Klaus Wagenbach
Kurt Wolff no llegó a escribir unas “memorias”, y es probable que tampoco quisiera hacerla. En su lugar encontraremos los siguientes textos, charlas emitidas en la radio, es decir: escritos para oyentes, no para lectores; no se han cambiado. Entre los escritos póstumos de Kurt Wolff se encuentra un fragmento que puede entenderse como una suerte de confesiones del editor. Citémoslo a modo de prólogo:
“La idea general que los no iniciados tienen de la profesión del editor es asombrosamente burda: creen que se dedica a leer manuscritos, o mandar leerlos a otros (al parecer, tales manuscritos le llegan en cantidad por sí solos), y luego envía al impresor lo que más le ha gustado a él o a los que leen para él. Para que el libro, además, ofrezca un aspecto bonito o atractivo, recurre a un grafista que diseña la encuadernación y la cubierta. El éxito o el fracaso son puro azar.
”La realidad es un tanto diferente, si bien cuesta explicar lo inmensamente complejo de esta profesión, la cantidad de elementos que han de reunirse para otorgar al concepto de editor un sentido que de verdad sea legítimo y positivo, lo frecuente que es que algún factor irracional eche por tierra toda planificación y reflexión racionales, que reina un estado de permanentes incertidumbres y tensiones y que es una eterna fuente de satisfacciones y de decepciones.
”Ahora bien, antes de seguir hablando del editor, de su vocación y de su profesión, debería decir que personalmente sólo considero válido el concepto de verdadero editor dentro de ciertas dimensiones. Una empresa que edite al año entre cien y cuatrocientos libros (y bien sabemos que hay muchas de ese tipo) puede ser muy respetable, y puede contar con buenos libros, pero, por supuesto, nunca llegará a ser la expresión personal e individual de un editor. En términos generales —aunque haya excepciones de vez en cuando—, es posible constatar que los libros de los grandes autores jamás han aparecido en esas monstruosas empresas, mientras que las corrientes literarias importantes han germinado y se han desarrollado en pequeñas empresas, es decir: de la mano de editores individuales. El círculo en torno a Stefan George surgió bajo la tutela de Bondi, independiente e individualista como pocos, S. Fischer fundó una editorial para el movimiento naturalista a comienzos del siglo xx, el Expresionismo halló cobijo en la editorial de Kurt Wolff. En el extranjero sucede algo similar: Proust, Gide o Valéry no fueron publicados en Hachette, ni Hemingway o Ezra Pound en ningún gran grupo editorial norteamericano.
”Un autor se confía a una persona por la que se siente comprendido, no a la junta directiva de una sociedad que, en francés, recibe el tan acertado calificativo de Société Anonyme. El editor no es anónimo, sino sinónimo de su labor. Sólo a este tipo de editor me referiré aquí. El que luego consiga cierto renombre o, de algún modo y por modesto que sea su radio de alcance, llegue a convertirse en motor cultural o intelectual de su época, lleve a cabo algo grande, o bien se limite a estropear papel a base de imprimirlo, depende de innumerables circunstancias de las cuales sólo mencionaremos someramente unas pocas.
”Es fundamental tener suerte: la esterilidad o fertilidad del periodo en el que esté enmarcada su actividad es cosa del destino, y en una época falta de creatividad el editor está condenado a la impotencia.
”Como requisitos básicos que se dan por sentados en un editor se me ocurren cosas como, por ejemplo: un nivel cultural más allá del que proporcionan las escuelas superiores, un buen conocimiento de la literatura universal, no sólo de la literatura del propio país, un criterio particular y bien fundamentado sobre los valores intelectuales y poéticos, unido a la capacidad de distinguir entre lo auténtico y lo que carece de autenticidad, lo original y la imitación, así como cierto olfato y sensibilidad para captar las tendencias esenciales y progresivas de su tiempo. Imprescindibles son también la capacidad de expresarse por escrito con claridad, y no sólo por carta; de encontrar la forma adecuada en la que presentar el autor y su libro a la crítica, al lector, a los libreros; y también las contadas palabras con las que se describe la obra en los pequeños textos de presentación de contracubiertas y solapas pueden ser decisivas para el triunfo o la derrota.
”Al autor, después de todo, no se le seduce únicamente a base de ricas comidas, cócteles o anticipos elevados. Lo que busca es a esa persona que le ofrece repercusión y sutil empatía, que profundiza en su obra, cuyas palabras críticas o elogiosas tienen peso para él, cuya sincera implicación en su futuro creativo (obviamente, también en su presente terrenal y real) percibe. Los autores son muy astutos y no se les puede engañar: al primer minuto saben si el editor con quien han ido a hablar o a consultar conoce de verdad su obra, si se ha limitado a echarle un vistazo rápido o si no ha mirado más que el correspondiente informe de lectura.
”Por supuesto, el editor puede dejar al autor en manos de un lector con algún motivo justificado. Si cuenta con la persona adecuada que se entiende bien con el autor, estupendo. Este procedimiento sigue siendo habitual incluso en nuestros días. Sin embargo, a los ojos del autor y, de algún modo, también en la práctica, convierte al editor en una fachada, un administrador, el hombre que firma los contratos y los cheques. La intimidad y la estrecha colaboración se darán entre el autor y aquella persona con la que trabaje. A ella y sólo a ella profesará lealtad el autor.
”Puede ser una labor importante y muy de agradecer reeditar obras de épocas pasadas, transmitir a los lectores obras importantes escritas en idiomas extranjeros; no obstante, en el centro de los deseos y esperanzas de todo editor sigue realmente presente un ideal y un objetivo: ganarse-y conservar-a los mejores autores contemporáneos de su país y, a ser posible, también de otros países.
”En cuanto al autor, claro que es persona difícil de tratar, y no deben dictarse reglas, pues cómo podría ninguno ser igual a otro o siquiera parecido. Es un gran error pretender tratar a los autores “con psicología”. Mantengámonos dentro de lo natural, de lo humano. Pero tampoco olvidemos nunca una cosa: el individuo creador no puede estar equilibrado, pues precisamente lo que le confiere ese genio creador es sufrir el conflicto trágico entre realidad e imaginación.
”La relación con el autor tiene que ser, por parte del editor, una relación de amor que no exige nada y le perdona de antemano tanto sus canitas al aire como la siempre posible tremenda infidelidad.”
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Prólogo a la primera edición (1965) del libro de Kurt Wolff, Autores, libros, aventuras… (Acantilado, España, 2010).









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