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“La esclava de Juana Inés”, ¿falsa novela histórica? 

· mayo 22, 2020

escamilla

Jorge Escamilla Udave

En México es una práctica recurrente adoptar fórmulas trilladas al escribir novela histórica, so pretexto de supuestas licencias literarias de la creación; esto riñe y contraviene las reglas que rigen este género, al incurrir en imperdonables imprecisiones en la trama. Nunca falta quien arriesgue sus resultados, acostumbrados a la mezcla de ciertos ingredientes, recurriendo a tomar como eje de las situaciones la vida de un personaje relevante, principalmente de la política o de las letras de una época en especial, un vicio que en tiempos recientes adquiere tintes de moda, adoptando el calificativo de nueva novela histórica que se blinda frente a toda crítica. 

La asumida libertad consiste en lograr explotar al máximo los méritos del personaje reconocido y, por esa razón, escogido. De esa forma se piensa ganado un trecho en el interés de la lectura, al que por regla se adiciona la vida de un personaje imaginario, y se entretejen situaciones anodinas, disculpadas por la figura de relevancia que parece otorgarles certidumbre a las situaciones. 

Finalmente, se enmarca en hechos registrados en los anales de la historia nacional y ya se tiene el producto listo, para mostrar y conquistar no precisamente el gusto del lector informado, más bien al espíritu débil, fácil presa de la curiosidad y a quien se le deleita tocando lugares comunes y extrañas aventuras literarias presentadas como supuesta novela histórica. 

Integrados todos estos ingredientes, se le inscribe en un certamen literario en el que los jurados sean parte de una camarilla conformada por antiguos profesores y hoy cercanos amigos; y no dudamos que casi se tenga asegurado en la bolsa la mitad del premio. En mi reparo, creo entender que la novela de corte histórico es un espacio de creación y respeto por las categorías históricas y a prueba de modas; en pocas palabras: ceñida a estrictos cánones literarios.

La muestra que lo demuestra

Lo anterior parece presidir la reciente novela del escritor Ignacio Casas, La esclava de Juana Inés, premio de novela histórica de Grijalbo y Claustro de Sor Juana, 2019. Ingeniosa narración con la que el autor manifiesta innegables virtudes narrativas, pero con insuficiente crédito en el manejo de las características literarias de la categoría en que se le premia; a fe mía que es de importancia capital que una crónica tenga por fuer ser reflejo mismo de los cánones que rigen, como mencioné, la novela histórica.

Reconozco las numerosas dificultades que enfrenta todo escritor que pretende abordar específicos periodos de la historia nacional, basado principalmente en los escasos datos ofrecidos por historiadores. El escritor que aprecia su seriedad invariablemente se apoya en dichos datos, y sorprende cuando evita volverlos lugar común y no termina repitiéndolos hasta convertirlos en una especie de leyenda. Sin embargo, proliferan los productos de la incapacidad indagatoria, sobre todo aquellos que aprovechan el cliché creado alrededor de ciertas épocas, garantizando que el lector será tentado, para terminar por ser atrapado en las redes de la curiosidad, el prejuicio y el morbo; esos lectores que buscan en las páginas de novelas históricas la oportunidad de encontrar extrañas revelaciones sobre secretos desconocidos del personaje ilustre, que casi siempre son los que arropan el título de la novela. 

Referentes clásicos

Para los que somos amorosos de la crónica histórica, nos resulta imposible desprendernos de referentes vueltos clásicos, puesto que con ello se norma nuestro gusto, pero sobre todo un criterio a la hora de establecer juicios a una novela que se presenta como merecedora de tal adjetivo. Mi experiencia en la lectura de novelas históricas, me remite a la entrañable propuesta de la escritora inglesa Mary Renault con su celebérrimo libro El muchacho persa, reconstrucción de los últimos días de vida del poderoso Alejandro Magno, a través de los ojos de su esclavo (Bagoas) en un tiempo en que se esclavizaba a los vástagos varones de los dirigentes aristócratas de los pueblos conquistados, para someterlos a cumplir el papel de efebos. 

La referencia literaria viene al caso en relación directa con la novela de Ignacio Casas (La esclava de Juana Inés, México, Grijalbo / Claustro de Sor Juana, 2019), quien se inclina a narrar los acontecimientos de la trama de su novela con pretensiones históricas, a través de la mirada de una “simple” (¿singular?) esclava negra de origen cambujo, quien sorprende por sus constantes digresiones para hablar de leyendas, lugares de la geografía nacional y hasta de información que sólo personas ilustradas manejaban para el siglo XVII. Éste es el presupuesto con el que se estructura la existencia de Yara (nombre de la protagonista en cuestión), luego de un largo y dramático periplo, al ser desterrada por la intriga y a la fuerza de su tierra natal: el idealizado pueblo de Yanga, en el actual estado de Veracruz, donde presumiblemente transcurre su infancia como negra libre, cuyo destino es enfrentar de nuevo la esclavitud (??), ¡así por que sí!, y vendida en la Ciudad de México a la madre de Juana Inés, quien a su vez la entrega para que le sirva en su reclusión conventual.

