Jesús Bonilla Fernández
Así como es cierto el precepto de que la realidad no conoce justicia alguna, también lo es que el mito sacude del cogote al ser humano. “La ‘ley natural’ a la que es reducido el mito —escribe Canetti— no es más que el flautín a cuyos sones baila.” Esas verdades son tan diáfanas como aquella que Canetti dice a Herman Broch en una discusión sobre el original Auto de fe, novela publicada en octubre de 1935: “En la práctica todo el que aspira a conquistar el poder sabe de qué modo tiene que manipular a la masa.”
Canetti conoce los mitos griegos en Viena, durante su niñez. De ellos le llaman la atención la hazaña de Prometeo y el castigo impuesto por Zeus, la historia de Medea, a quien compara con su madre y, por supuesto, el mentado Odiseo, figura que resumía todo lo griego, un modelo singular, perfecto y sustancial que se revelaba con múltiples apariencias. Le atrae sobre todo cuando en Feacia Odiseo, “todavía desconocido, escucha su propia historia por boca del cantor ciego Demodokos y llora en secreto por ella; la astucia con que salva su vida y la de sus compañeros llamándose a sí mismo Nadie frente a Polifemo; el canto de las Sirenas, al que no se deja sustraer; y la paciencia con que soporta los insultos de los pretendientes cuando va de mendigo: todas las metamorfosis con las que se rebaja y en el caso de las Sirenas, su invencible curiosidad”.
Existe otro mito fundamental de la obra de Canetti. Queda fascinado por la epopeya babilónica de Gilgamesh, que se lamenta por la muerte de Enkidu. Gilgamesh realiza una expedición contra la muerte por las tinieblas de la Montaña Celestial y por las Aguas de la Muerte, buscando a su antepasado, Utnapishtim, quien fue salvado del diluvio y a quien los dioses inmortales concedieron la inmortalidad. Canetti escribe: “Rebelándome contra la muerte he adquirido un derecho al brillo, riqueza, miseria y desesperación de cualquier experiencia. He vivido inmerso en esta rebelión infinita.”
Como podemos ver, la incidencia del mito —o de los mitos, si lo prefieren— es apabullante en el arte y el pensamiento de Canetti. No en balde investigó durante treinta y cinco años para realizar Masa y poder desde su primera visión en una calle de Viena, libro que también puede leerse, aparte de como un exhaustivo análisis sobre la metamorfosis como poder, como una recopilación de la contemplación humana sobre la vida y su naturaleza, si nos atenemos a la idea señalada por algunos mitógrafos en el sentido de que los dioses no existen precisamente cual individuos, sino se hallan en el cosmos como hierba, agua, aire, luz, noche, amor, vino… y, ¿por qué no? —parece acotar Canetti— el libro. “Los viejos libros con que vivimos se ven tal como son ajenos a todas las pequeñeces en que sus autores estuvieron envueltos en vida. En muchos casos hasta parece como si los libros se hubieran convertido en dioses. Esto significa no sólo que durarán para siempre, sino que siempre han existido.” Esta idea es pariente de aquella donde Borges habla de los precursores de Kafka (Zenón, Han Yu y Kierkeggard, y un cuento de Léon Bloy y otro de lord Dunsany), cuyos textos tienen su idiosincrasia, aunque si Kafka no hubiera escrito, nadie la notaría.
Roberto Calasso anota en su ensayo “Confesiones bibliográficas” el papel que un solo libro juega en la vida de Canetti. Se trata de Specimens of Buchman Folklore, de Bleek y Lloyd, publicado en 1911 en Londres. El mismo Canetti anota en el apartado sobre los bosquimanos en Masa y poder ese papel: “Es una obra de folklore bosquimano, a la que considero el documento más precioso de la humanidad temprana…” Entonces no nos sorprende que Canetti sea un bosquimano (“—aquellos de quienes, si algo queda, es el nombre de un dios, no un concepto—”, anota Calasso), como puede decir: “desde que me volví mongol no pienso en otra cosa, ni de día ni de noche…” Sin embargo, el verdadero libro que Canetti deseaba leer se halla atrás del rostro humano, encuadernado en sí mismo.
Con Calasso las obras son congeniales, a tal grado que no sabemos qué fue primero: la metamorfosis expuesta por Canetti o el sacrificio expuesto por Calasso, aunque también por René Girard.
Sobre su libro El otro proceso de Kafka brevemente comentaré en el mismo sentido. “Cuando estaba a oscuras y Veza había salido —confiesa Canetti en su autobiografía—, me ponía furioso, aunque ella misma me lo hubiera anunciado antes. Algo en mí parecía esperar que ella estuviera siempre allí, independientemente de los compromisos que tuviera.” Después de leer este párrafo pienso seriamente que, después de veinticinco años de intentar desentrañar los mecanismos metamorfósicos del poder, Canetti necesariamente es el comentarista de la correspondencia de Kafka con Felice, conocida a mediados de los años cincuenta del siglo pasado. Escribe ahí: “Lo importante de Felice era que existiera, que no necesitara ser inventada y que, tal como era, no tuviera que ser inventada por Kafka. Era tan distinta, tan activa, tan compacta. Al cortejarla de lejos, Kafka la idolatraba y la atormentaba. Acumulaba sobre ella todas sus preguntas, sus ruegos, sus temores, sus diminutas esperanzas con el fin de arrancarle las cartas. Kafka afirmaba que el amor que ella le concedía se convertía en sangre de su corazón, pues no disponía de otra. ¿No se había dado cuenta ella que en sus cartas él no la amaba propiamente, pues en este caso sólo podría pensar en ella y escribir sobre ella, sino que en realidad la adoraba y esperaba de ella ayuda y bendición para las cosas más insensatas?”
