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La edición sin editores

· octubre 26, 2016

 

André Schiffrin

 

Conclusión

 

Si se deja de lado la expansión de las pequeñas editoriales independientes, forzosamente limitada, ¿qué esperanzas pueden formularse para la edición en los años venideros? El progreso, a mi parecer, puede llegar de tres direcciones diferentes. La primera es tecnológica. Ya se ha dicho todo sobre la importancia de internet para la difusión de la información, y la proliferación de páginas web da vértigo: sólo en Estados Unidos se cree que existen más de 400000 y esta cifra aumenta cada día. Cualquier individuo puede crear la suya, cualquier autor puede dar a conocer su trabajo, cualquier periódico puede publicar con la esperanza de encontrar en alguna parte del mundo un público receptivo. Pero el número de páginas es a la vez una ventaja y un inconveniente. Los que utilizan regularmente internet saben que es imposible juzgar sobre la fiabilidad o los fines de la mayoría de ellas. Una página de apariencia inocente puede servir de fachada para una empresa publicitaria, para un grupúsculo político o una secta de racistas perversos. También puede tratarse de divagaciones de gente bien intencionada pero mal informada. A tal efecto, puede advertirse la ventaja de tratar con editores que al fin y a la postre son gente cuyo oficio es hacer una selección, elegir el material que van a publicar según ciertos criterios. Su nombre en la cubierta de los libros, basta como garantía —o inquietud— sobre la naturaleza del contenido. De un libro publicado por determinada editorial se espera que respete o no ciertos criterios, que tenga tal o cual orientación política, que su contenido sea o no fiable; en una palabra, el nombre del editor procura cierta garantía. Lo menos que puede decirse de las páginas web es que todavía no poseen este tipo de identidad. Es verdad que muchas editoriales han creado su propia página. Pero encontrar el buen camino en la red sigue suponiendo una dificultad innegable.

Otro problema es el de los costes, porque los sistemas para hacer pagar a los lectores no están todavía perfeccionados. Montar y hacer funcionar una página puede convertirse en una empresa costosa. Evidentemente la red representa una enorme ventaja para los autores que se sienten felices de dar a conocer gratuitamente sus trabajos o para las instituciones públicas como la Biblioteca del Congreso. Pero para quienes tienen que pagar a los autores y preparar el trabajo, la remuneración de la consulta sigue siendo una barrera importante. Existen procedimientos complejos que permiten que se pague cada página leída. La consulta de Le Monde, por ejemplo, cuesta tan cara como comprar el periódico en el quiosco. La alternativa actual es o bien ofrecer gratuitamente el material o bien montar un sistema muy caro y complicado para que se pague la consulta de la página.

Pero es cierto que la red ayuda a los editores a difundir informaciones y ofrecer bibliografías. En Estados Unidos, Amazon.com y BarnesandNoble.com libran una gran batalla publicitaria para persuadir al público de que dan acceso al mayor número de obras y se jactan de tener más de ocho millones de títulos disponibles. Aunque todavía estén repletas de errores, estas bibliografías tienen evidente interés para cualquiera que trate de encontrar un libro, y dentro de algún tiempo los editores sin duda podrán encontrar cantidad de lectores gracias a esos sistemas. El aspecto negativo es, evidentemente, que los libreros entrarán en crisis y que los independientes que luchan por sobrevivir tendrán la vida cada vez más difícil frente a las cadenas y a sus competidores on-line. Por otra parte, las páginas web ya siguen la política de las cadenas de librerías y hacen pagar su promoción. Un artículo reciente del New York Times informa que Amazon pide de 5000 a 10000 dólares para promover un nuevo título, utilizando sus listados para hacer publicidad encubierta.

La segunda objeción a la influencia creciente de los grandes grupos es de naturaleza política. Hemos visto que en Gran Bretaña y en Estados Unidos los grupos son tan poderosos, controlan tanto los medios clave, que los gobiernos temen utilizar las barreras representadas en otra época por las leyes antimonopolio. Murdoch, por ejemplo, obtuvo favores en los dos países prometiendo su apoyo a los gobiernos sucesivos. En Gran Bretaña, el gobierno Thatcher le autorizó a comprar el prestigioso Times de Londres, aunque ya poseía otras cabeceras en la misma ciudad, lo que hubiera debido impedir esa adquisición. En Nueva York, se produjo el mismo fenómeno con el New York Post, que nunca hubiera debido poder comprar porque ya poseía una importante cadena de televisión. No es muy realista esperar una descarga de valor cívico por parte de los gobiernos que cedieron a la presión de los grupos, de aquellos que, como Blair y Clinton, deben holgadamente su lugar a los monopolios que se considera que deben controlar.

