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Judas

· enero 7, 2016

Amos Oz

Unas tres semanas antes de la boda de Cárdena, Samuel dejó de manera definitiva su trabajo de fin de máster “Jesús a ojos de los judíos”, un trabajo que había comenzado con enorme entusiasmo, totalmente electrificado por la potencia de la audaz intuición que brilló en su cerebro cuando eligió el tema. Sin embargo, cuando empezó a analizar los detalles y a rastrear las fuentes, enseguida descubrió que en su brillante idea no había nada nuevo, que ya se había publicado antes de que él naciera, a comienzos de los años treinta, en una nota a pie de página de un pequeño artículo escrito por su gran maestro, el profesor Gustav Yom-Tov Eisenschloss.

También en el círculo para la renovación socialista estalló la crisis: el grupo se reunía todos los miércoles a las ocho de la tarde en un renegrido café de techo bajo situado en una de las callejuelas traseras del barrio de Yegia Kapaim. Artesanos, fontaneros, electricistas, pintores y tipógrafos se reunían allí de vez en cuando para jugar al backgammon y, por eso, aquel café les parecía a los miembros del grupo un lugar más o menos proletario. Es cierto que los albañiles y los que arreglaban radios no se acercaban a la mesa de los miembros del grupo, pero, a veces, alguno de ellos preguntaba algo o hacía algún comentario a dos mesas de distancia, o al revés, a veces alguno de los miembros del grupo se levantaba y se acercaba sin miedo a la mesa de los jugadores de backgammon para pedir fuego a la clase obrera.

Después de continuas objeciones, casi todos los miembros del círculo coincidieron con lo manifestado en la vigésima sesión de la Asamblea del Partido Comunista Soviético respecto al régimen de terror de Stalin, pero entre ellos había un grupo muy obstinado que exigió a los demás que reexaminaran no solo su adhesión a Stalin, sino también su actitud hacia los propios fundamentos de la dictadura del proletariado tal y como Lenin la había concebido. Dos de los miembros del círculo fueron aún más lejos y utilizaron las ideas del joven Marx para cuestionar la doctrina acorazada del Marx adulto. Cuando Shmuel Ash intentó detener el desgaste, cuatro de los seis miembros del grupo anunciaron una escisión y la formación de una célula independiente. Entre los cuatro disidentes estaban las dos chicas del grupo, sin las cuales aquello no tenía sentido.

Ese mismo mes, después de varios años luchando en distintas instancias judiciales contra su viejo socio en una pequeña empresa de Haifa (Gaviota S. L., Cartografía y Fotografía Aérea), el padre de Shmuel perdió la apelación. Los padres de Shmuel se vieron obligados a dejar de entregarle la asignación mensual con la que se mantenía desde que había empezado la carrera. Por tanto, bajó al patio, buscó detrás del cuarto de los cubos de basura tres o cuatro cajas de cartón usadas, las subió a su habitación alquilada en el barrio de Tel Arza y cada día, sin orden ni concierto, fue metiendo en ellas parte de sus libros, de su ropa y demás pertenencias. Aunque aún no tenía ni la menor idea de a dónde podía ir.

Shmuel, un oso aturdido al que habían sacado de su hibernación, se pasó varios días deambulando por las calles lluviosas hasta bien entrada la noche. Caminando pesadamente casi a la carrera, surcaba las calles del centro de la ciudad, que estaban casi vacías debido al frío y al viento. A veces, tras caer la noche, se quedaba plantado bajo la lluvia en una callejuela del barrio de Nahalat Shivá, mirando embobado el portón de hierro del edificio en el que ya no vivía Yardena. Con frecuencia, sus pasos le llevaban a perderse por alejados barrios invernales que no conocía, por Nahlaot, Bet Israel, Ahva o Musrara, pisando charcos, sorteando cubos de basura tirados por el viento. Dos o tres veces, con la desgreñada cabeza dirigida hacia delante como si fuese a embestir, estuvo a punto de estamparse contra el muro de hormigón que separaba la Jerusalén israelí de la Jerusalén jordana.

Distraídamente, se paraba a leer los letreros abombados que le advertían desde las bobinas de alambre de espino oxidadas: ¡ALTO! ¡FRONTERA! ¡ATENCIÓN, MINAS! ¡PELIGRO, TIERRA DE NADIE! Y también: ¡QUEDA ADVERTIDO, ESTÁ A PUNTO DE ATRAVESAR UN ÁREA EXPUESTA A FRANCOTIRADORES ENEMIGOS! Shmuel dudaba entre esos letreros como si tuviese delante un menú variado del que debía elegir lo más apetecible.