Por otra parte, señala Canetti que Kafka teme al poder en cualquier manifestación de éste y dado que su auténtico sentido vivencial consiste en “sustraerse al poder en cualquiera de sus formas”, como escritor lo presiente y lo reconoce, lo señala y lo configura “en todos aquellos casos en que otras personas lo aceptarían como algo natural”. Aquí termino con este hermoso ensayo escrito en 1968, pues quiero entrometer una vez más a Roberto Calasso, quien escribe que en su obra, Kafka no coleccionaba teologías y si hablaba de dioses, lo hacía de forma muy sesgada. Sin embargo, la creencia en un dios personal le parecía un modo para permitir que “algo indestructible” e interior a cada ser humano, “permanezca oculto”. Realmente es un enigma, lo cual finalmente es lo kafkiano de Kafka. Le escribe a Max Brod después de la lectura de su libro —“vagamente grotesco”, dice Calasso— y comenta que los griegos eran personas singularmente humildes y no pensaban en lo decididamente divino como algo cercano a ellos, es decir, el mundo de los dioses era el medio para mantener lejano “aquello que es decisivo del cuerpo terrenal, para dar aire a la respiración humana”. Kafka escribe, al final de una carta a Brod: “en teoría, existe una perfecta posibilidad terrena de felicidad, que radica en creer en lo decididamente divino y no aspirar alcanzarlo”. Después, al final de una carta al mismo Brod, escribe Kafka: “En teoría, existe una posibilidad de felicidad perfecta: creer en lo indestructible que hay en nosotros y no aspirar a ello.”
Ahora veamos la glosa del mitógrafo Calasso: “Lo que se manifiesta puede ser evanescente, inconsistente, engañoso. Pero en cierto punto se llega a algo que no cede. Kafka lo llamó ‘lo indestructible’. Palabra que recuerda el akfara védico más que cualquier término utilizado en tradiciones menos remotas. Kafka nunca quiso precisar el sentido, sino que se limitó a distinguirlo cuidadosamente de toda fe en un ‘Dios personal’. En esta línea llegó a afirmar que ‘la fe en un Dios personal’ no es otra cosa que ‘una de las posibilidades de expresarse’ de un fenómeno ampliamente difundido: el ‘permanecer escondido’ de lo ‘indestructible’. Mientras que, por otra parte, ‘el hombre no puede vivir sin una constante fe en algo indestructible dentro de sí’. Quien quiera que actúe (y todos sin excepción actúan), en el momento en el que actúa no puede sino sentirse inmortal. ¿A qué puede deberse entonces este espejismo, sino a la vaga percepción de ‘algo indestructible dentro de sí’? Lo indestructible es algo que no podemos dejar de advertir, como la sensación de estar vivos. Sin embargo, el verdadero significado de lo indestructible tiende a permanecer escondido, y quizás está bien que así sea.”
Así que nos encontramos, propongo, ante tres obras de mitología: la de Kafka y sus metamorfosis de la culpa y el castigo, la de Canetti y sus metamorfosis de la masa y el poder, y la de Calasso y sus metamorfosis de las metamorfosis y el sacrificio. En su novela K. (K., pues la anterior se titula con la palabra védica Ka), Calasso escribe que para que los dioses se conmuevan y nos conmovamos nosotros los humanos, hace falta que llegue el castigo. Entonces se podrá estar seguro de que dioses y hombres experimentan el mismo sentimiento. “Dado que el castigo —dice Calasso— prosigue un delito cometido por un hombre, el castigo —en cuanto bien querido tanto por los hombres como por los dioses, y capaz de conmover a ambos de igual modo— podría ser aquello que, en otras épocas, era llamado sacrificio.
No lo sé de cierto, pero ya que los autores generalmente suelen transformarse en sus temas vitales, ¿no será cierto que míticamente, claro está (recordemos que Salustio hablaba de cosas que no ocurrieron jamás, pero que son siempre), no será cierto que Canetti prefigura a Kafka y posfigura a Calasso? Al menos podemos pensarlo al releer el recuerdo de la memoria de Canetti, que pretende mantener intacto como le pertenece al hombre que existe para bien de su libertad.
Alcoholes
Para los realistas, yo amaba demasiado la libertad; para los revolucionarios, despreciaba demasiado los crímenes. Casanova
Lo peor del hombre: la fe, asesina de imaginaciones. Max Aub









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