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“La ciencia no funciona así”

· julio 31, 2020

Luisa Margarita Miranda Barbotó

 

En varias ocasiones el subsecretario de Salud mexicano Hugo López Gatell, responsable de coordinar la estrategia contra la pandemia del SARS COV-2 en nuestro país, ha referido en su conferencia vespertina “la ciencia no funciona así”, ante las reiteradas preguntas ¿debemos o no usar cubrebocas?, ¿por qué fallaron las proyecciones?, ¿en cuántos meses tendremos una vacuna?, ¿cuál es el mejor tratamiento contra el virus?

Para la mayoría de los mexicanos, que nunca había estado expuesta a información sobre cómo funciona el sistema de salud en México y mucho menos de cómo funciona la ciencia (incluyendo a los reporteros que diariamente acuden a Palacio Nacional), las explicaciones del funcionario resultan por demás complejas, contradictorias y hasta confusas.

Explicar cómo funciona la ciencia no es tan fácil, porque para ello primero habría que hablar sobre los mitos y las idealizaciones que aún persisten en torno a ella. Pese a lo que muchos creen, la ciencia no es un conocimiento ni absoluto ni acabado. Por el contrario, se trabaja con prueba y error y siempre está abierta a revisión.

Por eso hoy podemos ver decenas de artículos científicos sobre el Covid-19 (varios sin someterse a revisión de pares, debido a la premura por generar conocimiento), que parecen contradecirse unos con otros, o plantear resultados que no son lo suficientemente contundentes como la sociedad quisiera y que terminan polarizando a los funcionarios públicos, a los científicos y a la opinión pública que siente que debe tomar partido por unos u otros. ¿Funciona o no el cubrebocas? ¿Remdesivir o dexametasona? ¿El virus se transmite por el aire o por el contacto con otra persona?

Si partirmos de ver a la ciencia como una construcción humana con aciertos y errores, no podemos decir que sea absoluta, objetiva y neutral, pues se desarrolla en contextos históricos, económicos, políticos que ejercen su influencia sobre ella y viceversa. El historiador Melvin Kranzberg decía que “la tecnología no es ni buena ni mala, pero tampoco es neutra”, y esta frase también puede aplicarse a la ciencia.

Sin duda uno de los más importantes textos que ha sostenido la idealización de la ciencia es el escrito por el sociológo estadounidense Robert Merton, quien en 1942 publicó La estuctura normativa de la ciencia, en donde explica los cuatro elementos que componen su ethos: 1) Universalismo, en el que se refiere a que las pretensiones a la verdad deben ser sometidas a criterios impersonales preestablecidos. 2) Comunitarismo, pues los descubrimientos de la ciencia son un producto de la colaboración social y son asignados a la comunidad. 3) Desinterés, ya que en la ciencia, al someterse a la verificabilidad de resultados, es prácticamente imposible que exista fraude o posibilidad de conductas fraudulentas en su realización. 4) Escepticismo organizado, ya que el investigador científico no respeta la brecha entre lo sagrado y lo profano, pues para él todo debe ser sometido a un análisis crítico y todo debe ser verificado.

Sin embargo, como relata Pablo Kreimer en su libro De probetas, computadoras y ratones: la construcción de una mirada sociológica sobre la ciencia, “sería posible hacer una lectura de las caracterizaciones del ethos de la ciencia en el sentido de la construcción de tipos ideales en la acepción weberiana (o en Kant: ideas reguladoras)”; sin embargo, lo que hace Merton y lo confirma en publicaciones posteriores es “considerar estos conjuntos normativos como ‘reales’ y en consecuencia son tomados como ‘punto de partida’ para explicar la conducta desviada, más que como parte de un ‘sistema de creencias’ que necesita ser verificado”.

Prácticamente esta idea perfecta sobre cómo funciona la ciencia recibió una sacudida cuando, en 1962, el físico y filósofo de la ciencia Thomas Kuhn publicó La estructura de las revoluciones científicas, un análisis sociológico que para muchos fue un parteaguas en la forma de entenderla y describirla.

Kuhn planteó en su libro el término de paradigma, que aunque resulta algo complejo, autores como el Dr. Ismael Ledesma lo resumen así: “Es un conjunto de conceptos, una teoría, una tradición instrumental (técnica), un modelo que valida y unifica a una disciplina científica en un momento histórico determinado”.

Es decir, la mayor parte del tiempo funciona la ciencia normal, los científicos trabajan bajo la lógica de ese paradigma, pero mientras más investigación se realiza, se puede llegar a una anomalía, y entre más anomalías se presenten se llegará a una crisis y con ello al debilitamiento del paradigma minado por la construcción de una ciencia revolucionaria o extraordinaria que da paso al establecimiento de un nuevo paradigma.

La base de esto son los acuerdos de las comunidades científicas en la construcción de la ciencia. “Un paradigma es lo que comparten los miembros de una comunidad científica y, a la inversa, una comunidad científica consiste en unas personas que comparten un paradigma”, dice Kuhn.

Sin embargo, esta concepción sociológica de la ciencia no fue tan bien recibida por los científicos de las ciencias naturales, a diferencia de los de las ciencias sociales. Aunque, como dice el Dr. Ismael Ledesma Mateos, con Kuhn se abrió la caja de pandora y decenas de estudios con una mirada no clásica sobre la ciencia empezaron a emerger.

Uno de ellos fue el que publicó, a finales de los setenta, el autor francés Bruno Latour junto con Steve Woolgar, La vida en el laboratorio. La construcción social de los hechos científicos, una investigación etnográfica realizada durante su posdoctorado en un laboratorio del Instituto Salk (La Jolla, California, EU). Durante dos años observó la actividad de un grupo de científicos que trabajaban en neuroendocrinología. Describió las tensiones, los roles de poder, las prácticas cotidianas, es decir los aspectos antropológicos, sociológicos y sicológicos, algo que era impensable conocer para cualquiera ajeno a ese espacio.

Es decir, la ciencia como una construcción social, donde los hechos científicos se construyen mediante una serie de procesos que le dan validez a lo generado en ese contexto, con esas características y en ese entorno en particular; no se inventa nada, pero tampoco se descubre nada.

Por eso resulta extraño escuchar a las personas, obviamente ajenas y que jamás han pisado un laboratorio, esperar ansiosas que los científicos “descubran” una cura o una vacuna contra la Covid-19.

A esta visión distorsionada de la ciencia debemos sumarle el mito de que existe un método científico que le da ese carácter de cientificidad y objetividad que permite a las comunidades lograr los grandes e inocuos “descubrimientos”.

El método científico es otra idealización de la ciencia, pero que en realidad se resume en acuerdos a los que llega la comunidad científica o la postura del grupo que se imponga por encima de los demás.

No existe una serie de pasos para generar conocimiento, no hay un orden en una investigación, no siempre se parte de observar, plantear una hipótesis, experimentar. Incluso, pueden no estar todos los pasos, como ocurre con los astrofísicos que sólo pueden observar, pues es imposible que puedan experimentar manipulando planetas o estrellas.

A fin de cuentas la ciencia es una actividad como cualquier otra, hecha por seres humanos, porque como dice Kreimer, “los científicos también son seres humanos”, con aciertos y con errores.

 

Referencia:

Kreimer, Pablo. De probetas, computadoras y ratones: La construcción de una mirada

sociológica sobre la ciencia. Universidad Nacional de Quilmes, Buenos Aires, 1999.

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