Gerardo Lino
Sabemos bien qué hay entre nosotros
Con nos ya sobra y basta.
Irrisorio será que un filósofo no conozca el erotismo —no nada más por las teorías—, el amor —no sólo por las ideas—, de a perdida el sexo —mucho menos, restringido a las historias, incluido el porno visual.
Todavía nadie se pone de acuerdo en las multípilas distinciones; pero eso es filosofar: seguir buscando.
En un artículo, la señorita Vanessa Huerta registró estas líneas: “¿Cuántos de nosotros nos acercamos escépticos a títulos como La vida sexual de Immanuel Kant…? Bueno, pues me acerqué al librero y lo releí sin escepticismo, sino con varias sonrisas: es un librito lleno de leves placeres y datos duros —cual debe—, sobre todo de un humor soterrado acerca del “célibe, pero quizá no casto” Kant, de Jean-Baptiste Botul (lo publicó la UNAM en 2003), que anota: “¡Que el fundador de la filosofía crítica no hubiera vivido ningún momento crítico… sería una paradoja!”
Botul remata la serie de pláticas con esto, al hablar de una coqueta María Charlotta, que había invitado al categórico de categóricos a una reunioncita:
“Ella habría podido hacerle comprender que no se posee ya más la verdad, que no se posee sino una mujer.”
Disiento. Ni así. Prefiero al porno, el sexo —aun en solitario como cualquier célibe—; y al sexo, el amor —los incluya o no; con humor, por supuesto.
Sabemos bien qué hay entre nosotros
Con nos ya sobra y basta.
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