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La doble moral sexual

· febrero 10, 2017

 

Antonio Bello Quiroz

 

En 1908 Freud escribe un texto lleno de referencias, e incluso premoniciones, sobre la sexualidad “moderna”, la nuestra. Es un título que, si no atendemos puntalmente en cada uno de sus argumentos estructurales, por lo menos resulta barroco: La moral sexual “cultural” y la nerviosidad moderna. Se trata de un texto que tiene más de un siglo pero en el cual no puede dejar de apreciarse su “actualidad”; es cierto, en la vida sexual todo ha cambiado, pero todo al respecto continúa preocupando y su ambigüedad no ha cedido un ápice. Se trata de un texto “caduco” si nos quedamos sólo con las referencias a las prácticas sexuales “victorianas” de la época en que Freud escribe el texto. Sin embargo, al detenernos en las propuestas teóricas podemos apreciar que lo escrito por el maestro vienés es de avanzada. Si lo comparamos con nuestras prácticas sexuales, nos conduciría a hacer realidad la máxima de El gatopardo de Giuseppe Tomasi de Lampedusa, según la cual “algo debe cambiar para seguir igual”.

Hoy más que nunca la confusión y la ambigüedad reina en las representaciones y las concepciones sobre la sexualidad. El mensaje de Freud no ha sido escuchado y a cambio se continúan ensayando respuestas sexológicas, entrenamientos para el deseo, que justamente se caracteriza por no poder educarse o legislarse.

En 1908 Freud hace análisis de lo que proponen los “sexólogos” de su tiempo como Krafft-Ebing. Reconoce el psicoanalista que dichos planteamientos si bien no son inexactos resultan insuficientes debido a su reducción a cuestiones meramente neurológicas o culturales. Freud aquí va a poner en primer plano lo que más tarde Michel Foucault, en el primer tomo de su Historia de la sexualidad, reconoce como elemento central en la sexualidad: la multiplicación. Lo que se produce en el siglo XIX y XX (que de alguna manera, aquí sostendríamos, se extiende hasta nuestros días) “es una dispersión de las sexualidades, un refuerzo de sus formas diversas, una implantación múltiple de las “perversiones”. El inicio de nuestra época (inicio del siglo XX) es el inicio de las “heterogeneidades sexuales”, como menciona Foucault.

Freud inicia este trabajo haciendo referencia a un libro que lleva el exorbitante título de Ética sexual, de un tal Von Ehrenfels, donde se realiza una distinción entre moral sexual “natural” y moral sexual “cultural”. Del análisis que Freud hace de esta obra se desprende, por un lado, una aseveración radical que se mantiene en órbita, como lo haría un viejo desecho espacial, sin caer con toda su gravedad en los discursos académicos y sociales: no existe ninguna moral sexual “natural”. Pero tampoco, por otro lado, habría una moral sexual “cultural”; esta aseveración constituye un pleonasmo en tanto que toda sexualidad es cultural. Freud, y esto es lo novedoso del psicoanálisis, hace estallar esa distinción bipolar; desde su propuesta los términos no son dos sino tres. El sexo en los seres humanos no se puede reducir a la anatomía (la naturaleza, lo biológico) ni tampoco a la convención que regula el vínculo con los otros (la vida social). Freud coloca en tercer término al sujeto que habla y expresa, siempre a medias, la no complementariedad entre los sexos. Expresa la incompatibilidad entre los sexos (sólo dos) y el inconsciente. De esta manera, la sexualidad no se juega en lo natural ni en lo social, es gracias al lenguaje que atraviesa el cuerpo que la posición sexual se juega en el inconsciente, siempre con un saldo de insatisfacción.

