Antonio Bello Quiroz
Del 14 de noviembre de 1962 al 3 de julio de 1963 el psicoanalista francés Jacques Lacan dedica su enseñanza al tema crucial de la angustia. Estas enseñanzas se encuentran recogidas en el Seminario Libro 10 bajo el título justamente de La angustia, publicado por Paidós bajo el establecimiento de su yerno J. A. Miller.
Para Lacan, en ese momento de su enseñanza la verdadera sustancia de la angustia es que se trata de lo que no engaña, lo fuera de duda. Y no engaña, porque la angustia es un afecto que no es simbolizable, como ya había enseñado Freud. Pero no es tan sencilla la propuesta de Lacan, dado que nos aclara que La angustia no es la duda, la angustia es la causa de la duda. Escribe Lacan al respecto: “La duda, los esfuerzos que invierte, todo ello no es sino para combatir la angustia, y precisamente mediante engaños. Es que se trata de evitar lo que, en la angustia, es certeza horrible.” La angustia para Freud, según nos deja ver en su obra Inhibición, síntoma y angustia es “el fenómeno fundamental y el problema principal de la neurosis”.
En el seminario sobre la angustia, desde la lección inicial, Lacan reconoce que ha existido una tradición filosófica que ha hecho de la angustia un objeto electivo del pensamiento, y destaca los nombres del “solitario de Copenhague” Sören Kierkegaard y de Jean-Paul Sartre. Hay que señalar que si bien el abordaje realizado por el danés Kierkegaard es ubicado como filosófico, en realidad su búsqueda es psicológica en el sentido en que apunta a dar cuenta de una experiencia impensable, irreductible a una pura aprehensión noética o lógica. Lacan no sigue a Kierkegaard en este seminario: el punto de distancia se puede ubicar en que para el filósofo el punto de anclaje de la angustia es el concepto de pecado. Escribe el danés en El concepto de la angustia: “Hablar, por ejemplo, del pecado como de una enfermedad, de una anomalía, de un veneno, de una falta de equilibrio, es falsear igualmente su concepto. En el fondo, el pecado no tiene que ver con ninguna rama del conocimiento. Es objeto donde el Aislado, solamente, se dirige al Aislado.” Aquí la angustia toma como eje de reflexión el pecado original, el de Adán y del pecado de cada hombre.
En la lección del 13 de marzo de 1963 Lacan habla de la angustia que se juega en la relación entre el hombre y la mujer, hecho que en algún sentido le da el carácter de imposible a esta relación. Inicia la lección señalando la distinción entre miedo y angustia. Plantea que en el miedo o el temor hay un objeto al que se le teme, mientras que a la angustia se le supone sin objeto. Lacan refuta este planteamiento y señala que la angustia, más allá de lo que una lectura errónea de Freud nos puede hacer pensar, no es sin objeto. La angustia es ante algo (Angst von etwas), escribía Freud. No se trata sin duda de aquel objeto al que se le tiene miedo; por tanto, la angustia es otra cosa que el miedo. En la angustia el objeto no está adelante del sujeto, no, “en la angustia el sujeto se ve oprimido, concernido, interesado, en lo más íntimo de sí mismo”. La angustia se presenta así como señal de lo real, sobre lo que no engaña.
La angustia tiene un lugar en la nomenclatura subjetiva de Lacan; la ubica justamente como media entre el goce y el deseo. Siendo así, y en tanto que el sujeto se constituye sólo en relación con el Otro (el lenguaje, la cultura, el cuerpo), el goce no conocerá al Otro sino por medio de este resto que Lacan escribe con la letra pequeña a (objeto causa del deseo). El objeto a que se define como resto, como el objeto que le falta al objeto. Como sabemos, Lacan establece una nomenclatura que se conoce como fórmula del fantasma donde el sujeto barrado $ se encuentra en una determinada relación con a, se trata de una relación polivalente determinada por el losange o punzón (◊), que es tanto disyunción (˅) como conjunción (˄). Así tenemos $ ◊ a. Ante esto, la angustia es término intermedio entre el goce y el deseo, ya que es necesario el franqueamiento de la angustia para que el deseo se constituya. Aun cuando esta fórmula opera tanto en hombres como mujeres, no lo hace de la misma manera. Es decir, el vínculo con la angustia es distinta si se está del lado macho que del lado mujer.
El tema de las relaciones entre los sexos no es cuestión sencilla. Entre el hombre y la mujer, entre los sexos, como señala Colette Soler en La maldición de los sexos, algo no anda. Se trata no de un problema de comunicación, como quisiera creerse desde la psicología general, sino de un malentendido estructural. Que exista este malentendido entre los sexos no implica que no se alcance el goce por las vías de este malentendido.
En este punto del seminario, Lacan recurre a la figura del aforismo como una herramienta didáctica, lo mismo que hizo antes con los esquemas o los matemas, instrumentos que, dice, le permiten aglutinar una importante cantidad de información y presentarla de alguna manera asimilable. El primer aforismo que utiliza es el que reza: “Sólo el amor permite al goce condescender al deseo.”
Para acercarnos un poco al sentido de este aforismo, Lacan nos recuerda que, en principio, el amor es un hecho cultural. Nos recuerda la pregunta de La Rochefoucauld: “¿Cuánta gente no hubiera amado jamás si no hubieran oído hablar de amor?” El amor es un rodeo que la cultura impone en la relación entre hombre y mujer. Proponerse como deseante (eron), es proponerse como falta de a, y por esta vía abrir la puerta de su ser. Lo que busca el sujeto que ama es ser apreciado como erómenos, es decir, como amable, digno de amarse. Es por eso que el amor, señala Lacan, permite al goce condescender al deseo.
Es entonces el deseo lo que se encuentra en juego; el amor es justamente la sublimación del deseo. La angustia, que será necesario atravesar, no es sin objeto, su objeto es justamente un resto que posibilita el vínculo, desde luego siempre fallido con el Otro. El amor, con la angustia de por medio, como rostro de lo real, posibilita generar una condescendencia entre el goce y el deseo. De esta manera, Lacan va decir que la significación amorosa sólo puede advenir como metáfora cuando hay una sustitución de la posición del amado como amante, es decir, como sujeto en falta. Sólo estando en la posición de amante, es decir, en falta, es posible amar. Quizá por ello, como dice Helí Morales, los soberbios, los que no dan lugar a la angustia (acción que escapa a la voluntad) no pueden amar.








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