Juan Daniel Flores
2:50. Se escuchan tres disparos. Las 3 de la mañana y todo sereno.
—Ha de ser allá abajo, en el mercado.
Dicen que por todos lados está igual: violencia, miadas de perro, calles viejas, autos de lujo en grandes avenidas, desempleo, tacos árabes a las 10 de la mañana, gente morena queriendo ser blanca, cables enredados, cortinas de metal grafiteadas. La vida y la muerte en vivo y a todo color.
Ahora recuerdo a un amigo que vivió mucho tiempo en una barraca, uno de ésos que la mitología urbana cuenta que no encontró trabajo de contador, su tiendita quebró y terminó en la indigencia.
Una tarde que bebíamos Flor de Caña con coquita, él me contó de la calle donde vivía. No sé qué tanto es de su cosecha y qué tanto es verdad.
Está calle se me hace única, me dijo, no creo que exista otra que se le parezca.
Queda a 35 minutos del centro histórico, caminando a paso normal, y a 20 en chinga. No tiene pavimento, adoquín, chapopote o concreto. Todas las de alrededor están pavimentadas menos ésta.
La casa de en medio tiene puerta eléctrica y está habitada por la familia del jubilado de la vocho. Hombre gordo, rutinario y aburrido. Tiene dos autos, tres hijos, un yerno mamón, una esposa y dos perros caros.
Don Vocho parece un gato de angora. Dicen las malas lenguas que cuando llegan las campañas políticas vota por el que va ganando. Cada seis o tres años luce una playera distinta, según sea el caso. Desde la altura de su auto, su esposa apenas mira de reojo a la gente de a pie.
Frente a esa casa vive una mujer que es doctora. Dicen que dejó al marido en la calle. El divorcio y la práctica médica suelen ser, para algunos, empresas muy rentables. Una vez escuché que la doctora afirmaba que era una buena madre, porque a sus hijos les ha dado coche, casa y una carrera. Ser médico sí deja. Especialmente si te vas al principio a un pueblo, les cobras por todo y te pagan con tierras. Ahí sí hay dinero.
Por cierto, la mayor parte de los vecinos tiene auto. La más jodida tiene una moto y un triciclo que usa para ir a vender mercancía al mercado. Una es robada, otra no.
Cuando se va la luz tarda un poco en volver porque el herrero, que vive casi al término de la calle, se roba perpetuamente la energía con un diablito que puso en el poste que alimenta a casi todos. Eso sí, paga puntualmente al trabajador de Comisión cada que viene a tomar la lectura. Trato es trato.
Frente a ese poste viven unas usureras que de manera muy gandalla se apropiaron de al menos diez metros de la calle. El gandallismo es una forma de vida.
En esta calle sobran perros y piedras, pero nunca he visto que se agarren a golpes. No falta el que saca las bocinas y pone las de banda, reggaeton y una que otra de Chepe Chepe a las 4 de la mañana.
A nadie fastidia el ruido de los vendedores de gas, el del pollero o el de la naranja. El ruido es parte de todo y hasta necesario para mantener lo pintoresco de la rutina.
Aquí los problemas colectivos tienen que ver con las inundaciones, porque el agua se mete a las casas, pero la gente hace lo de siempre: culpa al gobierno, a Dios y a la lluvia.
Casi nadie se junta para nada más, excepto para comprar en la tienda, donde el ambiente es festivo entre caguamas, galletas y dos kilos de huevo. Comprar y comer, comer y comprar en una calle que está a menos de 5 kilómetros del centro.
Así está el país.
Hemos aceptado que dentro de un auto la vida es menos riesgosa y que encerrados no corremos peligro.
Yo me encierro en mi cuchitril. Aquí nadie me molesta. Acaso sólo cuando llueve.
A veces huele a mota, supongo es del güey de aquí a lado, que porque lee mucho se siente poeta. Afea la calle ese cabrón; por su culpa van a creer los fuereños que está es la calle más fea de México.
En fin, nunca falta el prietito en el arroz.
…porque sólo con palabras construimos al mundo y sin ellas no hay ciudad.









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