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La dimensión trágica del deseo: Antígona

· junio 1, 2019

Antonio Bello Quiroz

La cuestión femenina está en el centro del debate social y también resulta así para el psicoanálisis en tanto que se asuma la indicación lacaniana de estar a la altura subjetiva de la época.

Escuchar al sujeto en lo singular de su sufrimiento es lo propio del psicoanálisis. Sabemos que es por la vía de las mujeres que se abrió el camino a la invención de éste. Sigmund Freud, el primero, le reconoce valor a su palabra como vehículo de su deseo en medio de una época que les condenaba al silencio. Sin embargo, y pese a ello, desde Freud se reconoce que la cuestión femenina se desliza por el lado oscuro de la subjetividad. Es ese lado radical, trágico, del deseo lo que se muestra en Antígona, la tragedia de Sófocles.

¿Qué encierra para ser considerada no sólo la más bella de las tragedias griegas sino una obra de arte maestra cercana a la perfección? ¿Qué tiene esta dramaturgia escrita en el año 441 a.C. para que su eco llegue hasta nuestros días con toda su fuerza?

La tragedia griega honra la libertad humana por cuanto hace que sus héroes luchen contra esa fuerza que es el fata o destino, que ejerce su poder incluso contra los dioses. Pero en Antígona ocurre aún más: es el paradigma de referencia cada vez que un conflicto nos coloca en relación con una ley cuando se presenta como injusta para un sujeto. Se trata, en Antígona, del choque de la conciencia privada y del bienestar público. La obra resulta fascinante, tiene una belleza que seduce y brilla por terrible y trágica. Nos coloca con su acto frente a un espacio inasible, más allá de la vida.

Quien es quizá el mayor crítico literario y el erudito vivo más importante, George Steiner, hizo un monumental ensayo titulado Antígonas. Ahí nos recuerda que con respecto al personaje Antígona, Thomas de Quincey escribe: “Santa gentil hija de Dios antes de que Dios fuera conocido, flor del paraíso, después de haberse cerrado el paraíso…” La tragedia de Antígona, según nos dice Steiner, había conservado durante un siglo su orgulloso lugar en el juicio filosófico y poético, hasta que en 1905 Freud desplazó la mirada y el centro interpretativo sobre otra tragedia, Edipo Rey.

En el Seminario 7 de Jacques Lacan, titulado La ética del psicoanálisis, hay tres capítulos dedicados a Antígona. Para este autor no hay otra ética trágica que la del psicoanálisis. Resulta ser así en tanto que en la tragedia se presenta un conflicto y todo conflicto supone división, y división de uno mismo, división subjetiva, como se conoce en psicoanálisis. Ahí, en Antígona, para el psicoanalista francés la tragedia tiene como meta la catarsis, la purgación de las pasiones, del temor y de la compasión. Antígona representa el punto nodal de la ética; en una palabra, se convierte en paradigma de la ética del psicoanálisis en tanto que ella es quien encarna el deseo, el deseo puro que es el deseo de muerte.

Conocemos el argumento de la tragedia de Sófocles: ante la muerte mutua de los hermanos Etéocles y Polinice (el primero defendiendo la ciudad, el otro atacándola), Creonte, el nuevo soberano de Tebas y hermano de Yocasta, prohíbe dar sepultura al cadáver de Polinice, decretando que el cuerpo quede expuesto para ser comido por las aves y los perros. Antígona, hermana de los fallecidos, va en contra del decreto del tirano y, obedeciendo a sus sentimientos y amor fraternal, se propone ir a sepultar a Polinice y así se lo hace saber a su hermana Ismena. Ésta se rehúsa a acompañarla, y Antígona decide realizarlo sola; sin embargo, es detenida y conducida ante el cruel Creonte, quien la condena a muerte. Hemón, hijo de Creonte y prometido de Antígona, pide a su padre que derogue la sentencia, que le parece injusta. El padre no se conmueve y no accede a la solicitud. Entonces Hemón se va a la celda donde ha sido encerrada Antígona, pero cuando llega ella ya se había suicidado. El adivino Tiresias anuncia a Creonte los tristes acontecimientos que se avecinan y, junto con el coro, reclama que el rey derogue la sentencia, perdone a Antígona y dé sepultura a Polinice. Creonte, de mala manera, accede, aunque ya es tarde: Hemón, en su desesperación por encontrar a Antígona muerta, frente a su padre se suicida. Un mensajero llega con la reina Eurídice para anunciarle la muerte de su hijo Hemón. Ella, enloquecida de dolor se retira y dentro del palacio se hunde una espada y muere increpando a Creonte por la muerte de su hijo. Creonte se ve castigado, tal y como el coro lo señala: “¡qué tarde parece que vienes a entender lo que es justicia!”