Esto lo llegamos a conocer por el relato mismo de Yara, quien al lado de la afamada Juana Inés, aprende y desarrolla el gusto por leer y escribir, aspecto que nos sorprende, partiendo de los relatos de época que señalan lo excepcional que resultaba adquirir el estatus de monja a los miembros de las castas; contamos con un solo ejemplo, en el caso de la investigación histórica en México, de la pluma de Valerie Benoist, quien parece sentenciar que “una golondrina no hace verano”, cuando alude a Sor Esperanza, la negra de Puebla, caso único que se logra conocer a raíz de que el sacerdote, biógrafo espiritual y hagiográfico, quien para dar a conocer sus virtudes, le fue necesario pasarla por el tamiz del “blanqueamiento”. 

Por ello nos sorprende que Ignacio Casas se haya inclinado por una mujer negra cambuja otorgándole el estatus de monja, puesto que resulta una falacia que estropea el eje mismo de la trama. Además de agregar un aspecto casi imposible para la licencia histórica, con el hecho de dotarla de un manejo informativo como reflejo de la cosmovisión de la época, misma que formaba parte de un andamiaje cultural envidiable, fundamentado en el supuesto bagaje que sólo podían obtener los miembros de ciertos grupos sociales privilegiados, invariablemente cultivados en los claustros.

Recordemos que los conventos eran, para la época, los centros de formación cultural donde florecían las artes, y por esa razón no se encontraban al alcance de cualquiera. En ese aspecto descubrimos nuestro primer reproche a la fantástica trama, que incurre en la pasmosa imprecisión de carácter histórico, expuesta desde el mismo título con el que Ignacio Casas bautiza su novela, otorgando a la negra esclava cambuja la improbable posibilidad educativa en el ámbito conventual en el siglo XVII, puesto que sus acciones recalan en las supuestas atenciones como sirviente de una monja de la orden de las jerónimas. 

Confieso que no puedo sacudirme la idea de la inicial reticencia para aceptar el hecho de que una esclava pudiera cultivarse en las letras, y la idea de sostener que logra una formación de cultura media no me parece de ninguna manera lógica, cuando sí lo es en la novela de Mary Renault cuando le da voz a un esclavo que narra desde el ángulo de observador, haciendo creíbles sus ucronías, es decir, fundamentadas en lo que pudo haber sucedido.

Considero que esta clase de novelistas suelen escoger la narraciones conventuales al figurar como la radiografía de un tiempo; ejemplos abundan, pero los más sonados son aquellos que con el paso de los siglos adquirieron el tono de leyenda, ya sea que trate de sucesos de carácter social y político que dejaron eco en los testimonios de las personalidades de los más importantes conventos, en tratándose de la Nueva España. 

Por esa razón, la cultura conventual ha sido de las fuentes más recurrentes para reconstruir una etapa de la vida novohispana y de ella se han desprendido memorables obras y abundantes investigaciones académicas, además de ambiciosas pero juiciosas novelas históricas que de pronto otorgan voz y juicio a ciertas figuras destacadas, de las que se cuentan sonados títulos que merecen tratarse aparte. 

Sin embargo, cuando una editorial nos ofrece como resultado de un premio de novela histórica la ficcional existencia de una esclava al servicio de una figura con galones bien ganados en la historia de la literatura universal, pensamos de inmediato la utilización insana del prestigio histórico ganado, obrando como carnada de anzuelo, buscando garantizar la venta del libro, de inmediato nos asalta el recelo de sentirnos traicionados al ser utilizada nuestra curiosidad, aunque de entrada sabemos que es una redituable mecánica de venta. 

Venciendo mi común resistencia a la compra de libros promocionados como la gran novedad editorial, me hice de la novela de Ignacio Casas por su anuncio presumiblemente revelador, figurándome que abordaría una temporalidad histórica casi siempre vedada a la licencia literaria como es el siglo XVII novohispano, debido principalmente a recurrir al desliz de repetir los acostumbrados lugares comunes, ante la flojera de tener que entrar a investigar detalles de época.

Este dato de inmediato quedó expuesto desde el instante mismo en que se abre la narración, al resultar increíbles en una sociedad donde los comportamientos estaban regulados por el poder colonial y el religioso, lo que hace imposible pensar en una existencia donde las situaciones que tienen que enfrentar y encontrar salida. En la vida de Yara la esclava resulta así, pues las dimensiones del conocimiento que las personas de color tenían del contexto colonial eran definitivamente escaso, sobre todo para aquellos que habían visto transcurrir su vida en un lugar apartado en medio de la nada, por ejemplo, la comunidad de los supuestos negros libres de América, esa Yanga caricaturizada por Ignacio Casas, donde reina la libertad y el respeto para las personas de color, prejuicio sin fundamento histórico (por lo menos en las soluciones que el autor maneja en la trama) que hagan creíbles los sucesos que más se antoja guión cinematográfico de Quentin Tarantino, donde la imaginación pisotea toda referencia histórica sobre la vida y penurias de los esclavos.

Luego de su lectura, la única reflexión posible es la de indagar primero sobre el autor que nos proponemos leer; por otro lado, conocer algo de su trayectoria y, finalmente, si no fuera del gusto personal, dejar de lado toda posible lamentación por el gasto realizado, que en la política editorial todavía no se hace efectivo el antiguo lema en los productos comerciables: “si no queda satisfecho, le devolvemos su dinero”. Estoy cierto que la confianza es un gasto difícil de recuperar.

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