Cúmulo Obseso / Aarón B. López Feldman
En entregas pasadas propuse que el arma de las ciencias sociales, su instrumento de batalla, no son las teorías (menos aún los libros, los autores, las universidades o los académicos), sino el acto, inestable y tenso, de teorizar. A caballo entre el relativismo ingenuo (para el cual todas las teorías pesan lo mismo y somos libres de elegirlas al gusto) y el positivismo lógico (para el cual las teorías son estructuras objetivamente puras), teorizar es, ante todo, asumir que sí hay teorías mejores que otras, pero no por su coherencia interna o porque se adecuen bien a lo que se quiere estudiar, sino porque tienen ciertos efectos sobre lo real, es decir, porque visibilizan y ponen en juego dimensiones de lo real que otras teorías niegan, reducen u ocultan. La elección de teorías es, entonces, una práctica política y en permanente tensión, que requiere siempre ser argumentada, puesta en prueba y transformada.
Asumí, también, que para nombrar lo social, para delimitarlo y comprenderlo, requerimos de mediaciones, de puentes, de operaciones del pensamiento, y esas operaciones son de carácter metafórico (es decir, son relaciones de sentido basadas en la comparación y las semejanzas). Lo social no es, lo social se nombra en tanto se parece a otra cosa (un organismo vivo, una construcción, una red o, como en la pregunta de esta entrega, un texto). Por ello, el inestable y tenso acto de teorizar implica decidir entre metáforas de lo social. Ninguna de esas grandes metáforas cubre todas las dimensiones de la realidad. Lejos de lo neutral, cada una de ellas visibiliza dimensiones de lo social al tiempo que invisibiliza otras. Y este juego de visibilización e invisibilización se traduce en decisiones concretas sobre los procedimientos metodológicos y las unidades de análisis.
Argumenté, por último, que el pensamiento metafórico en que se basan las ciencias sociales es, al mismo tiempo, poderoso y peligroso. Es poderoso porque las relaciones de semejanza (al no ser directas ni exactas) permiten hablar de lo social desde lugares inéditos e insospechados, es decir, permiten jugar con los límites de lo posible y de lo imposible. Pero el pensamiento metafórico también es peligroso cuando olvidamos (y solemos hacerlo con mucha frecuencia) que la semejanza no es en sí misma lo real social, no lo sustituye ni lo agota. Este olvido, producido cotidianamente, ocurre cuando las teorías se enseñan, se practican y se reproducen no como herramientas parciales del pensamiento que tratan de abarcar lo inabarcable (la realidad social en sus múltiples niveles), sino como si fueran, parafraseando a Bourdieu, divisiones reales de lo real. No es raro que los practicantes de las sociales, en todos sus niveles, confundamos las metáforas que articulan nuestros procedimientos de conocimiento con la definición misma de lo real.
Con estas bases, podemos tomar postura ante una de las metáforas que, desde la década de los setenta, ha dominado buena parte de las formas de ver de las ciencias sociales: la cultura como un texto. Si, en los años cincuenta del siglo pasado, un científico social pensaba en “la cultura” le venía a la mente una totalidad relativamente coherente, aprehensible a través del estudio del comportamiento de sus miembros. Hoy, por el contrario, el científico social suele pensar en flujos de sentido, signos, estrategias narrativas, textos interpretables a través del estudio de sus redes de significación.
Alimentándose del estructuralismo, de la hermenéutica de Ricoeur y de la sociología comprensiva de Max Weber, el antropólogo estadounidense Clifford Geertz propuso, a inicios de la década de los setenta, la noción más conocida de la cultura como un texto que debe ser re-interpretado por el investigador: “Hacer etnografía es como tratar de leer (en el sentido de ‘interpretar un texto’) un manuscrito extranjero, borroso, plagado de elipsis, de incoherencias, de sospechosas enmiendas y de comentarios tendenciosos y además escrito, no en las grafías convencionales de representación sonora, sino en ejemplos volátiles de conducta modelada”, afirmaba Geertz.
De cierto modo, los sociólogos y antropólogos neomarxistas han construido sus posiciones teóricas oponiéndose o complementando la metáfora textual. Una de las críticas, quizá la más sólida, proviene de otro antropólogo estadounidense, pero de tradición materialista, William Roseberry. El problema con esta metáfora, nos dice Roseberry, es que nos hace ver al “texto” cultural como un producto coherente, sistemático y en equilibrio, al tiempo que oculta su proceso de producción, sus conflictos y desigualdades. Si la cultura es como un texto, hay que preguntarse quién lo está escribiendo, desde dónde y para qué. Esto no significa reducir el texto a sus intenciones o a una voluntad creadora, plenamente consciente de sí misma, sino dotarlo de una dimensión procesual, recuperando las relaciones de poder que lo constituyen, sus diferencias y asimetrías; es decir, su historia. “Si la cultura es un texto, no es el texto de todos”, remata Roseberry.
Hoy, cuando un practicante de las ciencias sociales afirma que la cultura es un texto, está reproduciendo un doble olvido: el olvido de la naturaleza parcial, aproximada, de lo metafórico; y el olvido de las asimetrías, desigualdades y procesos que no se reducen a lo textual, aunque lo constituyen. La cultura no es un texto, la cultura puede ser analizada como un texto, pero no sólo como un texto. Como decía un querido profesor, las metáforas sirven hasta que dejan de servir.
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