Juan Daniel Flores
Ésta debe ser una tristeza urbana.
Los edificios no dialogan
y el cansancio silba. Niños piden limosna y
no huelen a gardenia. Allí, secos. Juan Gelman
La penúltima de marzo, me di una vuelta por la antigua calle de la Central de Abastos, hoy 3 Oriente. Fui al Museo Universitario. En el segundo piso había una exposición de fotografía acerca de tres barrios icónicos en la ciudad: Analco, La Luz y El Alto.
Debo decir que mucho de mi decisión de ir fue por la insistencia de mi buen amigo Faustino Sánchez, ilustre psicoanalista, psicólogo deportivo y fan de la Franja. Después de pagar diez pesotes, entré a la primera sala, después a la segunda y de allí hasta la cuarta.
Salí de aquella casona (hoy museo, antes bar y restaurante) con muchos sentimientos encontrados.
Me pregunté lo inevitable: ¿Dónde se nos perdió la ciudad? ¿Para quién o quiénes ha significado tan poco una ciudad como ésta?
Nos puede ganar la nostalgia o el romanticismo, y suspirar por lo que nunca volverá a ser. Una mujer podrá ser mejor o peor, pero nunca igual. También así es la ciudad.
Una ciudad que desde hace más de 35 años no tiene ni pies ni cabeza. Sexenios van, trienios vienen. Del poder y de esos empresarios de voto, bótox y visa ya no asombra nada.
Pero el poder político tiene sus asideros en la desidia y la indiferencia popular que cunden tanto en los pasillos universitarios como en las alcantarillas del perpetuo ambulantaje. Todo es política y todo es político.
El despojo, la expoliación y el desmantelamiento de las zonas socio-históricas de una ciudad como ésta se entiende no sólo desde las ocurrencias del poder político y sus negocios inmobiliarios, o desde la alegre mexicanidad de inocentes vendediscos en la 10 Poniente que se apropian por igual de casas, banquetas y calles enteras. También se entiende a partir de ese “sí” silencioso y omisivo en que miles de transeúntes, usuarios de transporte, trabajadores, profesionistas, desempleados, “doctores en juan pitaya”, comerciantes, humanistas de cuello blanco, profesores y gente a pie han decidido dar día a día desde hace al menos tres décadas como un sí individualista.
El único medio seguro de dominar una
ciudad acostumbrada a vivir libre
es destruirla. Nicolás Maquiavelo
En la agonizante vida de los barrios, en los hábitos de diversión de fin de semana, en la dinámica etílica de muchos escolares al salir de su jornada de aprendizaje, o dentro de ella en un alegre día de pinta, en el trajín del derrotero ominoso y carísimo del metrobús poblano, en todos los significados inmersos en el consumo de lo cultural en bares, plazas e instituciones públicas, en la práctica cotidiana de evidente corrupción en la relación ciudadano-autoridad. En todo esto se puede entender por qué, donde pudiera sobrevivir una lógica ética de alteridad y de deseo por un entorno sobrio o al menos equilibrado y no tan decadente, no hay más que lo que actualmente tenemos de la que alguna vez fue la ciudad mejor trazada de la Nueva España.
La responsabilidad de la violencia latente en la convivencia social y en la voracidad de las cadenas inmobiliarias y de consumo turístico, que igual destruyen vecindades y casonas, es colectiva. Hoy la responsabilidad es un asunto de simbiosis, de hacerse de la vista gorda entre mi pobreza, la pobreza de los otros y la aspiración de servir alegremente al poder. Al fin que en una ciudad todo se vende.
Ante los ojos de todos se viola, se mata y se ultraja todos los días. La modernización no pide mucho y promete todo. Todo es objeto de consumo y de felicidad.
¡Vaya cosa! Puedes incluso teorizar o filosofar acerca de la injusticia social o de la idiotez de la política en detrimento de los pobres ciudadanos, a la vez que te tomas un café artesanal en vaso de plástico en una cafetería donde puedes llevar a tu perro.
Pensar maquiavélicamente a la ciudad es lo correcto para sus barrios, para su centro histórico, para sus viejas costumbres de polvo y cedro. Eso es lo correcto para el político, el ciudadano de a pie y el intelectual orgánico. Porque, ¿a quién le importa una ciudad como ésta si no es para llevarla de adorno en un llavero o en una foto antigua?
Pensar maquiavélicamente la ciudad es lo correcto para todos. Especialmente para las nuevas generaciones y para uno que otro profe (joven) universitario, que no le interesa la historia, ni los barrios, ni los llaveros con ciudades antiguas. Lo que ahora importa es reciclar, ser modernos y felices.
Recordando a Amaury, pienso en el cumpleaños de una ciudad como ésta y que estas palabras me las cantan las imágenes de Analco, La Luz y El Alto que vi en esa exposición de Lourdes Pérez de Ovando.
Acuérdate de mí, si abril te llega
tendida, fiel y amada en otros brazos
acuérdate de mí, si abril volviera
con nuevo traje y nuevo lazo.
Acuérdate de mí, cuando el otoño
le dé paso a la primavera…









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