Miguel Samsa
Pocos vestigios se conservan de Jenofonte de Siracusa, fundador de la Escuela del Dolor en Lámpsaco. Diógenes Laercio habría consignado —según algunos testimonios poco confiables— una breve nota sobre él y su doctrina en su Vida de los filósofos ilustres, la cual habría sido eliminada por el mismo autor. La fuente más digna de crédito sobre la vida y pensamiento de Jenofonte, que se limita a unas pocas líneas, es la compilación Die fragmente der griechischen historiker, de Felix Jacoby, que reúne fragmentos recuperados de cerca de ochocientos historiadores griegos del periodo helenístico.
A partir de esos fragmentos, Phillip Mason reconstruyó, en la década de los cincuenta, la trayectoria de Jenofonte. En su Aproximaciones a la escuela perdida de Atenas (Massachussets, 1957), plantea que este filósofo pudo haber nacido entre el 354 y el 352 a.C. en Siracusa. Y habría tomado parte de la campaña de Alejandro Magno contra Darío III. Habría vuelto a Grecia tras la licencia concedida por el general macedonio a sus tropas griegas tras la caída del imperio persa.
Poco se sabe de las actividades de Jenofonte después de su regreso a Grecia hasta el inicio de su correspondencia con Epicuro (alrededor del 306, cuando éste se habría instalado de manera definitiva en Atenas). Cómo Jenofonte se interesó en la filosofía y se hizo alumno de Epicuro aún es un misterio. Lo único que nos ha dejado en claro Mason son las crecientes diferencias entre maestro y alumno a partir de los principios éticos básicos de sus respectivas doctrinas.
Tal vez como resultado de su vida militar y de la prolongada campaña contra Persia, Jenofonte terminó por descreer de la felicidad como principio básico y objetivo de vida de los hombres. Los planteamientos de Epicuro sobre la vida placentera y mesurada como medio para alcanzar la felicidad terminaron por parecerle no sólo pueriles sino incluso peligrosos en términos éticos.
“Porque la felicidad a la que aspiras está sustentada en la molicie, en la blandura, que es, según mi experiencia, el mayor peligro para la fortaleza de espíritu y el temple del carácter”, habría escrito en una de sus misivas a Epicuro, según deja constancia Mason.
Partiendo del principio de que sólo el dolor puede templar el alma y el carácter de las personas, además de aguzar su ingenio, Jenofonte fundó en Lámpsaco una escuela regida por rígidos principios espartanos: sus discípulos eran sometidos a pruebas físicas extenuantes y dolorosas, además de ser obligados, a lo largo de la jornada a sufrir diferentes formas de suplicio, graduadas según el nivel de tolerancia al dolor que fueran alcanzando.
Para Jenofonte, el sufrimiento, aún el más extremo, es finito. Y si el cuerpo y el alma logran soportarlo y cruzar ese límite, alcanzan un estado de claridad muy cercano (de acuerdo con las explicaciones de Mason) a la Iluminación de la que hablan los budistas.
Así, lejos de alejarse del sufrimiento, Jenofonte y sus alumnos buscaban intensificarlo a toda costa, con la finalidad de alcanzar ese estado y, a la vez, fortalecer el carácter y el cuerpo. Una persona entregada a los placeres —planteaba—, tenderá a ser cada vez más indolente y ajena a las necesidades colectivas, pues su misma existencia placentera lo alejará de toda compasión por sus semejantes. El dolor, en cambio, aumenta la capacidad de compasión y de cercanía con los otros.
Sin embargo, los principios teóricos de Jenofonte no parecen haber brindado los resultados concretos que se esperaban. Según Mason, la cantidad de muertes y amputaciones ocasionadas por los “ejercicios filosóficos” de los discípulos de Jenofonte determinaron al senado de Lámpsaco a clausurar la escuela y a expulsar tanto al fundador como a sus estudiantes de la ciudad.
Según algunas versiones, Jenofonte habría muerto en un naufragio cerca de las costas de su Siracusa natal. Sus discípulos, dispersos, habrían terminado por convertirse en mercenarios y, según algunas hipótesis, un reducido grupo se habría ocultado en las montañas de Persia, donde más tarde surgió la secta de los Hashishin.









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