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Ismael Ledesma Mateos
Albert Camus (1913-1960) fue un escritor polémico que, siendo contemporáneo de Jean-Paul Sartre (1905-1980), coincidió, polemizó y discrepó con él. Mario Vargas Llosa escribió en 1981 un libro muy interesante titulado Entre Sartre y Camus, donde compara el pensamiento de ambos autores y finalmente toma postura a favor de Camus.
Yo, que desde mi muy temprana juventud, luego del marxismo asumí la posición del existencialismo sartreano, discrepo evidentemente de Camus y obviamente de Vargas Llosa, aunque en literatura sea uno mis autores predilectos, además del componente subjetivo que para mí fue fundamental después de la lectura de El pez en el agua, libro que ha inspirado la escritura de mi autobiografía, la cual espero terminar próximamente.
La idea de compromiso en Sartre es discrepante de la postura que contra él asumió Camus, quien finalmente renunció a la posición contestataria y crítica que Sartre nunca abandonó y que incluso lo radicalizó al final de sus días, en tanto que Camus abrazó un reformismo libertario. Vargas Llosa hizo seguimiento de la obra de Sartre, Simone de Beauvoir y Camus durante veinte años y especialmente al comenzar su animadversión al marxismo y al socialismo tomó una posición proclive al autor de El extranjero.
En un París levantándose de la tragedia de la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial, Sartre y Camus aparecen como dos figuras luminosas en el ámbito intelectual, pero entablan su confrontación en 1952, en las páginas de la propia revista de Sartre: Les Temps Modernes. La esencia de la disputa es, sin duda, la diferente concepción de libertad, de compromiso y de posicionamiento político.
Como dice Vargas Llosa, ninguno de ellos creía en Dios y ambos se asumían como socialistas, aunque ninguno estuvo afiliado a un partido, además de que esta palabra significaba algo diferente para cada cual. Sin embargo, según Sartre, para nadie era posible escapar de la historia, pues para él, tal como pensaba San Agustín, hay cosas y procesos que cuando se dan, son ya inexorables. Para Camus, “este realismo abre las puertas al cinismo político y legitima la horrible creencia de que la verdad, en el dominio de la historia está determinada por el éxito. En cambio, para Sartre las razones de la Historia son siempre las de la eficacia, la acción y la razón. Para Camus, “el hombre es eso y algo más: contemplación, sinrazón, pasión. Las utopías revolucionarias han causado tanto sufrimiento porque lo olvidaron y, por eso, hay que combatirlas como ha ocurrido con el socialismo…”
Discrepo, entonces, de Camus, aunque como escritor sea extraordinario, pero, a diferencia del autor de El ser y la nada, en sentido estricto no fue un filósofo y el beber alcohol con Sartre y Simone de Beauvoir en el Café de Flore, no lo convierte en existencialista. Como dice David Zane Mairowitz, la amistad de Sartre con Camus llevó al equívoco de pensar que era un existencialista. “Es cierto que muchas cosas los unían: ambos creían que el mundo era un sitio brutal, carente de toda noción de divinidad; que la idea de la libertad pretendía superar una desesperación básica; que la solidaridad era el mayor valor social. Eran además buenos camaradas para beber y charlar. Pero el tiempo iría resaltando sus diferencias ideológicas y pronto darían lugar a una de las más agudas polémicas de los tiempos modernos”.
La polémicas más célebre se inició en 1952 con una reseña del marxista François Jeanson en la revista Les Temps Modernes, la revista dirigida y editada por Sartre, donde Jeanson sostenía que “Camus estaba batallando en contra de la historia y de la acción política directa; y lo que era peor, al ocuparse de los crímenes de los revolucionarios de izquierda, sin quererlo le hacía el caldo gordo a la burguesía”.
Camus respondió en una carta al director de la revista, es decir a Sartre, asegurando que Jeanson no había entendido lo que escribió, que no constituía un rechazo de la historia, sino de los movimientos históricos que usan los fines para justificar los medios. Entonces argumentó su contraataque citando a esos intelectuales burgueses que procuran negar su origen, aun al precio de contradecir su propia inteligencia y violentarla.
Sartre le contesto: “Mi querido Camus, nuestra amistad nunca fue fácil, pero voy a extrañarla.” Y lanzó, como dice Zane, la última cuchillada existencialista: “No creo que usted sea el hermano del comunista desocupado de Bolonia o del miserable jornalero de Indochina… en lucha contra los colonialistas. Tal vez usted haya sido pobre alguna vez, pero ya no lo es; es un burgués como Jeanson y como yo mismo.”
Camus fue más un ensayista, literato y periodista, pero es interesante cómo en Sartre, en diferencia, se da esta conjunción de filosofía, literatura y política, donde muchísimas cosas se entrecruzan y se mezclan, aparecen como una red, que es la visión correcta de la realidad social.
Vargas Llosa devino en reaccionario, la causa de ello valdría averiguarla en el diván del psicoanalista, pero nunca dejaré de admirarlo como escritor, para mí el mejor de América Latina, al que más he admirado, mientras no hable de política. Y aunque en el libro que refiero tome postura hacia Camus, yo lo estimo y respeto,
Es un libro que vale la pena leer. Pero la conclusión personal para mí es obvia. Yo me quedo con Sartre: “Compromiso y libertad”.









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