Jesús Bonilla Fernández
30 ANIVERSARIO LUCTUOSO
La belleza no es privilegio de unos cuantos hombres ilustres, escribió Jorge Luis Borges en alguna ocasión. Para él no existía poeta que no hubiera escrito los mejores versos de toda la literatura y los más desdichados.
Ésta no es la única paradoja que obsesionaba al escritor argentino, había otras que celebraba. La muerte, el infinito, la metafísica, el sino, el amor, el espejo, el laberinto, el tigre, la rosa son cuentas opacas de un collar de brillantes hilvanado en la esencia de los sueños y en la del tiempo.
Paradójicamente, Borges llegó a descreer de la metáfora como esencia de la literatura, aunque parezca extraño, pues de hecho el encuentro de paradojas es uno de los recursos más afines a la construcción de metáforas. En 1973, en una entrevista realizada por María Esther Vázquez, el autor de Historia de la eternidad y muchos otros memorables libros declaraba:
“No sé por qué se me había ocurrido (ya le había sucedido antes a Lugones) que la metáfora es el elemento esencial de la poesía. En buena lógica, bastaría un solo verso sin metáfora —y es fácil encontrarlo—, fuera de las metáforas inevitables que forman el idioma, para probar que esa teoría es falsa. Además, tenemos el ejemplo de la poesía popular de todos los países, en la que casi no hay metáforas. Como elemento esencial de la poesía, es algo que se da perdidamente y en literaturas cultas. Ciertamente, la poesía no empieza con la metáfora y hasta sospecho que entre gente primitiva no se ve la diferencia entre el sentido recto y el sentido figurado.”
Sobre Borges hay muchas versiones, demasiadas es decir poco. Su poesía, sus ensayos y relatos son producto de infinitas especulaciones y laboriosas y encontradas digresiones en el mundo entero. Cabe mencionar una, como ejemplo, de la que él es su propio artífice: Borges, el otro.
Para decirlo de distinta manera, Borges es todos los hombres: lo mismo el que se niega a tomar agua antes de entrar en el desierto, quien mueve las piezas en el tablero de ajedrez o cultiva su jardín; y todos los hombres son Borges, quien perdió el amarillo y el negro, y para quien no había más paraísos que los paraísos perdidos. (La obra de W. G. Sebald —por poner un caso algo reciente—, esa nostalgia del futuro, la encontramos empapada de tiempo borgeano, basta ver su visión de la eternidad en Barracas y aquella búsqueda de Austerlitz, el personaje del escritor alemán.) ¡Paradojas, más paradojas!
Otra versión, bastante insulsa por cierto, es la de quienes pretenden un Borges arrepentido de sus aficiones metafísicas y nostálgico de lo posible. Extraliterariamente, me niego a elucubrar aquí sobre las posibles causas, pues arguyen uno u otro poema a modo de confesión.
Al respecto de esta versión o, mejor dicho, en denuesto, apareció hace algún tiempo una ilustrativa nota, donde su autor narraba la truculenta historia de cinco (presuntos, más vale decirlo) sonetos borgeanos y las peripecias seductoras de nuestro caro autor. Según esto, tales sonetos fueron utilizados por Borges como anzuelo para María Panero, recurso común cuando alguna mujer inquietaba su mirada.
No es mi intención plantear que el poeta, en determinado momento, no se haya arrepentido de cualquier cosa por banal que fuera hacerlo, como todos, sino que como nosotros mismos viviera inmerso en situaciones la mar de graciosas o como queramos llamarles.
Tampoco puedo evitar reproducir algunas palabras de Claudio Magris, que bien vendrían al caso: “El mundo, como dice Borges, es real, pero ¿por qué tiene también que tocar tanto los cojones? Lo que se querría en el fondo, es una tensión modesta, poder hacer novillos de vez en cuando, sin perder el respeto por los maestros.”
Después de todo, el memorioso Ireneo Funes —a pesar de que postergamos lo postergable, pues sabemos que somos inmortales y haremos todas las cosas y sabremos todo, en nuestra vida tan pobre— falleció en 1889, de congestión pulmonar.
ALCOHOLES
La soledad, silenciosa como la luz es, al igual que la luz, la más poderosa de las fuerzas: la soledad es indispensable al hombre. Thomas De Quincey
La ociosidad es el comienzo de toda psicología. ¿Cómo?, ¿sería la psicología un vicio? Nietzsche









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