¿Qué mueve a Antígona a desafiar el mandato de Creonte? Antígona misma se lo dice a Ismena: “Sépanlo, no había desafiado la ley de los ciudadanos por un marido o por un hijo a los que se les hubiera negado la sepultura, porque después de todo, si hubiese perdido un marido en esas circunstancias hubiese podido adquirir otro, incluso si hubiese perdido junto con el marido a un hijo, habría podido tener otro hijo con otro marido. Pero se trata aquí de mi propio hermano, autádelphos, nacido del mismo padre y de la misma madre”. La hermana se niega a ayudarle, Antígona reclama el socorro filial en tanto que es conocedora, como ella, de las desdichas del linaje de Edipo. Reclama pero no obtiene respuesta positiva, dejándola sola ante su deseo, su deseo puro, en esa posición que es propia del héroe trágico. Para ella el Otro (representado aquí por su hermana) no responde, se encuentra abandonada a su deseo. Antígona toma la decisión trágica de rendirle honores fúnebres a su hermano. Una decisión de esta envergadura no es sino revelación de que Polinice, o mejor aún, el cuerpo de su hermano representa el objeto que causa el deseo de Antígona. Ismene le recuerda la condena a muerte a la que se hará acreedora por su acción, ante lo cual Antígona responde: “habiendo obrado así, será deleitosa la muerte, pues amada yaceré junto a quien me es amado”. No se conduce ni por el temor ni por la compasión, mostrando así el hímeros, el reflejo de su deseo.

Antígona arrastra la desdicha de su padre Edipo, de quien es hija y media hermana a la vez, y de su madre Yocasta, quien es su madre y su abuela a la vez. Es decir, tiene un pasado que la condena. La muerte encarna su deseo, su deseo puro. Ya sola, sin sus hermanos, ella se encuentra monoúmenoi (dejada aparte, aislada) o áphiloi (sin amigos). Pese a todo esto, ella mantiene una posición inflexible, es aquella que no cede a su deseo y ha traspasado los límites de lo humano y está sola. Aunque ella apela a la ley divina y al amor a su hermano como el motor de su actuar, Creonte le asegura que será castigada por los dioses por faltar a las leyes de la ciudad; ella por su parte, no está segura de cómo los dioses responderán. Dice ante Creonte: “¿Quién sabe si en Hades ocurra lo que tú dices.”

Jacques Lacan, en el seminario referido, La ética en psicoanálisis, se pregunta: “¿Cuál es la superficie que permite el surgimiento de la imagen de Antígona en tanto que imagen de la pasión?” Señala que Antígona, en todo momento, actúa sin temor ni compasión. Cuando Antígona se explica ante Creonte acerca de lo que hizo afirma que un es así porque es así. No es Zeus quien le ordenó hacer eso; tampoco es Diké, la diosa Justicia. Lo hizo porque su hermano es su hermano, es lo que es. Su acto tiene valor sólo en el lenguaje, su pasión está puesta al servicio del corte que instaura en la vida del hombre la presencia misma del lenguaje. Lacan señala: “Antígona sabe que está condenada a jugar un juego cuyo resultado es conocido de antemano.” La iluminación violenta, el brillo de su belleza se ubican en el momento del franqueamiento de la muerte en Antígona: “estoy muerta y quiero la muerte” fue el canto que Antígona no se guardó desde que dejó ver el brillo de su deseo puro. Antígona se da vida yendo a la muerte.

 

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