Antonio Bello Quiroz
El 8 de marzo se conmemoró el Día internacional de la mujer, así que es una magnífica oportunidad para reflexionar sobre la emergencia de las mujeres como discurso y sus consecuencias. No podría entenderse el siglo XX sin un movimiento que desde su posición reivindicativa ha devenido revolucionario. La sociología lo advirtió desde los años sesenta y le nombró como “proceso de feminización del mundo”. El siglo anterior vio surgir el feminismo como movimiento político y también una respuesta de rechazo al mismo.
El mundo acude desde entonces a una transformación social de alto calado. Las relaciones entre los sexos se han modificado radicalmente. Los cambios profundos en la composición de las parejas y las familias es un claro efecto de esta revolución. Hay que decir, en honor a su relevancia, que Sigmund Freud se había adelantado y ya desde 1908 advertía, en La moral sexual “cultural” y la nerviosidad moderna, que cuando la ciencia inventase un método masivo de control de la natalidad las cosas cambiarían radicalmente en la relación entre los sexos. El cambio más radical radica en que la sexualidad y la reproducción se separan. La maternidad deja de ser el lugar “natural” para la mujer y aparece como discurso en lo social.
La emergencia de la mujer como discurso se trata esencialmente de un movimiento político que ha tenido resonancias en todos los ámbitos de la vida; la subjetividad no podría quedar exenta. Un movimiento político, entendiendo a la política como el arte del gobierno de los cuerpos en la vida social. En el fondo esta reivindicación de lo femenino es una nueva forma del discurso del amo. Para el psicoanalista Jacques Lacan, un discurso es una forma de hacer lazo social, es decir, una forma de utilizar el lenguaje.
El psicoanálisis opera con el lenguaje, mejor aún, con su materialidad: el sonido. Cada época organiza el lenguaje estableciéndolo como un discurso; en nuestro tiempo operamos como sociedad con lo que Lacan llama discurso del amo. Aun en los discursos de empoderamiento de las mujeres, lo que impera es el discurso del amo. Lacan todavía propuso un quinto discurso (los cuatro primeros son del Amo, la Histérica, el Universitario y del Analista), llamado del Capitalismo. Entonces en nuestra época impera el discurso de amo en su versión más radical, la del capitalismo salvaje, que se sostiene en el imperativo de gozar. Gozar a toda costa, sin miramientos de ningún tipo. Un goce que impone también un camino para conseguirlo: el consumo. El consumo que no tiene límite: se consumen artículos, se consumen imágenes, se consumen drogas… y se consumen cuerpos, cuerpos femeninos o feminizados.
Diversos estudios, y la experiencia clínica, nos hablan de modificaciones en las subjetividades sexuales a partir de la presencia de la mujer como discurso (no-todo fálico): la postergación de la edad del matrimonio o la convivencia en pareja; demora en el inicio de la maternidad; hiper-erogenización de la infancia; embarazos precoces y crianza monoparental; violencia contra la mujer; socialización del feminicidio, etc. Acudimos a la emergencia de una cultura que hace de la sexualidad mercancía, en particular de la sexualidad femenina. Hacer de la mujer mercancía es una forma de discriminación y dominio ejercida por el amo del consumo. Se trata de una de las formas del racismo sexual.
Pese a esta emergencia de la mujer en la vida social, con toda su potencia y capacidad, con todo su empoderamiento, no ha dejado de tener importancia en ellas la presencia de un tercero que tiene aún un carácter de sostén y completitud. Algo de insostenible acompaña a la presencia de la mujer (lo femenino) en el mundo. Este anhelo se expresa con un marcado temor a la soledad que conduce a estados melancolizantes y a relaciones de sufrimiento. El sufrimiento ante la soledad se vive como una insoportable carencia.
Ante la apertura de los espacios de movilidad social para la mujer, la posibilidad de autonomía personal y un proyecto de vida profesional, las formas de establecer vínculos de pareja se ven también modificadas. La maternidad ya no es el incentivo que origina el vínculo de pareja. Con frecuencia se prolonga tanto la maternidad hasta que el reloj biológico convoca a buscar entre la amplia oferta que los sistemas médico-reproductivos ofrecen una maternidad alternativa. Este sistema médico (no ajeno a los criterios mercantiles) ofrece prolongar la “vida reproductiva” mediante métodos de conservación de óvulos, por ejemplo. Algo se viene a revelar con la emergencia de la mujer: la imposibilidad de un significante que pueda significar a la mujer. Esta imposibilidad adquiere carácter ominoso (siniestro) para hombres y mujeres. El rechazo, la segregación, el exterminio de la diferencia es la respuesta.
La emergencia de la mujer en el mundo genera un “nuevo orden sexual” en las sociedades contemporáneas que tiene efectos de batalla entre género y sexo masculino y femenino. El género es una construcción lenguajera, es el resultado de una identificación del sujeto con ciertos significantes que la cultura ofrece y que permite nombrarse y ser nombrado como hombre o como mujer. Se trata, según sostiene Judith Butler, de una opción identitaria. El género es una construcción y por tanto es factible una deconstrucción o desmontaje por la vía del conocimiento consciente que denuncie las imposiciones heterosexistas de los discursos dominantes. Los estudios de género abundan en un legítimo, y acaso necesario, movimiento político que devele los mecanismos de imposición género-normativa. El género es una limitación cultural e histórica, por tanto factible de deconstrucción.
El psicoanálisis no es una alternativa a estas posiciones, mucho menos se podría ubicar en contra de estos estudios; simplemente su objeto de análisis es otro. El sexo no es una limitación secundaria impuesta por la cultura; por el contrario, es la diferencia sexual lo que posibilita la existencia de esta cultura. La cultura es una defensa contra el vacío significante que organiza la sexualidad. Más preciso, el sujeto (más allá de los cromosomas y las legislaciones) es siempre un sujeto sexuado. Por ello, el sexo no es una limitación, como ocurre con el género, sino un límite que tiene fundamento real y va más allá de las identificaciones imaginarias y simbólicas establecidas por la cultura. El sexo entonces, no es un objeto (por tanto no podría operar como una mercancía) de la cultura sino la condición misma de la cultura. La diferencia sexual es la condición que posibilita la participación en la cultura de cada uno de los hablantes desde una posición sexuada.
La imposición de normas sexuales (imposturas de formas de ser hombre o ser mujer) tiene como consecuencia lo que el psicoanalista Néstor Braunstein acuña como “racisexismo” (concepto utilizado para designar a los misóginos y a los que discriminan a negros, judíos, homosexuales, etc.), efecto discriminatorio con funestas manifestaciones de discriminación, segregación, homofobia, crímenes de odio y feminicidios.








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