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KAOS, Opinión 0

Kafka: el padre

· junio 11, 2015

Antonio Bello Quiroz

la Carta constituye una lección de psicoanálisis

desprovisto de cualquier intención terapéutica.

R. Hayman

Sigmund Freud en El malestar en la cultura se hace la siguiente pregunta: ¿Cómo se las arregla la civilización con la agresión, cómo le hace para volverla inofensiva? La respuesta nuca dejará de sorprendernos. Escribe: “la agresión es introyectada, interiorizada, pero en verdad reenviada a su punto de partida: vale decir, vuelta hacia el propio yo”; y explica: “ahí es recogida por una parte del yo, que se contrapone al resto como superyó y entonces como ‘conciencia moral’ está pronta a ejercer contra el propio yo la misma severidad agresiva que el yo habría satisfecho de buena gana en otros individuos, ajenos a él”.

En otro momento Freud se pregunta: ¿Qué es un padre? Valgan estas dos referencias para hablar de un escritor nacido en Praga en 1883, Franz Kafka, quien depositó en su padre todos los sentimientos de culpa que se pueden desprender en quien coloca ahí, en su padre, todas las tendencias agresivas que emanan del superyó.

Este personaje, Kafka, enfermizo, perteneciente a una minoría judía, le escribe una carta a su padre a los treinta y seis años. Es una época particular en la que Kafka se dirige a su padre, es el tiempo en que los hijos sufren por los ideales frustrados de los padres; es el padre que es poco menos que el Señor feudal venido a menos, ya con el gobierno sólo de su pequeña familia y su decadente negocio. Se trata de un padre, el de Kafka, el de la época, que ya dejaba entrever lo que sería el padre de nuestra época, tal y como lo puede señalar Walter Benjamin: “en las extrañas familias de Kafka, el padre vive del hijo y pesa sobre él como un enorme parásito”. Pero eran otros tiempos, tiempos del amor expresado en la sumisión.

Franz Kafka le escribe una carta a su padre, un vendedor ambulante que, por un golpe de suerte, dejó su carro de ambulante para rozarse con lo “mejor” de la sociedad de su tiempo, haciéndolo un advenedizo y a Kafka un desarraigado. Éste vivió y escribió desde ese sin-lugar que le representa vivir entre las clases altas viniendo de un ghetto y siendo un judío de Praga. La carta inicia así: “Querido Padre: una vez me preguntaste por qué afirmaba yo que te temía. Como de costumbre, no supe qué contestarte, en parte precisamente por ese miedo que me infundes y en parte porque en el fundamento de ese miedo intervienen muchos detalles, demasiados para que pueda coordinarlos medianamente en una conversación.”

Se trata de una carta que es un reclamo de amor al padre, carta que se sabe el padre nunca leyó. Kafka la entrega a su madre y a su hermana Ottilie sabiendo que ellas no le harían conocer el escrito a su padre.

El vínculo entre padre e hijo no es otro que el miedo, la amenaza constante; por lo menos es el componente central entre Kafka y su padre, a quien el escritor reconoce como el Verdadero Kafka, quedándose él en ser un Lewi (como el apellido de la madre). Franz escribe: “éramos tan distintos y tan peligrosos el uno para el otro que si alguien hubiese pretendido conocer anticipadamente cómo habíamos de comportarnos, yo el niño en lenta evolución, y tú, el hombre formado, habría podido aventurar que tú me aplastarías bajo tus pies, no quedando nada de mí”.

La ausencia de escucha del padre quizá sea una anticipación de la época en que vivimos, donde el padre (Dios acaso, el destino acaso) no lee o escucha los reclamos de sus hijos, y los hijos en realidad no saben qué reclamarle. Es un escrito, la carta, de un hijo cuyo temor al padre le hace tartamudear, da rodeos, no termina de decir lo que quiere decir; se trata, en fin, más de un balbuceo que de un decir, todo plagado de dolor, de ese dolor particular que es el dolor de existir.

Cronológicamente se trata de la carta de un hombre, el escritor, a otro hombre, el padre; sin embargo, en su escritura se puede reconocer a un niño que se muestra extrañado por no ser reconocido, amado. Es la carta de un hombre-niño que refleja el desarraigo de origen. Se sabe que en la infancia cambió frecuentemente de domicilio, y no sólo eso, que ya de por sí es demasiado, sino también de estatus social, quedando siempre imposibilitado para reconocerse un lugar en lo social. Ante esto Kafka, como ocurre con muchos niños sometidos a ese proceso, encontró en la soledad y la fantasía un mundo más habitable que lo que le ofrecía el mundo exterior.

El mundo exterior, si bien mejorando cada vez más en lo material, para el joven Kafka se volvía cada vez más extraño y amenazador. Dos hechos contribuyeron en esta conversión del mundo y de él mismo: por un lado, la muerte inexplicable de sus dos hermanos, Georg y Heinrich, con muy poco tiempo de diferencia; y por el otro, el padre, un padre caprichoso y voluntarioso que, en su afán de salir de la pobreza, hacía que su mujer, madre del escritor, saliera muy temprano de casa para atender una tienda, dejando al niño en la soledad.

Desde luego, no se puede leer la Carta al padre de Kafka ahora como en la época cuando la escribió, y en mucho ha cambiado la posición del padre y del hijo; ya no se trata, en el hijo, de cómo volverse libre del padre, sino cómo encontrar un camino donde él, el padre, no lo encontró. El padre, lo sabemos, en nuestra época se ha transformado en una amenaza imperceptible: no se trata ya del sometimiento al hijo, sino lo amenazante es que propague su propia sumisión.

Kafka se queja ante el padre (el padre es sordo a sus reclamos), se queja del abandono, del sometimiento, de la falta de comprensión; y sí, era un tiempo en donde el padre idealizado se empezaba a caer. Los tiempos han cambiado, los hijos ahora se enfrentan a otro tipo de padre, el padre amoroso que difunde tiernamente su propia derrota, que propaga su servilismo humillante. ¿Cómo rebelarse ante un padre arrumbado en su conformismo? ¿Cómo sin parecer ingrato y cruel?

Paradojas: una, Kafka fallece el 3 de junio de 1924 y es enterrado en Praga, en la misma tumba que sus padres. Dos: en el mes de junio se celebra el día del padre.

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