Hablar de “moral”, por otro lado, nos remite de inmediato a esa construcción discursiva que no deja de tener pretensiones prescriptivas: no hay moral neutral, toda moral aspira a orientar la vida de los sujetos y las prohibiciones de la civilización. El psicoanálisis está muy lejos de adoptar como suya la tarea orientadora de la vida sexual, no asume una función moralizadora, incluso en esas arriesgadas lecturas que pretendían ver en el psicoanálisis una vía para una sexualidad libre de represiones, es decir, como la vía de acceso a un placer sexual que eliminara las trabas impuestas por la cultura. No se trata en absoluto, en el psicoanálisis, de un discurso profiláctico. Mucho más lejos aún, para Freud el sexo no podría ser una manifestación espiritual, no en su origen, no en su destino.

El sexo, así, por escandaloso que suene, no forma parte de la cultura. En su dimensión real, más allá de las intuiciones y de lo imaginario, el sexo se manifiesta como síntoma de la cultura, es justamente lo que en ella no anda, lo que le incomoda, su “otro”, tal y como sostiene Joan Copjec en El sexo y la eutanasia de la razón: “el sexo es aquello que no puede articularse en palabras; no es ninguna de las multiplicidades de significados que intentan compensar esa incompatibilidad”.

Es cierto, desde 1908 a la fecha mucho ha cambiado en el orden social en que se juegan hombres y mujeres. Por ejemplo, el malestar actual ya no está determinado por la insatisfacción pulsional, como lo señalaba Freud; por el contrario, si de algo nos aquejamos en la cultura narcisista que se vive es de no triunfar ahí donde el imperativo categórico es gozar. Ya no hay restricción sino liberación de la sexualidad y, sin embargo, la insatisfacción persiste.

Con la modernidad, la sexualidad ha entrado a la economía de mercado cuyo discurso, mediante la tecnología, la convierte en mercancía. Los cuerpos, desde luego, no escapan a este discurso mercantil. Dos eventos son puntuales para que la sexualidad sea tornada en mercancía y la relación sexual entre los sexos no marche en la “nerviosidad” moderna: por un lado, la posibilidad masiva del control de la reproducción y, por el otro, paradójicamente, el desarrollo de las tecnologías de la reproducción. Estos dos aspectos, además de la posibilidad de las reivindicaciones subjetivas concernientes a la sexualidad (la idea de poder determinarse “libremente”) y la organización familiar más allá de lo nuclear, son los elementos que configuran el collage de la actualidad sexual.

Desde luego, todo llamado a “retornar” a una supuesta sexualidad “natural” no hace sino evidenciar su anacronismo y su perversión, en tanto que bien deben saber que no existe ni ha existido tal sexualidad biológica o natural; tampoco tendrán mayor alcance una sexualidad “liberada” o reprimida según convencionalismos sociales. Insistimos, el sexo no es parte de la cultura, por tanto no se puede normar.

Después de más de un siglo desde el artículo de Freud, bien podríamos esperar que los progresos en la condición de la mujer, con la liberación sexual, que le permiten ocupar un lugar diferente en la sociedad (más allá de ese rebajamiento moral que le concedía sólo un lugar en el matrimonio, el convento o el prostíbulo), además de la aparición de los métodos masivos de contracepción que separan sexualidad de reproducción y liberan a las mujeres de la amenaza de embarazo (que son los obstáculos que Freud menciona), trajesen como resultado que la “nerviosidad”, el malestar, la incomodidad sexual disminuyeran o desaparecieran. No ha sido así, como es fácil comprobar. Los estantes de revistas, las redes sociales, las páginas de internet, etcétera, no dejan de preguntarse y hacerse ilusiones de satisfacción, nos hablan una y otra vez de la incomodidad que conlleva estar en posición mujer u hombre, sin saber bien a bien qué significa eso. El psicoanálisis se ha manifestado, desde Freud hasta nuestros días, no sólo como un discurso que señala la permanencia de esta insatisfacción sexual sino que, además, señala las causas estructurales de lo que, gracias a la pulsión, no se deja domesticar en el deseo y el goce. La angustia es la señal de esta imposibilidad.

 

 

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