Daniel Bernal Moreno
—¿Roco, eres tú? ¡Roco! —la mirada de ambos, del perro y de su amo, se iluminó.
—Ven aquí, ¿dónde habías estado?
El perro corrió de lado a lado con la cola agitada, aunque un tanto desconfiado.
—¿Qué pasa, Roco? Anda. ¡Ven conmigo!
Cuando al fin estuvieron juntos, el perro se sentó sobre su pie, de espaldas. Su amo se puso en cuclillas para acariciar su pecho, un sonido los hizo mirar hacia el mismo punto, a unos metros.
—¿Lala? ¿Es Lala? —se preguntó—. ¿Quién anda allí?
Roco recargó la nariz en la espinilla de su dueño y chilló muy quedo. Él acarició su lomo para tranquilizarlo. Detrás de ellos unas pisadas a gran velocidad se escucharon.
—¿Qué está pasando? —un maullido lo hizo voltear otra vez—. ¡Lala! ¡Ven!
Escuchó las pisadas y después, un par de enormes patas en su espalda lo sacudieron.









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