Tal vez la situación en la Unión Europea permite un poco más de optimismo. Hace poco tiempo, la Comisión bloqueó la fusión de Reed-Elsevier con Walter Kleuwers, otra empresa inicialmente neerlandesa, convertida en un grupo internacional que tiene una parte importante en el campo de las obras de referencia y de la industria de la información. Juiciosamente, la decisión apuntaba que esta fusión habría dado lugar a una entidad que habría gozado de un “quasi-monopolio” en los sectores clave de la información. Tal vez no es del todo ingenuo esperar que los gobiernos europeos, conscientes de la amenaza que los grupos representan para la independencia nacional en el ámbito de la cultura, tomen medidas para frenar estas fusiones-adquisiciones, e incluso cuestionen las que ya se han realizado.

La tercera vía consistiría en incrementar la ayuda pública a la edición, en el marco general del apoyo a las instituciones culturales. En el momento actual, casi todos los gobiernos europeos disponen de un programa de ayuda a la creación cinematográfica y de un sistema de apoyo a las cadenas de televisión culturales. La mayoría de las buenas películas producidas en estos últimos años en Europa se han realizado gracias a la participación de cadenas de televisión públicas o subvencionadas. Se han creado nuevas entidades, como la cadena francoalemana Arte, cuyo nivel es superior a todo lo que se hace en otras partes del mundo. Cabría imaginar que la producción de libros un día se beneficiará de un apoyo semejante. No faltan estructuras que permitirían distribuir las ayudas a la publicación, en forma de subvenciones o de becas para los autores.* Podría ayudarse selectivamente a los editores en las obras o los campos destinados a ser deficitarios. También habría que invertir la tendencia actual a restringir los fondos de compra de las bibliotecas, y permitir que esas compras recuperaran su papel tradicional de apoyo de las obras de alto nivel.** No es éste el lugar para hacer una larga lista de todos los programas culturales factibles, pero los mecanismos son bien conocidos y pueden, con poco gasto, asegurar la supervivencia del trabajo intelectual en un medio hostil al estar organizado por las reglas del mercado.

Podría esperarse que el clima político europeo, actualmente dominado por la socialdemocracia —en el poder en catorce países—, fuera favorable a la eclosión de tal debate. Pero por el momento no ha aparecido ningún indicio en ese sentido. Es cierto que existen problemas más urgentes y más rentables electoralmente que la defensa de la independencia cultural, aunque esta preocupación existe más en el continente que en los países anglosajones. Pero, en el fondo, la primera etapa del debate debería ser la publicación de libros que estudiaran seriamente los problemas de la edición y propusieran soluciones adaptadas al marco político de cada país de Europa. Espero que los editores independientes que aún quedan aceptarán el desafío mientras aún se esté a tiempo.

Entre los acontecimientos más interesantes y prometedores de estos últimos tiempos hay que dar un lugar especial a la colección “Raisons d’ Agir”, lanzada por Pierre Bourdieu, que ha conseguido encontrar una solución a partir del problema que analizaba: utilizando la televisión a partir del College de France para lanzar Sobre la televisión (que publicamos en Estados Unidos), sacaba partido del mismo medio al que criticaba, y mostraba así que son posibles soluciones alternativas eficaces. No se comprende por qué otros no siguen este ejemplo, ya se trate de universidades o de nuevos editores. Entre todos los fenómenos recientes en este campo en Europa, se trata ciertamente del éxito más alentador.

Para hacer frente a los muy graves problemas del libro en este fin de siglo, la existencia de un grupo de editores de todo el mundo, que tratase de delimitar los verdaderos problemas y aportar respuestas a los mismos, podría cumplir un papel crucial. Si el campo de las ideas se abandona a los que sólo buscan divertirse o aportar informaciones triviales el debate esencial no tendrá lugar. De ahí el silencio que se ha abatido sobre la vida cultural estadounidense. Esperemos que en Europa la lucha contra el dominio del mercado y la búsqueda de alternativas viables se lleve a cabo con más determinación.

