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La depresión: pasión moderna

· septiembre 17, 2015

Antonio Bello Quiroz

 

“Acedia, tristitia, taedium vitae, desidia son los nombres que los padres de la iglesia dan a la muerte que induce en el alma”, escribió Giorgio Agamben. Sin embargo, resulta complicado decir algo sobre ese oscuro estado de ánimo que ha sido llamado depresión si no le ubicamos como una “pasión moderna”. Sólo desde ahí podemos asimilar que las lecturas de la depresión resulten tan variadas: lo mismo se habla de un síntoma, un síndrome e incluso hay quienes han pretendido ver ahí una estructura clínica.

Tanta relevancia ha adquirido que, junto con el estrés, ha sido declarada por la OMS como una de las enfermedades del siglo XXI, bajo sus muchos rostros.

Resulta paradójico que si es ubicada precisamente como una pasión moderna, el origen de la palabra depresión no pertenezca a disciplinas como la medicina, la psiquiatría, la farmacología o incluso la psicología, como podría pensarse, sino que se encuentra en relación directa con el capitalismo, más en concreto, con la economía. Se habló en principio de “depresión económica”.

Si hacemos un breve acercamiento desde su etimología, la palabra deprimir aparece en castellano en el siglo XVI y es originaria del latín deprimere. Esta última deriva de premere, que significa apretar.

Por otra vertiente, la palabra depresión deriva del latín depressio, que significa abatimiento, descenso, concavidad y aparece en el siglo XVII, y “depresivo”, en el XIX. Si tomamos la partícula premere, encontramos que se trata de un derivado del transitivo preme, que significa estrechar, oprimir. Desde ahí se pueden emparentar algunas palabras como suprimir, exprimir, comprimir o reprimir. Pero, si en la antigüedad no existía la depresión, entonces ¿de qué se hablaba? Alrededor del siglo V a.C. se conocía la frenitis, la letargia, la manía y la melancolía. Con estos significantes se pretendía dar cuenta de las pasiones, afectos y sentimientos ligados a la tristeza.

Durante la Edad Media se hablaba del Demonio Meridiano, que era un azote peor que la peste; este demonio escoge a sus víctimas entre los homines religiosi y los asalta cuando el sol culmina sobre el horizonte: su nombre Asedia. Según nos cuenta Giorgio Agamben, los escritos de la época llama a los Asedia o demonios meridiano, en estos términos: “La mirada del asidioso se posa obsesivamente sobre la ventana y, con la fantasía, se finge la imagen de alguien que viene a visitarlo; ante un crujido de la puerta, salta sobre sus pies; oye una voz, y corre a asomarse a la ventana para mirar; y sin embargo no baja a la calle, sino que vuelve a sentarse donde estaba, embotado y como amedrentado. Si lee, se interrumpe inquieto y, un minuto después de desliza en el sueño: se frota la cara con las manos, destiende los dedos y, quitando los ojos del libro, se fija en la pared.”

Durante la Edad Media, se pueden identificar las bases de una diferenciación entre los “trastornos del humor” y las “pasiones del alma”. Entre la Alta (de alte, viejo en alemán) y la Baja Edad Media, los centros del saber médico irán migrando geográfica e ideológicamente de acuerdo con los avatares políticos, militares y económicos. Dos grandes fuentes se desarrollan en el tratamiento de la melancolía en la Edad Media: el platonismo agustiniano y el aristotelismo tomista. Uno de los aportes originales de este periodo será la importancia concedida a los espíritus (natural, vital y animal).

Herederos del neuma estoico, estos constituyentes físicos son portadores de las fuerzas o virtudes, actúan como mediadores entre el alma y el cuerpo. Este vínculo entre espíritus y el alma generará controversias en el mundo fuertemente cristianizado de Occidente. Así, se intenta sostener en la Edad Media, con la complejidad que implica, que el cuerpo humano está compuesto por los humores, los miembros, las complexiones y los espíritus. Isak ibn-Imram, en De melancolía, clasificará la enfermedad en tres formas: la que nace del cerebro, la que difunde a él proveniente de todo el cuerpo y la que nace en el estómago. Avicena habla de multiplicidad de síntomas y modulación sutil de las causas; Gordon señala que puede manifestarse a través de “millones de signos” y las cada vez más frecuentes descripciones de melancólicos que se transforman en maniacos harán que para el Renacimiento la melancolía abarque un campo cada vez más vasto hasta llegar a lo que hoy se ha dado en llamar alienación mental.

Con el cristianismo medieval se retornará a las ideas platónicas y aristotélicas que habían sido dejadas de lado por estoicos y epicúreos. Si el cristianismo marcará definitivamente la historia de Occidente, no lo hará menos ni en relación con la melancolía, ni con la psicopatología en general. Es en Agustín y Tomás donde podemos leer algo sobre los orígenes de los padecimientos del alma o afectos. Pero en este punto vale la pena preguntarse: ¿en qué difieren los “trastornos del humor” y las “pasiones del alma”? Podremos ubicar mejor este tránsito entre una entidad si lo hacemos correr desde la noción psiquiátrica del humor, con sus raíces hipocráticas, a la noción psicoanalítica de afecto, lo que necesariamente, aunque de manera tangencial, nos hará hacer un deslinde de esa noción tan socorrida en la psicología llamada emoción.

Atendiendo a la teoría de los humores, que se atribuye a Hipócrates (460-380 a.C.), se sostenía la idea de que la salud era efecto del equilibrio entre ciertos humores o sustancias, en particular cuatro: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra, con sus cuatro cualidades correspondientes (caliente, frío, seco y húmedo) y sus combinaciones. Estos humores eran los causantes de los temperamentos del hombre. Si dominaba la sangre generaba el tipo sanguíneo, donde se mezclan el calor y lo húmedo; si era el de la flema o moco, donde se combinan lo frío y húmedo, el tipo era flemático; si en cambio era el de la bilis amarilla, donde predomina lo caliente y seco, da el tipo de los coléricos, y si se trataba de la bilis negra, donde se combinan lo frío y lo seco, entonces se presentaban los estados melancólicos.

Sin duda, es Sigmund Freud quien introduce una visión moderna de la melancolía. Para el maestro vienés —según escribe en lo que se conoce como “Manuscrito G”— “el afecto correspondiente a la melancolía es el duelo, o sea, la añoranza de algo perdido. Por tanto, acaso se trate en la melancolía de una pérdida, producida dentro de la vida pulsional”. Esta pérdida será presentada con una baja en la investidura libidinal con la que cada persona habita su mundo.

La psicología, perdida como con frecuencia le ocurre, apela a la motivación y la simple voluntad para poder “superar” la “baja autoestima”, mientras que la psiquiatría, al suponer un daño orgánico, supone que puede revertirse la depresión si se logra un equilibrio neuro-físico-químico. El psicoanálisis, con Lacan la ubica como una “cobardía moral”, como una enfermedad de la palabra y se propone escuchar el dolor de existir que aqueja al sujeto.

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