Olivia Guarneros
Hace un par de días, al mirar algunas publicaciones en Facebook, leí una frase de la escritora Ethel Krauze que da nombre a un taller de escritura creativa que imparte cada año: “Mujer, escribir puede cambiar tu vida”. Aunque parezca un simple eslogan, la frase encierra una verdad indiscutible para mí: la escritura puede marcar en nuestras vidas un cambio de rumbo. Tanto la experiencia propia como mi labor docente me han permitido ser testigo de esto.
Hace ya más de cinco años ingresé al Servicio Profesional Docente y, a diferencia de mis trabajos anteriores en el rubro de la educación –los cuales se circunscribían a escuelas privadas–, la incursión en el ámbito público me ha dado la oportunidad de poner en acción algunas prácticas educativas que no se me permitían en otros momentos y espacios distintos. Me refiero precisamente a la intención de trabajar con los alumnos a partir de la escritura creativa.
No puedo decir que al inicio fue fácil. Como en muchas escuelas púbicas, debido principalmente al contexto adverso y de marginación donde se ubica mi plantel, los alumnos presentan muchas carencias en su formación académica y, por tanto, en sus competencias de lectura y escritura. Muchos de ellos han hecho pocas o nulas lecturas literarias en su vida, podría decir que sus procesos lectores se circunscriben a los libros de texto usados hasta la secundaria.
Lo anterior representó un problema en un principio y después, cuando me animé a mirarlo desde otra perspectiva, se convirtió en una oportunidad. Podría trabajar con ellos con una diversidad de cuentos, poemas, leyendas y mitos, que en muchas ocasiones desconocían pero que les habrían mundos posibles, fantásticos y diversos. Y fue aquí donde se ha gestado el milagro: los alumnos, sobre todo las chicas, comenzaron a producir sus propios textos, a encontrar en la escritura una vía de expresión legítima y suya.
A la par de la escritura creativa encontré, junto con el manejo socioemocional, la clave para el nacimiento de textos creativos. Cito el caso de Bere, una de mis alumnas de segundo año quien se encontraba, desde tiempo atrás, con un dolor profundo por el abandono de uno de sus padres. Cuando formé mis cuadros de escritura, ella se animó a participar y se inscribió en el grupo de poesía. A diferencia de la práctica realizada años atrás, ahora el manejo de emociones fue el punto central para encontrar el camino hacia la escritura. Lo explico: a partir de la lectura de diversos autores y de la exploración de textos como medio para decir lo que nos duele, incomoda o apasiona, encontramos la vía para expresar aquella emoción que durante muchos años se había mantenido latente y dolía mucho.
A través de algunas semanas de ejercicios diversos, Bere pudo encontrar lo que quería decir y la manera en que deseaba expresarlo: encontró su voz. Puedo añadir que su texto participó en el concurso estatal de poesía y obtuvo el tercer lugar en esa categoría, pero esto no fue lo más valioso. El mérito principal lo descubrí durante una plática en la que intercambiábamos ideas sobre lo que para ella ahora significaba la poesía. Me confesó que cada vez que evocaba la ausencia de su madre, lloraba sin cesar y le dolía mucho: “Ahora, duele menos, ya puedo hablarlo sin llorar y trato de entender la decisión que tomó”. Sí, la poesía puede cambiar nuestras vidas, puede salvarnos, porque por medio de la escritura podemos hacer frente al dolor, a la angustia, al miedo o a la tristeza, a toda esa gama de emociones que nos hacen ser precisamente seres humanos, que nos permiten explorar la fragilidad de nuestra humanidad y que nos ayudan a entender lo sentimos, el cómo y el porqué.
Con Bere, las letras de Alejandra Pizarnik, y los Peces de piel fugaz de Coral Bracho sembraron la semilla del milagro. Sí, la admiración, la contemplación estupefacta de cómo una niña, a partir de las letras y su poder, afronta el dolor, lo nombra y lo transforma en una oportunidad de cambio y crecimiento. ¿Qué si las letras nos cambian? ¡Vaya que sí!









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