Hace diez años, antes de la caída del muro de Berlín, estaba yo en Moscú con motivo de una conferencia que reunía a historiadores estadounidenses y soviéticos que trabajaban juntos en cómo reescribir la historia de la guerra fría. Los debates se desarrollaban de manera curiosa, porque los participantes rusos tenían tendencia a culpar a la Unión Soviética de todos los males, y a disculpar a Estados Unidos de cualquier responsabilidad en los conflictos que habían agitado el mundo en los cuarenta últimos años. Los estadounidenses, en su conjunto más bien de izquierdas, sostenían puntos de vista más matizados que trataban de compartir las responsabilidades entre los dos campos y no hacer de Estados Unidos la inocente víctima de Stalin. La conferencia terminó con esta nota ambigua y volví a mi hotel a pie, a través de los parques. Miraba a los jóvenes que paseaban, que sacaban a sus hijos ese fin de semana y observé que en su mayoría llevaban pins de las marcas estadounidenses más conocidas: Nike, Marlboro, Coca-Cola, en lugar de las insignias de Lenin y otras memorabilia soviéticas de las que yo había hecho provisión para mis hijos. Occidente había ganado la guerra ideológica, pero sobre todo la
guerra del consumo. La nueva generación rusa, como confirmó la sucesión de acontecimientos, se inclinaba claramente por la imitación de la sociedad de consumo occidental, que la había seducido mucho más que los ideales democráticos. Las fuerzas del mercado habían prevalecido, como en la actualidad en toda la Europa del Este y en China. Triunfan hoy más que ninguno de los dos bloques en el pasado, imponen sus miras totalmente más que las antiguas maquinarias de propaganda. Nuestras ciudades están atiborradas de paneles para pegar carteles, la publicidad domina la radio y la televisión, el cine es un modo cada día más eficaz de difusión de la ideología del consumo. La maquinaria internacional de persuasión comercial es más poderosa que todo lo que se hubiera podido imaginar hace unos años.

La batalla también se desarrolla en el terreno del libro, que poco a poco se convierte en un simple apéndice del imperio de los medios, ofreciendo diversión ligera, viejas ideas, y la seguridad de que todo es lo mejor en el mejor de los mundos. ¿Por qué diablos los que poseen máquinas tan provechosas en el cine y la televisión aceptarían producir, con menor beneficio, libros susceptibles de hacer reflexionar de otra manera, de poner de manifiesto las dificultades? Lo hemos visto con los ejemplos ingleses y estadounidenses citados más arriba: la publicación de un libro no orientado hacia un beneficio inmediato es ya prácticamente imposible en los grandes grupos. El control de la difusión del pensamiento en las sociedades democráticas ha alcanzado un grado que nadie pudo imaginar. El debate público, la discusión abierta, que son parte integrante del ideal democrático, entran en conflicto con la necesidad imperiosa y creciente de beneficio. Lo que se forma en Occidente es el equivalente al samizdat de la era soviética. Por supuesto, hoy los editores independientes no se arriesgan a la prisión ni al exilio. Se les deja el derecho de buscar las pocas fallas que persisten en la armadura del mercado, y persuadir a quienes deseen con sus pequeñas tiradas y su difusión restringida.

Sin embargo, la batalla no está completamente perdida. Aunque la situación en los países anglosajones es tan desastrosa como la he descrito, la cuestión no está solucionada en Europa, donde algunas fuerzas arcaicas como el nacionalismo y una determinada mentalidad localista, por alejadas que estén del ideal democrático, pueden ser aliadas eficaces. En las decisiones de la Comisión Europea, en los debates parlamentarios, en los debates que se producen en el seno de cada editorial, pero por encima de todo en el espíritu de la población, el combate continúa. Para nosotros, que observamos la situación desde el exterior, el resultado es de suma importancia porque lo que está en juego nos concierne a todos.

——

La edición sin editores, Ediciones Destino, España, 2000.

* En Francia, el Centre National du Livre, que depende del Ministerio de Cultura, distribuye, por decisión de comisiones especializadas, préstamos reembolsables sin intereses y en ciertos casos subvenciones no reembolsables (traducciones, ayuda a sectores en dificultades, lagunas, revistas, etc.).

** Los efectos del préstamo gratuito por parte de las bibliotecas puede tener, a pesar de esto, efectos perversos (véase el artículo de Jéröme Lindon en Le Monde, 9 de junio de 1998, “L’Édition sans éditeurs”). En Francia el número de obras tomadas en préstamo en las bibliotecas municipales ha pasado de 59 millones en 1980 a 145 millones en 1996. Lindon cita el caso de un libro de genética solicitado 444 veces durante 1994 en la única biblioteca universitaria d’Orsay. El editor, Flammarion, tan sólo vendió 21 ejemplares en todo el año.

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