Nick Cave
Nashville
Tennessee
Un niño trepa a un montículo a la orilla de un río. Se mete en
un puente de ferrocarril. Tiene doce años.
Se arrodilla, bajo un sol abrasador, y pega la oreja a la vía. La
vía no vibra. No se acerca ningún tren desde la curva que hay
al otro lado del río.
El niño empieza a correr por las vías. Llega hasta el centro del
puente. Va hasta el borde y mira hacia abajo, al río cenagoso.
A la izquierda hay un pilote de hormigón que sostiene el
puente. A la derecha, un árbol a medio talar se extiende sobre
el río; sus ramas se meten en el agua oscura. En medio hay un
pequeño espacio de unos ciento veinte centímetros de ancho.
Le han dicho que es posible tirarse en ese lugar, pero él no
está seguro, pues nunca ha visto a nadie hacerlo.
Las piedras de debajo de sus pies comienzan a temblar. Se
agacha y vuelve a pegar la oreja a la vía.
La vía empieza a vibrar. El tren se acerca.
Mira al agua oscura y cenagosa. El corazón le late con fuerza.
*
El niño no se da cuenta de que no es un niño en absoluto, sino
más bien el recuerdo de un niño.
Es el recuerdo de un niño que atraviesa la mente de un hombre
que está en una suite del Hotel Intercontinental, en el
centro de Nashville (Tennessee), al que le están poniendo
en el muslo una inyección de esteroides que transformará al
cantante griposo y afectado por el jet-lag en una deidad.
En tres horas saldrá a toda prisa de la habitación del hotel.
Avanzará por la ciudad vacía, cruzando ríos enormes, condu-
ciendo a través de praderas vacías, por unas tremendas auto-
pistas de muchos carriles, bajo el cielo del atardecer, como un
pequeño dios, para estar con ustedes esta noche.
Manchester
Tennessee
Y saldré al escenario del Festival Bonnaroo de Manchester
(Tennessee), y seré objeto de una gran fascinación por parte
de casi nadie. La multitud aturdida irá sin rumbo de un lado
a otro por los campos y el sol poniente inundará el lugar con
un fuego naranja. Después de la actuación, me sentaré al aire
libre, en las escaleras de nuestro autocar, a fumar.
En el camino de vuelta a Nashville, nuestra camioneta ten-
drá que pararse dos horas, en la autopista, junto a la escena
de un terrible accidente de tráfico. Miraremos cómo las am-
bulancias y los coches de policía reducen la velocidad en las
resbaladizas carreteras. Veremos un helicóptero que revolo-
tea sobre nosotros y con su foco reflector corta la oscuridad
de la noche. Durante una hora nos quedaremos sentados en
silencio en la camioneta, fumando y bebiendo. Al final, nues-
tro tour manager saldrá del vehículo para investigar. Al volver,
contará que han chocado dos vehículos, un poco más adelan-
te, y que hay una chica decapitada tirada en la carretera.
Me quedaré dormido en la parte de atrás de la camioneta, y
no me despertaré hasta que el vehículo no empiece a moverse
lentamente. Por la ventanilla veré el cuerpo decapitado tirado
en la carretera, cubierto con una sombría y abultada sábana
de plástico azul.
Estaré tirando de un hilo que sobresale de la manga de mi
chaqueta durante todo el camino de vuelta hasta el Sheraton,
en el centro de Nashville. Tirando, tirando, tirando.
Un ángel desplegará las alas y me hablará al oído.
Tienes que dar el primer paso tú solo.
Después el ángel me dará un empujoncito y me enviará hacia
lo desconocido.
Así es como empezaré “La canción de la bolsa para el mareo”.
——
Fragmento del libro La canción de la bolsa para el mareo, Sexto Piso, España, 2015.









No Comments