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La admiración

· marzo 23, 2019

Antonio Bello Quiroz

La admiración es la primera de las pasiones que señala Descartes en su Tratado de las pasiones. La más humana de las capacidades es la admiración que, junto con el asombro y la estupefacción, son colocadas por Platón en el origen de la filosofía. Con ella —la admiración—, precisa el clásico griego, nuestros ojos se hacen partícipes del espectáculo de las estrellas, del sol y de la bóveda celeste. La admiración opera como fuente y motor de toda investigación. Ninguna de las tres instancias señaladas por Platón están desligadas: emparentada con el asombro, la admiración deja estupefacto a quien la padece, lo deja asombrado ante el espectáculo del mundo (como se me antoja pensar que quedaron los primeros hombres ante la bóveda celeste). En este sentido, Aristóteles nos enseña que la admiración es lo que impulsa a los hombres a filosofar: empezando por admirarse de lo que les sorprendía por extraño, dice, los hombres avanzaron poco a poco y se preguntaron por las vicisitudes de la luna y del sol, de los astros y por el origen del universo.

A la maravilla de la admiración, sin embargo, pronto le sucede la duda. Con ello se diferencia la admiración de la contemplación. Con la duda, la admiración se occidentalizará, se pondrá en el camino que la llevará a la modernidad. Con la duda la admiración se pone en suspenso. La duda es efecto de la sospecha; es una puesta en evidencia del engaño que se supone conlleva toda admiración, en tanto que se trata en ella, a decir de Descartes, de una percepción y no de un hecho de razón. El cogito cartesiano “pienso, luego soy” introduce inevitablemente la duda metódica, la duda como método, como la fuente del examen crítico de todo conocimiento, en cuanto que se pone como condición al pensamiento, desterrando así a la admiración. Si el origen del filosofar reside en la admiración, que no tiene límites, que se mueve en el mar de los excesos, y a ésta le sucede la duda, entonces el filosofar no puede conducir sino a la conciencia de estar perdido, fuera de lugar. El filosofar sería siempre un retorno al origen, a la causa, y la causa es precisamente la admiración, el exceso.

En todo, la acción de filosofar inicia con una conmoción total del hombre, es la puesta en suspenso de sus certezas. Así, por el filosofar, el hombre trata de salir del estado de turbación hacia una meta, se echa a andar en la búsqueda de una respuesta esencial, a la que Descartes dirá que se accede por la vía de la duda. Platón y Aristóteles partieron de la admiración en busca de la esencia del ser. Descartes, por su parte, buscaba la certeza imperiosa en medio de la serie sin fin de lo incierto, aquello que no tuviera lugar a duda, lo que necesariamente excluiría la pasión de admiración.

La admiración, en tanto que se mueve en el sin límites, como pasión, deviene en algo de lo que hay que sospechar (dudar). Pero no para todos: los estoicos, por lo contrario, buscaban en medio de los dolores de la existencia la paz del alma, esperaban acoplarse a lo que dejaba en suspenso el juicio y que era asequible sólo por la vía de la admiración.

Cada pasión, cada uno de los estados de turbación tiene su verdad, más allá de la razón, marcada por el exceso; las pasiones tienen su núcleo de verdad que, sin embargo, en la modernidad ha devenido como un ente incómodo y quizá por ello ha sido históricamente vestida de las respectivas ideas y discursos correspondientes a cada caso y época. Con esta vestimenta o, mejor aún, revestimiento impuesto a las pasiones, se pretende apropiarse de la “verdad” nuclear que contiene cada pasión, con el afán de domesticarlas y llevarlas a un suelo seguro, el de la razón. Pero quizá es la admiración, el arrobamiento y pasmo ante el espectáculo del mundo, lo que nos deja perplejos, lo que nos hace retener el aliento, lo que incluso nos tienta a sustraernos de lo humano, y nos incita a caer presos de los hechizos de una metafísica. Parece que la certeza imperiosa tiene sus únicos dominios allí donde nos orientamos en el mundo por el saber científico, comandados y guiados por la razón. Pero la admiración no se permite descanso, se vale incluso de las certezas que el saber científico produce para recrearse. De esta manera, pese a los postulados y ficciones de la ciencia, los tres influyentes motivos a los que aquí hacemos referencia —la admiración y su necesaria producción de pasmo; la duda y la certeza en su permanente vaivén; el sentirse perdido y el encontrarse a uno mismo— no agotan lo que nos mueve a la reflexión en nuestros aciagos días. Ante el asombro que nos produce ver de frente a la admiración, propongo detenernos en ese que es el último libro publicado en vida de Descartes, en 1649 (murió en 1654), que fue precisamente Las pasiones del alma. En principio, una cuestión puede resultar extraña: él, Descartes, que funda el saber en la razón, o sea, en el racionalismo como piso epistémico, ¿cómo puede conciliar método y pasión? Parece ser que no le quedaba otra salida.

Analizándolo detenidamente, pero incluso sólo leyendo el índice, podemos observar que este libro está sostenido por la lógica de las cuatro normas de su método: en tres partes y doscientos doce artículos se efectúa una exhaustiva sistematización de las pasiones. Resulta interesante, en primer término, considerar la definición de pasión en el pensador francés, y las seis pasiones fundamentales de las cuales, según su opinión, derivan todas las demás: “las pasiones del alma pueden definirse en general como percepciones, sentimientos o emociones que se refieren particularmente a ella, que son causadas, mantenidas por algún movimiento de los espíritus […] en todas las pasiones tiene lugar una agitación particular de los espíritus que provienen del corazón”.

Es necesario recordar que en este momento de su desarrollo teórico, el alma es concebida como la “sede” de los actos emotivos, de los afectos, sentimientos, cuyo sitio, a su vez, es el corazón; mientras que el espíritu es definido como la “sede” de ciertos actos racionales, que permiten formular juicios objetivos. En el apartado XL se pregunta: “¿Cuál es el principal efecto de las pasiones?”, y plantea que éstas “incitan y predisponen su alma (de los hombres) a querer las cosas para las que preparan su cuerpo, de suerte que el sentimiento del miedo incita a querer huir, el del arrojo a querer combatir, y lo mismo los demás”. Deja en claro además que “nuestras pasiones tampoco pueden excitarse directamente ni suprimirse por la acción de nuestra voluntad”. Se insiste una y otra vez en que las pasiones son en todo algo que se emparenta con el exceso. Descartes considera que sólo hay seis pasiones primitivas, y las demás se originan a partir de ellas. Éstas son: la admiración, el amor, el odio, el deseo, la alegría y la tristeza.

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