocurrió en tan sólo un instante…

Cuando por fin se detuvo el descenso, sentí una base sólida bajo mi humanidad. Aparté con gran apuro el abominable barro de mi cabeza y logré encender la luz de mi teléfono móvil sólo para acrecentar mi tormento puesto que, con ineludible pavor, me vi en el féretro de mi madre, ¡abierto y vacío!… Mientras la pestilencia y la pesadez revolvían mi estómago, traté de ascender la maldita fosa, trastabillando, apartando la tierra, hasta que por fin pude escapar de la cripta. Salté a suelo firme, iluminando a mis alrededores con auténtico horror para disipar las sombras, hasta salir huyendo del lugar…

 

¿Qué clase de demonio era mi madre? ¡Cómo diablos pudo salir de su féretro! ¿Cuántas veces más será declarada muerta para morir en verdad?

 

Volví a casa, cargado de nervios, aún tiritando de frío e intimidado; pero el verdadero terror aún estaba por comenzar debido a que, cuando eché un vistazo a la barda que rodea el jardín, noté la presencia de un par de cráneos, ¿humanos?, con una luz encendida por dentro. Por lo tanto, una idea remota de lo que iba a encontrar cruzó por mi blanda mente al tiempo que percibía un fétido olor, como de algo echado a perder. Crucé el umbral y vi el sillón de mi madre meciéndose de manera acompasada, hacia delante y luego hacia atrás de manera sucesiva, emitiendo un agudo chirrido que terminó por alterar mis nervios… Los blancos cabellos, revueltos con tierra lúgubre, sobresalían del respaldo; y yo escuché sus agujas tejiendo con gran ligereza… Cada vez más acobardado, traté de escapar con veloces zancadas de ahí; sin embargo, su arrugada voz terminó por helarme la sangre…

—¿Creerás que con un solo tipo de punto he tejido estos tallos? ¡Mira los cinco pétalos en forma de campana y los estambres con su compartimento y las hojas alternas y lobuladas!… ¡Ah, y ya tengo cuatro ojos azules de bebé! Bueno, no de bebé, pero por fin tendré mi hermosa nemophila… aunque aún necesito algo más…

 

Dicho esto, emitió una espeluznante risa que turbó el silencio de la noche y fulminó el poco coraje que me quedaba. Con gran viveza, se levantó de su mecedora y de un feroz salto se posó frente a mí, aún escurriéndole tierra de sus mortuorias ropas. Estiró su brazo y acarició mi pálido rostro con su descarnada mano sin uñas… Casi congelado, alcancé a preguntar:

—¿Qué es lo que quieres de mí?

—Las promesas deben cumplirse, hijito. Pero no te preocupes, no voy a matarte; sólo te arrancaré un ojo; sólo necesito uno más para tener cinco, uno para cada pétalo de mi flor…

 

Sin atreverme a mirarla, giré la cabeza hacia el lado derecho de la habitación y vi los degollados cadáveres de Munir y Sedano, batidos en sangre, revueltos con los de las caninas mascotas de mi madre…

Un incesante temor a morir paralizó mi ánimo, al tiempo que la revelación se gestaba en mi rudimentario cerebro. Entonces, pensé: ¿Qué relevancia tendría si mi madre me asesinara? Es decir, ella tejió el hilo de mi vida, por lo tanto, también tenía el derecho a cortarlo cuando lo requiriera, y también el derecho divino de tomar lo que le placiera de mí… Además, ¿qué somos las personas sino sólo un tejido orgánico condenado a perecer en la nada? Así que mi madre, mi adorada madre, quería que una parte de mí transgrediera los años, los siglos, inmortalizándome en una obra incólume para no dejarme morir, para evitar que yo muriera como las demás personas cuyos nombres serán perdidos en el tiempo como si nunca hubieran existido…

Una sonrisa se dibujó en mis labios mientras sus agujas se acercaban, sin detenerse, a mi globo ocular; y yo le pedí por favor, fervientemente, que me hiciera parte de su ramo, de su infinito ramo de ojos azules.

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