Se pasaba casi todas las tardes así, deambulando hasta bien entrada la noche, calado hasta los huesos por la lluvia, con la barba de salvaje chorreando, temblando de frío y desesperado, hasta que al fin llegaba arrastrándose de cansancio otra vez a su cama y se acurrucaba allí hasta la tarde siguiente: se cansaba con facilidad, tal vez por culpa de su corazón dilatado. Volvía a levantarse pesadamente al atardecer, se ponía la ropa y el abrigo, que aún no se habían secado desde el vagabundeo del día anterior, y sus pasos insistían en llevarlo hasta las afueras de la ciudad, hasta Talpiot, hasta Arnona. Solo cuando se topaba con la barrera del portón del kibutz Ramat Rahel y el receloso vigilante lo iluminaba con una linterna de bolsillo, reaccionaba, daba media vuelta y retornaba a casa con pasos nerviosos, apresurados, que parecían una carrera a la fuga. De regreso, se comía rápidamente dos rebanadas de pan con requesón, extendía la ropa mojada, volvía a escarbar y a cavar en la manta y durante un buen rato intentaba en vano entrar en calor. Se quedaba adormilado y al final dormía hasta la tarde siguiente.

 

Una vez soñó con un encuentro con Stalin. El encuentro acontecía en la habitación trasera del renegrido café del círculo para la renovación socialista. Stalin ordenaba al profesor Gustav Eisenschloss que librase al padre de Shmuel de sus apuros económicos, mientras que Shmuel, por alguna razón, desde el lejano puesto de observación sobre la azotea del monasterio de La Dormición, ubicado en lo alto del monte Sion, le mostraba a Stalin la esquina del Muro de las Lamentaciones, que había quedado aprisionado al otro lado de la frontera, en territorio de la Jerusalén jordana. No fue capaz de ninguna manera de explicarle a Stalin, que se reía bajo su bigote, por qué los judíos habían rechazado a Jesús ni por qué aún seguían obstinados en darle la espalda. Stalin llamó Judas a Shmuel. Al final del sueño, también centelleó por un instante la enjuta figura de Nesher Shereshevski, que le entregaba a Stalin un perrito lloroso dentro de una caja de metal. Por culpa de esos gemidos, Shmuel se despertó con la turbia sensación de que sus enrevesadas explicaciones habían empeorado aún más la situación, ya que habían despertado las burlas y las sospechas de Stalin.

El viento y la lluvia golpearon la ventana de su habitación. Un barreño metálico, que estaba colgado por fuera en las rejas del balcón, empezó a dar unos golpes secos en la balaustrada al amanecer, cuando arreció la tormenta. Dos perros que estaban lejos de su casa, y tal vez también alejados el uno del otro, no pararon de ladrar en toda la noche y, de cuando en cuando, esos ladridos se convertían en un débil gemido.

Por tanto, se le ocurrió alejarse de Jerusalén e intentar encontrar un trabajo sencillo en un lugar remoto, tal vez de vigilante nocturno en las montañas de Ramon, donde, por lo que había oído, se estaba levantando una nueva ciudad de desierto. Pero, entretanto, le llegó la invitación para la boda de Yardena: al parecer ella y Nesher Shereshevski, su obediente hidrólogo, el experto en recogida de aguas pluviales, tenían mucha prisa por contraer matrimonio. No podían esperar ni siquiera a que acabara el invierno. Así pues, Shmuel decidió sorprenderlos, y sorprender también a todos los asistentes, y aceptar la invitación: en contra de todas las convenciones sociales, simplemente aparecería allí de pronto, alegre y bullicioso, derrochando sonrisas y palmadas en el hombro, un invitado inesperado, irrumpiría justo en medio de la ceremonia a la que estaba previsto que asistiese solo el círculo íntimo de familiares y de amigos más cercanos, y después se uniría encantado a la fiesta posterior, e incluso compartiría la alegría y contribuiría al espectáculo con sus gloriosas imitaciones del acento y de los gestos del profesor Eisenschloss.

Pero la mañana de la boda de Yardena, Shmuel Ash tuvo un fuerte ataque de asma y él mismo se arrastró hasta el ambulatorio, allí intentaron ayudarle con un inhalador y diversas pastillas contra la alergia, pero fue inútil. Cuando empeoró, lo trasladaron al hospital Bikur Holim.

Shmuel pasó en urgencias todo el tiempo que duró la boda de Yardena. Después, durante toda su noche de bodas, no dejó ni por un instante de chupar oxígeno de la mascarilla. Al día siguiente, decidió abandonar sin demora Jerusalén.

——

Reproducimos el capítulo segundo de la novela homónima, publicada recientemente por Siruela (2015).

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