Jéssica Aidé Pérez Pérez
Toda idea que surge de una inquietud está motivada, casi siempre, por un agente externo. La motivación emergió de una mujer madura, cuya boca de vez en cuando se entrecerraba rodeando el extremo de un cigarrillo. Mientras ella trataba de disipar el humo hacia la puerta del aula señaló con voz clara: “Si no tienen algo que decir, para qué están aquí.”
En aquel momento cierta incertidumbre me embargó: era como tener niebla en mis pensamientos. Pasé cuatro años de la carrera, entre profesores, exámenes, compañeros, acontecimientos sociales importantes, sin saber exactamente qué quería yo decir.
Tres años después, cuando creía haber apaciguado mi inquietud sobre este cuestionamiento, la perturbación volvió a mí con la frase: “La técnica sometida al espíritu”, una sentencia que forma parte del legado del padre José Sánchez Villaseñor, fundador de la primera licenciatura en Ciencias de la Comunicación en México.
Hace ya más de 50 años él concentró sus esfuerzos en sentar las primeras nociones de las entonces llamadas Ciencias y Técnicas de la Información, todo a través de la reflexión del mensaje y la responsabilidad que el discípulo de esta materia tiene para con el ser humano.
Las generaciones de estudiantes continuaron, se abrieron otras licenciaturas en el país, sin una trascendencia más allá de la que se dejó en una epístola publicada en la biografía de aquel jesuita (Ver L. Sánchez-Villaseñor, José Sánchez Villaseñor, S.J: 1911-1961. Notas biográficas, México, ITESO, 1997). Parece que hemos arrinconado el origen nacional de nuestra disciplina, pensando que se presenta como una consecuencia del advenimiento de la comunicación de masas, cuyo origen se remonta a la de década de los años sesenta en Estados Unidos y Europa Occidental.
Ahora bien, en ese sentido teórico el objeto de estudio de nuestra disciplina es la comunicación humana, aunque al parecer lo humano ha quedado de lado para prestar toda su atención a la técnica de emisión de mensajes; es decir, nos concentramos en el cómo lo decimos, sin ponderar en el para qué lo decimos, y aún peor, sin tomar en cuenta el por qué lo decimos. Emitimos los mensajes a diestra y siniestra, e inclinamos la balanza hacía esto último, sin reflexionar en las consecuencias de nuestros actos.
Y es que ahora manejamos y publicamos continuamente un sinnúmero de datos, algunas veces disfrazados de entretenimiento y otras más de información sesgada por la opinión de unos cuantos que disponen de nuestro decir. Vemos médicos encarnados por actores, recomendando la panacea para aliviar aquel padecimiento; reforzamos la idea del cuerpo falsamente perfecto; apelamos por el consumismo desmedido; promovemos videos e imágenes en las redes sociales en los que se denigra al ser humano. En fin, somos los arquitectos o proyectores del imaginario social, aquel que no encuentra un límite ético, nos convertimos en lo que ya afirmaba Plauto con la sentencia homo homine lupus: somos lobos simulando ser ovejas.
Es ahí donde los senderos se bifurcan: guiados por nuestra intuición escogemos el camino de lo material, arrastrados por los deseos superficiales, a veces resultado de voluntades ajenas, sin percatarnos del otro camino, aquel que nos conduce hacia el resguardo del espíritu, regido por los más altos valores del ser humano. Pero claro, para elegir tal sendero, aquel que nos permita separarnos de la opinión de la mayoría es necesaria la brújula del conocimiento, adquirida a través del desarrollo del pensamiento crítico y reflexivo del comunicólogo, algo poco fomentado en las universidades.
Pero, ¿existirá alguna herramienta que nos ayude en el perfeccionamiento de nuestro pensamiento? Claro que la hay, esa brújula que hemos extraviado en el transcurso de nuestro caminar se llama filosofía. Y corrijo, más que una simple herramienta tomada como una perspectiva distinta a la comunicación, es la razón que somete a la técnica; por ello es preciso encontrar un punto de convergencia entre ambas, crear una relación indisoluble manifestada en el quehacer del comunicólogo, ya que es menester convertirnos en entes de acción conducidos por el pensamiento crítico.
Sería ingenuo de mi parte creer que con sólo una asignatura más en los planes de estudio de las licenciaturas en comunicación se lograría transformar totalmente a la sociedad; no obstante, la introducción de un pensamiento crítico en cada clase, que a su vez se vea reforzado por el estudio de la filosofía, con especial atención en las siguientes ramas: ontología, lógica, estética y por supuesto ética, se generaría una mayor conciencia en la labor del profesionista en comunicación. Pues, qué sentido tendría nuestro quehacer si no es el de servir a los demás. Por eso nuestro mensaje debe llegar a los ojos y oídos de aquellos hombres que, en palabras del padre Sánchez Villaseñor, comprenden al “hombre de hoy, al hombre anónimo, al hombre angustiado, extrovertido y disperso en las mil solicitudes del dramático y complejo saber cotidiano”, todo con el fin de abrir paso al progreso social reflejado en la opinión pública encabezada por los creadores de mensajes. Porque ¿qué mayor influencia existe en la actualidad que la que generan los medios de comunicación?
Periodistas, investigadores, semiólogos, relacionistas públicos, locutores, community managers, consultores, presentadores, asesores, promotores culturales, publicistas, reiteremos nuestro compromiso como heraldos de la humanidad al servicio de la misma. No sometamos al hombre a una mirada no sinóptica del entorno, donde sólo proyectemos sombras de lo que es en realidad el mundo.









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