Antonio Bello Quiroz
Algo en lo sexual no anda, algo no anda en la vida amorosa entre los sexos. Eso se puede escuchar en el consultorio de un psicoanalista, pero tampoco hay que hacer muchos esfuerzos para apreciar esto en la psicopatología de la vida cotidiana, según la expresión de Freud. Las quejas se dibujan en el ámbito del Otro; la violencia en la pareja, los celos, las infidelidades, las patologías del acto como el suicidio son frecuentes.
Durante la segunda mitad del siglo XX somos testigos de una profunda y radical transformación en las formas de estar en familia y, desde luego, en las formas de formar y sostener la vida en pareja.
La pareja, como bien se sabe, es una construcción histórico-cultural que deviene en subjetividades centradas en particulares malestares. ¿De qué sufre la pareja contemporánea, en dónde finca sus quejas, cuáles son sus malestares?
Fácilmente podemos dilucidar que no siempre ha existido la noción de pareja que tenemos, la historia de su constitución es larga. En las comunidades primitivas, por ejemplo, los sistemas de parentesco funcionaban independientemente de la pareja. Los grupos controlaban la repartición de las mujeres instituyendo el tabú del incesto y la ley de exogamia, según lo enseña el antropólogo Lévi-Strauss.
En Grecia el matrimonio tiene como función la reproducción, el conservar el patrimonio y asegurar la inscripción de la nueva generación en el linaje parental. El amor y la pasión no eran parte del contrato. Los hombres podían amar a otro hombre más joven, un semejante, aquel sujeto posible de verdad; los amados eran los maestros, hombres sabios. Más tarde, a partir de las invasiones germánicas y la conversión al cristianismo, el amor es desplazado al vínculo conyugal y de ahí a la obligación de vivir el amor sexual exclusivamente en el matrimonio y llevando a la Iglesia como testigo y regulador de la vida en pareja, se establecen reglas que permitan el control de la vida sexual: la virginidad, la monogamia y la exclusión del placer.
Recién en el siglo XI, podemos hablar de la invención del amor, como lo conocemos en Occidente, con el llamado amor cortés. Se trata de la relación amorosa de una mujer noble casada, la dama, y un hombre soltero de condición social inferior. El hombre asumía una actitud de humildad, paciencia y delicadeza respecto a la dama, colocándose en un rol de sirviente que veneraba y celebraba poéticamente a la amada. Si bien se situaba en los estratos altos de la sociedad, esta mutación influyó a la sociedad en su totalidad, perdurando hasta nuestros días. Un aspecto central es que el matrimonio y el amor pasión se excluían mutuamente.
En los siglos XVIII y XIX se producen nuevos cambios. Nace el amor romántico. Un movimiento amoroso que surge de la literatura y se alimenta del idealismo alemán y en movimientos sociales como la revolución francesa, que enarbola los valores de la libertad, igualdad y fraternidad. La pareja se concibe novelescamente como pareja.
El amor romántico se caracteriza por la incorporación de la de lo novelesco dentro de la vida cotidiana. Un supuesto central de esta forma de amor, es que hay un sujeto carente de algo que puede ser entregado por el Otro.
Con la difusión de los ideales del amor romántico se da al lazo matrimonial un lugar especial y diferente de otros. Ya no es sólo la sobrevivencia o la crianza de los hijos la tarea fundamental de una pareja: se introduce un nuevo vínculo, el emocional, haciendo así del hogar un lugar de apoyo afectivo.
Algunas cosas resulta necesario destacar en estas construcciones novelescas del amor, ya que hay diferencias en las posiciones del hombre y la mujer con respecto al modelo medieval que les precede: para los hombres coexiste el amor romántico y el amor pasión, el primero vivido en el matrimonio con la mujer “respetable”, y el segundo, puertas afuera con la amante o la prostituta. Para la mujer, por el contrario, ambas formas de amor se buscan en el mismo objeto. La mujer en el amor romántico tiene un rol activo, de búsqueda, no se queda esperando como en las historias medievales. Diferencias, mas no disparidades.
A partir del siglo XIX, con el discurso de la ciencia como el regulador de la vida social, con los cambios que la revolución industrial trajo consigo, la migración y con la paulatina incorporación de la mujer en la vida laboral, se producen cambios en su posición subjetiva haciendo que su presencia y luego su voz sean incorporadas al debate amoroso.
El psicoanálisis es el invento de una disciplina que tiene una muy peculiar característica: surge de hacerle un espacio al sufrimiento de las mujeres, a las llamadas histéricas, a su singular sufrimiento sexual y amoroso, más aún, a partir de escuchar lo que el cuerpo de las histéricas habla, inventa una teoría del amor.
Para Freud, y para el psicoanálisis, las complicaciones amorosas están dadas por el pasaje que cada sujeto realiza por los complejos de Edipo y castración. Freud caminó con la idea de que, en un primer momento, la organización psíquica de la mujer y el hombre, es decir, el pasaje por Edipo-castración, es la misma en ambos sexos; sólo más tarde se detuvo en analizar la profunda disimetría que existe entre la posición masculina y femenina, y esta disimetría tiene su punto de distancia en la anatomía, está en el órgano: el órgano masculino es evidente, el femenino se encuentra oculto.
La teoría de la castración fue en principio formulada en Freud a partir de un tipo de evidencia imaginaria que es del orden de la representación: no se ve lo que tienen las niñas. Entonces el razonamiento que sostiene el varón es: si hay seres humanos que no necesariamente tienen el pequeño apéndice que yo tengo, y bien, entonces puedo perderlo. Esto es, al momento en que se valora lo que hace diferencia, se instaura la amenaza de perderlo.
¿Qué es lo que va a operar en este pasaje para la mujer, cómo transita por el Edipo y la castración? Evidentemente no es por la amenaza, porque en ella en principio se impone la evidencia de que ese apéndice le falta. Es a partir de esta evidencia que en la niña se le impone una decisión: lo ha visto, no lo tiene y se convoca a buscarlo. Su papel no es nunca pasivo, se pone en marcha a buscar lo que no tiene, el niño vive acobardado ante la amenaza de perder su bien amado.
Como es posible apreciar que esta oposición construye una asimetría de la vida amorosa, las posiciones se bifurcan. Por un lado, desde lo masculino, se ama bajo amenaza y angustia; por el otro lado, desde lo femenino, se reconoce lo que falta y se pone en marcha el conseguir lo que falta, con la agravante de que para poder tenerlo es necesario el amor del otro que lo tiene, que se lo podría dar. También hay una amenaza, la amenaza de la pérdida del amor.
Pero si para Freud lo que hace diferencia entre los sexos pasa por el órgano, y ahí se sustenta la disimetría y las consecuentes complicaciones de la vida amorosa, para Jacques Lacan, el psicoanalista francés, no se trata de órgano alguno adecuado para organizar ninguno de los sexos, tener o no tener no hace que la vida amorosa-sexual marche. Unos angustiados por tener, otras atormentadas por no tener, así “eso” no marcha por ningún lado. Lo que organiza la sexualidad en Lacan es el falo: es lo que introduce la disparidad en la vida amorosa.








No Comments