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La degradación de la vida amorosa: los fantasmas inéditos

· agosto 18, 2017

 

Antonio Bello Quiroz

 

El psicoanálisis es la última flor del capitalismo. Jacques Lacan.

 

Algunas nociones que se usan en el campo “Psic” no pertenecen al campo de la llamada salud mental sino al de la economía, como es el caso del término depresión, surgido durante la crisis del 29 en los Estados Unidos.

Pero si algo cruza la era del gran capital es el término globalización, que surgió del mundo bursátil en los años setenta para describir las formas en que, a nivel mundial, se empezaban a producir y distribuir las mercancías. Proveniente del campo de la economía, muy pronto el concepto fue introducido en los estudios de las ciencias sociales, fundamentalmente en la sociología y la geografía. En las llamadas ciencias humanas, las disciplinas punta de lanza del nuevo concepto fueron la antropología académica, la psicología y, fundamentalmente, la psiquiatría.

Las empresas trasnacionales, lo sabemos, han sido las mayores beneficiarias de estos nuevos esquemas de producción y distribución de las mercancías, las materias primas, el dinero y las personas más allá de las siempre imaginarias fronteras, trayendo como consecuencia más palpable la posibilidad de la desaparición del estado-nación. Sin profundizar demasiado, porque sólo se trata aquí de encontrar los elementos que nos permitan entender las pautas y ritmos en que se sostienen los lazos sociales contemporáneos, la globalización también es utilizada para definir las estrategias de acumulación del capital y tasas de comercio fijas entre diversas naciones.

Con la noción de globalización algunas otras propuestas o consecuencias se han venido desarrollando; algunas incluso han resultado premonitorias y a lo largo de los años las hemos venido viendo instalarse, tal es caso de, por ejemplo, la noción de “el fin de la historia” o “el final de la geografía”, fundadas ambas en tres sucesos: el advenimiento del capitalismo global, el fin o caída del bloque comunista y la creación de nuevas tecnologías de la información.

Para los defensores de la globalización, paladines del libre comercio, cofrades de lo puro, las nociones como estado-nación y la soberanía nacional se volvieron anacrónicas. Para ellos, los movimientos del capital son inevitables, el mercado mundial es el que deberá marcar los rumbos de la economía, y de ahí se desprende el neoliberalismo como uno de sus derivados ideológicos, sostenido en el libre mercado, los flujos libres de capital y la privatización.

Sabemos que con lo que se ha dado en llamar posmodernidad se ha preconizado una noción que resulta por lo menos ambigua: se ha dejado correr la idea de “el fin de la historia”, es decir, donde los relatos o metarrelatos llegan a su fin; estos movimientos contemporáneos, más bien de carácter económico y social, no han transcurrido sin dejar su huella en las subjetividades que se escuchan en la actualidad en el espacio clínico.

Para signar lo que la época nos hace vivir, Sigmund Freud acuñó en 1930 la idea de malestar en la cultura, aunque quizá sea más preciso pensar malestar como “desasosiego” para señalar el estado de ánimo propio de la época que nos corresponde habitar. Lo hace justo en el momento en que en el otro lado del mundo se vive una de las mayores crisis económicas que se recuerden: la gran depresión del 29.

Hablo de nuestra época, aunque lo planteado por el inventor del psicoanálisis es de 1930, es decir, cae dentro de ese poco más de un siglo en que el psicoanálisis se ha hecho escuchar.

Hablar de la cultura es, entre otras cosas, partir de la subjetividad de la época. Una cultura es un modo común de goce, del límite del goce incluso. Freud decía: “El precio que hay que pagar para el progreso de la cultura es una pérdida de felicidad, por la elevación del sentimiento de culpabilidad.”

Como sabemos, Freud sitúa en el centro de la cultura al superyó como exigencia y mandato de renuncia pulsional. Lacan reformula este mandato diciendo que el superyó es un imperativo de goce. Ese imperativo se encuentra ahora sometido a las leyes del mercado, sostenido por el consumo de todo lo que se puedan imaginar.

Ante esta realidad del lazo social, la consigna de Lacan es: angustiar pero no desculpabilizar. Freud en el “Malestar en la cultura” dice: “Acaso venga a cuento aquí la puntualización de que el sentimiento de culpa no es en el fondo sino una variante tópica de la angustia, y que en sus fases más tardías coincide enteramente con la angustia frente al superyó.”

Como podemos ver, el concepto de angustia con Lacan también cambia respecto a Freud. El malestar en la cultura actual no es idéntico al malestar en los tiempos de Freud. En la época en que Freud analizaba existía una subjetividad sostenida por unos ideales y donde los nombres-del-padre operaban con mayor eficacia. El superyó freudiano gira en torno a los significantes del Otro bajo la forma de la deuda y de la culpa.

Si la subjetividad del siglo pasado era soñar el deseo insatisfecho. La subjetividad actual se encuentra más cercana al dormir, a la apatía e incluso la inhibición; así tenemos un deseo anoréxico, bulímico o adicto y la renuncia pulsional ha dado paso al consumismo activo en un intento de taponar la causa del deseo.

Si una cultura es un modo común de goce, la actual promueve el goce autista. Estamos ante sujetos que se dedican a las satisfacciones propias, en cualquier campo, sea profesional, amoroso, sexual. Ante esto, C. Soler propone pensar en una época denominada por una ética nar-cinista, palabra que une narcisismo y cinismo.

Freud manifestaba que el malestar es estructural, pero las formas que adopta esta angustia, y los síntomas en general, dependen del devenir de la cultura y por eso el psicoanálisis no constituye una teoría única y uniforme. Las respuestas que el psicoanálisis puede dar están en función de la historia y de la época en que el sujeto humano va sufriendo los cambios sociales que cada periodo histórico nos trae.

Si bien es cierto que la pulsión no depende de la época, y así las clínicas de Freud y Lacan se conciben como a-históricas, sobre todo a partir de las llamadas estructuras (neurosis, psicosis y perversión), la envoltura formal del síntoma, o los modos de padecimiento subjetivo, sí depende de cada momento histórico.

Si nos referimos a un aspecto del malestar en la cultura que resulta recurrente en la escucha clínica: los avatares de la vida amorosa, nos encontramos con que cada época tiene sus sufrimientos y su erótica, viene con sus objetos y sus ficciones acerca de la pasión amorosa. Las construcciones amorosas de cada época, como enseña Lacan, mantienen como función básica velar la inexistencia de la relación sexual, entendida ésta como armonía sexual prestablecida, llenando ese vacío con palabras, imágenes y objetos que lo cubran.

 

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