Antonio Bello Quiroz
Encontramos depresión por todos lados. Asisten al consultorio pacientes que ya se han autodiagnosticado como depresivos. Los médicos se quitan de encima a los pacientes que no entran en sus tablas clasificatorias diciendo que lo que padecen es depresión. La depresión como el saco de todos los males. Se hacen coloquios, jornadas académicas, seminarios que abordan los síntomas de la depresión y sus pretendidas consecuencias, como el suicidio. Se hacen “investigaciones” que llevan a incrementar la farmacología que busca aminorar o desaparecer la depresión, si es sin efectos de adicción o con componentes “naturales” mucho mejor. Se multiplican los libros y grupos de autoayuda al respecto, hasta conformar una época conocida, por lo menos en Europa, de “información sobre la depresión”. La enfermedad del siglo, junto al estrés, según la OMS.
El psicoanálisis se ha hecho a un lado de esta tendencia reconociendo que se trabaja con un sujeto y no con una etiqueta. El discurso y disciplina inventada por Freud le apuesta más a la singularidad del sujeto que al diagnóstico y pronóstico de un padecimiento. Lo cual no implica que desde el psicoanálisis no se piense la incidencia del fenómeno. Así lo hace, por ejemplo desde Lacan, señalando que en el núcleo de la depresión, como ocurre con otros tantos síntomas, se encuentra la actualización de la pregunta: ¿Qué me quiere el Otro? La depresión es una respuesta y el psicoanalista se coloca en la posición ética de escuchar la posición del sujeto sin prejuicios.
Partamos del silencio como rasgo de la llamada depresión. Parece que ante la imposibilidad de formular una respuesta ante la pregunta señalada el sujeto se sume en el silencio. El silencio es la respuesta.
Jacques Lacan nos dice en el Seminario 10, La angustia, que existe una relación entre el silencio y la angustia. El sujeto no sabe qué objeto es para el deseo del Otro; sería ese no saber lo que angustia. Algo del deseo falta al sujeto y eso lo angustia. Sabemos que Lacan señala que la angustia surge precisamente cuando eso, el deseo, falta, es decir: cuando la falta falta. Así lo plantea Lacan en el seminario mencionado: “Lo que provoca la angustia es lo que nos anuncia, nos permite entrever, que volveremos al regazo”; y más adelante: “lo más angustiante que hay para el niño se produce cuando […] tiene a la madre siempre encima, en especial limpiándole el culo”.
La civilización actual, que suele aplastar al sujeto con su mandato insensato de goce a costa de lo que sea, le hace depender de objetos que le reducen al silencio. Le ofrece al sujeto objetos satisfactorios en abundancia, lo que impide que pueda hacerse cargo de su deseo y reconocerse en una posición subjetiva. Una sociedad de consumo que ofrece todo propicia que la falta falte, lo que lleva a la angustia y al silencio propio de la depresión.
Federico García Lorca, poeta y dramaturgo andaluz, parte fundamental de la llamada generación del 27, en 1929 realiza un viaje a Nueva York. Califica ese viaje como “una de las experiencias más útiles de mi vida”. De ese viaje escribe el libro Poeta en Nueva York que, sin embargo, se publica cuatro años después de su muerte en 1936, cuando es fusilado. En ese libro encontramos el poema La aurora.
La aurora
La aurora de Nueva York tiene
Cuatro columnas de cieno
Y un huracán de negras palomas
Que chapotean en las aguas podridas.
La aurora de Nueva York gime
Por las inmensas escaleras
Buscando entre las aristas
Nardos de angustia dibujada.
La aurora llega y nadie la recibe en su boca
Porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
Taladran y devoran abandonados niños.
Los primeros que salen comprenden con sus huesos
Que no habrá paraísos ni amores deshojados;
Saben que van al cieno de números y leyes,
A los juegos sin arte, a sudores sin fruto.
La luz es sepultada por cadenas y ruidos
En impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
Como recién salidas de un naufragio de sangre.
El poeta andaluz en el poema (escrito en los años de “la gran depresión”, y un año antes del extraordinario análisis de Freud El malestar en la civilización), anticipa los rumores de la civilización y muestra el contraste entre la aurora, figura del nuevo día, de la esperanza, con lo oscuro de la modernidad cristalizada en la gran urbe, con la soledad de los que van al cieno de números y leyes. Una sociedad que empuja cada vez más a no pensar y nos deja como “gentes que vacilan insomnes” y anticipa el poeta lo que ya vivimos, somos personas “recién salidas de un naufragio de sangre”.
Podemos ver sociedades contaminadas de depresión donde el lenguaje, la palabra, que es lo que hace humanos a los humanos, es acallado, silenciado por los efectos de los fármacos o porque todo se nos ofrece ya establecido, digerido en esa “captura por la técnica”, como señala Heidegger. Se le arrebata la palabra al sujeto, silenciándolo en una etiqueta, negándole la posibilidad de hablar de lo que le pasa y así construir una respuesta a la incesante pregunta: ¿Qué me quiere el Otro?, impidiéndole asumir la causa de su deseo y así hacer valer la falta que le constituye.
El psicoanálisis es una propuesta inédita que va en contracorriente de las tendencias de la modernidad al posibilitar dar la palabra al sujeto (a las mujeres primero) y así abrir las posibilidades creadoras a partir de escuchar, sin coartadas, el sufrimiento del hablante ser.
Aunque no nos podemos quedar con el falso narcisismo de ser, los psicoanalistas, los únicos que planteamos esa posibilidad de hacer de la palabra el instrumento de creación, también están, y Freud los reconoce en primer lugar, los poetas. El arte, en esencia transgresivo, también se mueve, o tendría que moverse, en contrasentido a las tendencias aniquilantes de la subjetividad que se promueven desde la modernidad.
Se trata, a final de cuentas, de que ante la depresión el sujeto pueda asomarse a la aurora, el inicio de lo nuevo, la llegada de lo inédito.








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