Karine Tinat
Si bien en el año 2008 se festejó el centenario del natalicio de Simone de Beauvoir, en 2009 celebramos los sesenta años de la publicación de El segundo sexo. Estos marcadores temporales constituyen los dos puntos de partida para redactar estas líneas y, sobre todo, conmemorar a la famosa escritora y filósofa francesa. En esta tarea de reactivación de la memoria, me planteé como meta reconstruir la vida y la obra de Simone de Beauvoir.
Escribo “la vida y la obra” porque, en el caso de esta autora, se sabe bien que son dos esferas inseparables. Beauvoir nos ofreció su propia visión de su vida en gran parte de sus libros; como numerosos personajes ilustres, “hizo de su vida una obra”.
Escribir la biografía de alguien para rendirle homenaje podría resultar una iniciativa sin mayor originalidad. Peor aún, se trata de un ejercicio relativamente utópico, como evidenció Bourdieu; debido a que abordar la vida como una historia, es decir, como un conjunto coherente de secuencias orientadas hacia un proyecto existencial, resultaría ser el producto de una ilusión retórica. Ahora bien, no todo es “pura ilusión” en esta reconstitución del conjunto. Como lo recuerda Estrada Saavedra en su estudio sobre Hannah Arendt, existe “una afinidad constitutiva” entre acción y narración, ya que “no existe historia sin acción, como tampoco puede haber una acción completa y plena de sentido sin su historia narrada”; y por lo de Estudios de la Mujer de El Colegio de México, el Programa Universitario de Estudios de Género, de la UNAM, y la Embajada de Francia en México, se realizaron en 2008 dos actividades con motivo del centenario del natalicio de Simone de Beauvoir: 1) el seminario de investigación “¿Cómo se hacen las mujeres en la obra de Beauvoir? y; 2) un coloquio internacional “Beauvoir no nació: se hizo…” Por tanto es importante tener en mente que una narración puede fundamentarse en acciones vivas reales enmarcadas temporal y espacialmente, y que estas acciones reales adquieren un sentido pleno gracias a la narración. Ahora, ¿en qué medida una biografía puede ser una narración “real” o decir la “verdad” de una vida? Fundada en hechos, sucesos y acciones que sí ocurrieron, una biografía desprende efectos reales; sin embargo, también cabe considerar que, como narración, una biografía es siempre una reconstrucción, la de una vida humana.
En el caso de Simone de Beauvoir, la primera reconstrucción la entregó ella misma. Relató su vida, primero de manera cronológica, desde su nacimiento hasta 1962, y más tarde de manera temática —de 1962 a 1972—. Cuando ella empezó a escribir las Memorias de una joven formal, se acercaba a los cincuenta años. Ya era una escritora famosa y sin duda su narración estuvo orientada por: 1) la imagen que quería dar a su público sobre sí misma; 2) sus propias creencias y las representaciones que tenía sobre su vida y; 3) la tensión que inevitablemente se instaló entre lo que ella había vivido y lo que ella reflexionó sobre lo que había vivido. Esto no significa que sus narraciones sean reconstrucciones totalmente libres, derivadas de la imaginación y la reflexión. Retomó minuciosamente los hechos reales y concretos y, a la hora de narrarlos, nos ofreció una versión, la suya. Sin lugar a dudas, reelaboró los sucesos para que su personalidad luciera aún mejor a través de ellos.
Después de leerla y releerla, mi hipótesis de partida consiste en que en sus escritos autobiográficos publicados, Beauvoir siempre comunicó el mensaje de que su vida había seguido una trayectoria ascensional, y ésta había sido la de una mujer fuerte emocional e intelectualmente. Aunque tanto su obra como su personalidad hayan sido blanco de críticas acerbas, tiendo a pensar que el hecho de que un número infinito de lectores se regocijó y sigue alegrándose de soñar con su palabra, viene de esta narración potente, inspirada en acciones reales concretas, así como en decisiones tomadas con clarividencia y firmeza. En este artículo mi objetivo específico es entonces el siguiente: quisiera observar qué factores —individuales, familiares, sociales y culturales— se conjugaron entre sí para que Simone de Beauvoir lograra hacerse quién fue, tal como su propia narración nos lo hizo ver.
Planteo la biografía como mi principal método. El ejercicio biográfico es complejo en la medida en que, como lo recuerda Madelénat, dos trampas lo amenazan: no se trata de escribir una biografía “novelada” que simularía la vida, pero que no respetaría los materiales a disposición, ni tampoco se trata de hacer una biografía “compilación” que, en un modo erudito, sumaría una multitud de materiales pero sin simular la vida. Espero no caer en estas dos trampas. Intento convertirme en una artesana de la existencia de Beauvoir para poner en escena los elementos pertinentes para la demostración, alargando o acelerando la interpretación, según creí conveniente.
Aunque coincida con la postura de Robbe-Grillet para decir que lo real es discontinuo y está formado por elementos yuxtapuestos a veces únicos y aleatorios, he decidido seguir el orden cronológico para abordar la vida de Beauvoir. Respetar la cronología no significa otorgar la misma importancia a cada año vivido, ni tampoco que no se identifiquen periodos bajo temáticas precisas. Si he seguido este orden fue porque me permitió resaltar mejor la ascensión profesional y social que caracteriza la trayectoria de Beauvoir.
Otra regla que me he impuesto es permanecer lo más cerca posible de la voz de Beauvoir y evitar recurrir a otras biografías sobre ella. Puedo justificar esto por tres razones principales. La primera es que muchas plumas de biógrafos ya se derramaron para reconstruir su vida y, por tanto, si redacto una nueva biografía, fundamentándome en biografías de otros autores, no sólo me apropio de la interpretación de otros, sino que mi escrito corre el peligro de tornarse una falsificación artificial por las múltiples “reconstrucciones de la reconstrucción” de los acontecimientos. La segunda razón es que, como lo subraya Becker, es imprescindible, para redactar una buena biografía, entrar en la vida de la persona estudiada e intentar ponerse en su lugar.
Agregaré que, al igual que el antropólogo busca la empatía con la población que radiografía, el biógrafo escucha atentamente al sujeto que estudia. Por último, si toda biografía es una reconstrucción y si Beauvoir fue la primera en entregar la suya, elijo entonces seguirla y asumir la ilusión del campo literario, pero sin dejar la oportunidad de mantener una mirada crítica cada vez que sea necesario.
Madelénat afirma: “Según el peso de los momentos y la naturaleza de las intrigas, el biógrafo opta por un relato informativo o un cuadro ilusionista y lujuriante”. Me he encontrado muchas veces delante de estas dos opciones, y así lo reflejan las trece secciones que ordenan este escrito. Éstas se articulan en dos momentos: primero, reconstruyo el “trozo de vida” de Beauvoir en el que elijo enfocarme, seleccionando los acontecimientos, así como los personajes que la rodearon en ese momento —la extensión de un artículo obliga a no profundizar en el desarrollo—; y después intento distanciarme para poder ofrecer una interpretación. La organización temática de las secciones surgió a lo largo de mis lecturas y, por lo tanto, es perfectamente arbitraria. Toda vida ofrece múltiples lecturas y la que se descubre a continuación no es más que una, de entre otras posible.
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Introducción al libro del mismo título.









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