Yves Bonnefoy
Mi vocación naciente contribuyó, tengo que creerlo, a esa impresión de soledad que Élie, mi padre, sintió en sus últimos años. ¿Pero debo pensar que traicioné su espera? Puedo constatar en mi preocupación posterior una ambivalencia con relación a las palabras —afección por ellas, pero también desconfianza, el sentimiento de un aporte, pero también un engaño— que fue una manera, desafortunadamente demasiado tardía, de permanecer junto a él, de hablarle. Él está sin duda en el origen de la idea que me he hecho de la poesía, y que creo fundamentada, un pensamiento de la contradicción que en ella se aloja y que la estimula.
¿Qué hice, en los años que siguieron a su muerte temprana? Por supuesto, primero embriagarme de palabras, caminar con dificultad en sus sombras y sus luces entrelazadas, hacerlas mi sueño, creer presentir, gracias a ellas, esbozos de poemas, una realidad del ser mayor que la que experimentaba en este mundo. Y permanecí mucho tiempo —a veces lo estoy todavía— prisionero de ese engaño. Fue eso lo que me hizo creer, durante todo un momento, que una consciencia más avisada de ese absoluto había debido establecerse en algún momento del pasado terrestre en sociedades que, por ese hecho, permanecieron separadas del resto; y que en ese territorio interior, a veces quizá a dos pasos del lugar en donde estamos, hubo una actividad del espíritu más alta y satisfactoria que aquella de la que somos capaces en nuestro aquí. El Toirac de mi madre fue una de las causas de ese espejismo.
Pero mucho antes que esos pensamientos —inmerso como estaba todavía en aquello que llamamos infancia—, viví experiencias, emociones de una naturaleza completamente diferente. Fueron instantes, no el tiempo vago y fluyente de la ensoñación. Fue aquí donde yo estaba, y no allá, donde las palabras ya me llamaban, más allá del horizonte del mundo tal y como es. Y era de lo más ordinario, en lo más familiar de las situaciones de la vida, excepto porque a ello se agregaba la impresión de un surgimiento que obliteraba la realidad material: de pronto esos acontecimientos, esas cosas, sólo eran el acto, incomprensible, que los alzaba frente a mí.
Ya he evocado algunos de esos instantes en otros ensayos anteriores a éste, o en poemas; me vi obligado a hacerlo y volver a ellos porque son mi memoria más profunda. Y he aquí que tengo que detenerme en ellos otra vez, pero en un contexto que me permite comprenderlos mejor. Había, por ejemplo, un árbol aislado en la cima de la colina que, a dos o tres kilómetros, está frente a la casa de Toirac. Muchas veces miraba, con el deseo de un más allá, esa larga cima, sus piedras, su boscaje diseminado y, bruscamente, una tarde, ese árbol se me impuso, no como la parte de un lugar que me parecía bello, sino como un ser que se separaba de él, que incluso lo borraba, para gritar, en su soledad absoluta, el hecho de existir: estaba ahí, en ese ahora; habría podido no estar, no tener vida, un día no sería más, y su presencia debía por tanto vivirse como un enigma, un misterio, que él me había pedido dejar resonar en lo más profundo de mí, sustituyendo la mirada sobre la simple cosa por otra que sondearía un abismo por debajo de la apariencia.
En otra ocasión, en esos mismos años y en esa misma región, un canto de pájaro se separó de los otros para hablarme, pero sin dejar de ser sus pocas notas: la materia sonora se llenó de lo invisible, pero sin vaciarse de sí, excepto porque ya no era, otra vez, más que la inscripción de un enigma, el mismo enigma, en el lugar devastado de la existencia. Digamos que era una voz, rauca por ser ahora una voz en la belleza completamente exterior del mundo.
Y la más sorprendente de esas experiencias, la que me guio después en mis reflexiones sobre poesía, pintura o escultura: es de noche, volvemos de la granja cercana con la leche fresca, aparece en la entrada del pueblo la primera casa, una de sus ventanas está abierta a la claridad de una lámpara. Y veo ahí, figura negra recortándose en la luz, a un hombre de pie que se inclina sobre alguna tarea. ¡Qué arrebato! ¡Percibir el hecho de ser, tener el miedo de no ser, sentirse arrastrado hacia ese desconocido por el impulso de una solidaridad en el seno de una soledad de la que tomamos consciencia vertiginosa!
Ese hombre en su ventana, fuera del mundo, no era uno de los seres de los que me hablaba mi abecedario en sus imágenes arquetípicas: seres existentes, no cosas, y con los que yo tenía también una relación de existencia a existencia. Porque esas casas y bestias y hombres y mujeres del libro estaban, si así puedo decirlo, en mi trabajo de concepción de un mundo, estaban disponibles para mis deseos, modelados por ellos, ricamente revestidos de lo mejor de mis percepciones, mientras esta otra existencia, en la ventana iluminada, era un afuera, una extrañeza irreductible a todos mis saberes, una pregunta sin respuesta. Ya nunca más la plenitud imaginada en el seno de un más allá tal vez un día accesible, sino escalones escabulléndose bajo los pasos.
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Fragmento del ensayo autobiográfico del poeta francés, reproducido de Yves Bonnefoy, La bufanda roja, Traducción de Ernesto Kavi, Sexto Piso, España, 2018.









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