Pablo Manuel Rojas Aguilar
La belleza ha abandonado este mundo. Nos ha dejado indefensos como a un huérfano en la jungla del devenir, donde las revoluciones concéntricas del fuego de Heráclito girarán nuestras almas incesantemente. La belleza se fue, se extravió en el torbellino de símbolos, en la intersección de esas redes crecientes del tiempo, donde puede apreciarse ínfimamente ese punto inmemorial que es el instante.
El cosmos se ha sumergido en una crisis vertiginosa, en la cual las Ideas no llegan a ser, pues el ritmo acelerado del tiempo ha colocado un velo en nuestros ojos, que nos hace caminar sin percibir, de manera alguna, un solo dejo de exaltación.
No debe pensar el lector, sin embargo, que la belleza ha muerto como el dios de Nietzsche; sólo se ha ocultado a nuestra vista, a nuestro oído, a fin de refutar los cánones de Hesíodo y de Homero. Es decir, la belleza ya no debe percibirse solamente en las fuentes, en las flores, en las crines del caballo ni en las mejillas ni el cabello de una doncella de tobillos delgados; sino en un impulso, en una especie de intuición intelectual que alcanza el pensador para concebirla.
Por la falta de Ideas, el mundo se ha empobrecido y sus paisajes parecen, más bien, un impío museo inmóvil como el que soñaba Platón, porque el oneroso río simultáneo del tiempo ha obrado en él de manera incesante para desintegrar, con su carrera, la sensibilidad y el pensamiento de una intuición que, apenas nace, es fulminada.
Por lo tanto, este lugar, acaso absurdo en sí mismo, requiere de caballeros y damas gentiles que rescaten de su acción intensa, empapados en las aguas de la fugacidad, un rasgo trascendente que prevalezca en la memoria.
He aquí la labor del artista.









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